Poblamiento primitivo de la Argentina.CLASIFICACIÓN DE LOS INDIGENAS ARGENTINOS


LAS CULTURAS PREHISTORICAS

Breve reseña general

Difícil problema resulta explicar cómo se realizó el poblamiento primitivo de la Argentina, el cual está relacionado con el arribo del hombre al continente americano, que se calcula hacia unos treinta mil años. Según las opiniones más autorizadas, América recibió un tardío poblamiento—comparado con el Viejo Mundo—de seres humanos que deben ubicarse en el Paleolítico superior, que es el último de los períodos arqueológicos de la Edad de la Piedra tallada. En el aspecto geológico corresponde al final del Pleistoceno, de la era Cuaternaria. Admitido por los estudiosos el origen asiático del indio americano, se afirma que el poblamiento de América fue realizado por un mínimo de cuatro distintas corrientes de oleadas étnicas, todas procedentes del Asia, aunque dos inmigraciones llegaron a través de Oceanía, luego de cierta permanencia en aquellas islas. Estos primitivos grupos humanos pertenecían a la especie que el naturalista Linneo denominó Homo Sapiens en la nomenclatura científica. Los inmigrantes prehistóricos deben haber penetrado en el continente por el estrecho de Bering, donde existe menor distancia entre Asia y América.
Dijimos que el poblamiento indígena de nuestro país ofrece una amplia problemática y uno de los aspectos más oscuros es el que pretende determinar la época precisa en que los primeros hombres llegaron al territorio de lo que actualmente es la Argentina. El arqueólogo norteamericano Junius Bird recorrió la Patagonia austral y los canales magallánicos para realizar sus estudios más importantes en la cueva Fell y en el abrigo de Palli-Aike. En sus excavaciones halló restos de fauna fósil, puntas liticas, raspadores y restos de fogones, cuya antigüedad—según los análisis del carbono radiactivo—se calcula en unos 9.000 años a. C. También deben citarse los estudios del austríaco Osvaldo Menghin, que investigó en la zona continental patagónica, y en un lugar denominado Cañadón de las Cuevas—cerca del río Deseado—encontró restos prehistóricos de una antigüedad aproximada entre 8.000 y 10.000 años a. C.
En el noroeste de nuestro país se hallaron constancias pertenecientes a pueblos cazadores y recolectores primitivos. Fue identificada una cultura muy antigua en Ampajango, en 1a provincia de Catamarca, que utilizó un instrumental lítico de lascas de basalto; también en Córdoba. en el sitio denominado Ayampitín se hallaron molinos de piedra y en la caverna de Intihuasi —en San Luis— se encontraron puntas de piedra, que por su forma de sauce se ubican en el Paleolítico superior; también restos óseos, con una antigüedad de 8.000 años a. C.
Según el investigador Alberto Rex González, la cultura agroalfarera más antigua de nuestro país hallada hasta el presente tuvo su centro en Tafí, provincia de Tucumán. Estos aborígenes fueron hábiles en el trabajo de la piedra, como lo demuestran los menhires con tallas felínicas y figuras de víboras con cabeza humana. Levantaron viviendas con paredes de pirca y la cerámica fue sencilla y tosca, monocroma y sin decoraciones .
Otra cultura prehistórica corresponde a los hallazgos arqueológicos de La Candelaria en la provincia de Salta, que también extendió su influencia hasta el norte de Tucumán. Trabajaron las piezas de alfarería con espesores delgados y superficies pulidas decoradas con motivos geométricos sobre fondo gris.

En la provincia de Catamarca se ubica la cultura Ciénaga, que ofrece variadas muestras de alfarería en urnas y vasos decorados con incisiones geométricas, en las que predominan los fondos oscuros. Fabricaron adornos con oro y bronce y también se hallaron constancias del trabajo en piedra y en hueso. Conocieron un sistema de irrigación y cultivaron el maíz.

En el departamento de Belén, provincia de Catamarca, se identificó la cultura Condorhuasi, que tiene similitud con la anterior. La cerámica demuestra elegancia en la farma y buen gusto en las decoraciones, con predominio de los colores negro y rojo, aunque también se hallaron vasijas de un solo tono y curiosos motivos que representan figuras alargadas. Son característicos los vasos estatuillas, antropomorfos y policromos, con figuras humanas sentadas y en otras posiciones. Estos primitivos artistas supieron trabajar la piedra para fabricar morteros, algunos con formas de felinos y otros, denominados “suplicantes”, cuyo significado se ignora.
Cronológicamente más cercana al período histórico fue la cultura de La Aguada —hacia el año 770 de nuestra era— cuyo centro se ubica en el departamento de Belén, en el valle de la Aguada, al oeste de la provincia de Catamarca aunque su influencia llegó por el sur, hasta La Rioja. La alfarería inspirada en motivos religiosos, alcanzó gran importancia y ofrece con insistencia dragones y formas felínicas variadas. En el aspecto artístico, La Aguada indica la más alta expresión cultural del noroeste argentino.

Desde el siglo pasado, algunos arqueólogos han designado a La Aguada con el nombre de cultura Draconiana. Este término fue empleado por vez primera por Samuel A. Lafone Quevedo en su obra: Catálogo descriptivo e ilustrado de las huacas de Chañar Yaco. (Revista del Museo de La Plata, tomo III, La Plata, 1892). Luego lo siguieron utilizando Quiroga, Ambrosetti y Debenedetti.
El estilo draconiano consiste en la representación de un monstruo (“dragón”) de cuerpo serpenteado y con manchas ovaladas, provisto de patas con garras. Aparece con una o varias cabezas antropomorfas o zoomorfas, en las que se advierten ojos, lengua y mandíbula con dientes. Las estilizaciones del monstruo que definen el estilo comprenden: a) óvalos en las manchas del cuerpo; b) bandas curvilíneas; c) rombos; d) aserrados en las mandíbulas y e) ganchos en las garras.
El draconiano empleó generalmente las líneas curvas y sus elementos decorativos también derivaron del dragón” para llegar por sucesivas estilizaciones a la formación de guardas.

Se han hallado estatuas moldeadas en arcilla, algunas pipas y vasos que debieron utilizarse en ceremonias rituales. Trabajaron el bronce en forma de discos pectorales y con piedra hicieron morteros y otros recipientes para moler granos. Inhumaban los cadáveres en forma individual, en fosas de hasta tres metros, con ofrendas de cerámica en derredor. Fueron belicosos y utilizaban dardos y un arma con un mango y un gancho curvado en un extremo.
Las culturas denominadas Sanagasta, Belén y Santa Maria representan un período protohistórico, es decir, más próximo a la época en que llegaron los conquistadores españoles a nuestro país y corresponden a la zona que habitaron los diaguitas históricos.
La cultura Sanagasta o Angualasto tuvo su centro en La Rioja y extendió su influencia hasta la provincia de San Juan. La cerámica presenta grandes recipientes o urnas de boca amplia y paredes oblicuas, con decoraciones geometrizantes y también antropomorfas y zoomorfas, con el empleo de los colores negro, rojo y blanco. Trabajaron los metales, particularmente el cobre e hicieron pectorales y aros. Con hueso fabricaron puntas de flechas y otros adornos.
La cultura Belén, así llamada por la población catamarqueña homónima, se destacó en su alfarería por urnas que presentan la base en forma de cono truncado invertido y un cuello cilíndrico con dos asas. Las decoraciones ofrecen motivos geométricos aunque también aparecen serpientes y otras representaciones zoomorfas. Conocieron el trabajo de los metales e hicieron hachas de bronce, campanas y adornos colgantes. Enterraban a los cadáveres en grandes urnas cubiertos con telas.

La cultura Santa María ha sido la más investigada por los arqueólogos y estudiosos especializados y recibe ese nombre porque los hallazgos más importantes se efectuaron en el valle del mismo nombre, en la provincia de Catamarca. Se calcula que estos aborígenes —conocidos históricamente como diaguitas o calchaquíes— iniciaron su evolución cultural hacia el año 1000 de la Era Cristiana, para irradiar su influencia a regiones más alejadas de Tucumán y Salta.
Al igual que otras culturas del noroeste argentino, se destacaron principalmente por la alfarería. Las urnas y pucos ofrecen detalles característicos en su decoración, con tonos negros y rojos sobre fondos blancos. En el cuello de los mencionados recipientes se advierten rostros antropomorfos estilizados, con la arcada superciliar muy amplia, que se prolonga hacia abajo para formar la nariz, los ojos figuran con apariencia mongoloide u oblicuos y en cuanto a la boca y la dentadura, no son elementos imprescindibles. Los espacios intermedios no quedaban sin decorar y eran cubiertos con motivos geométricos —rombos, triángulos— y grecas.
De importancia son los trabajos en metal que pertenecen a la cultura Santa María. En discos de bronce dibujaron con hilos delgados rostros humanos, en que aparecen los ojos, la nariz y la boca. También con metal fabricaron hachas, cuchillos y brazaletes. No se destacaron en el trabajo de la piedra y entre los hallazgos sólo figuran puntas de flechas.
En la quebrada de Humahuaca se han efectuado estudios arqueológicos de importancia, particularmente en Tilcara y El Alfarcito. La cerámica presenta decoraciones geométricas en negro, sobre fondo rojo. En piedra trabajaron morteros y puntas de flechas; con hueso fabricaron especies de cornetas y recipientes de pequeño tamaño.

El dominio incaico en el noroeste

Aunque algunos han negado la existencia de una dominación incaica en el noroeste argentino, la mayoría de los estudiosos, basados no sólo en informes históricos sino también arqueológicos, sostienen la existencia de aquella invasión armada de indígenas de cultura peruana. Se calcula que hacia el año 1480 se produjo la ocupación de una amplia zona de nuestro territorio, que por el sur llegó hasta Mendoza y luego pasó a Chile, aunque las regiones de mayor influencia fueron los valles y las quebradas centrales del noroeste.
El objetivo principal de las fuerzas que al mando del inca Túpac Yupanqui avanzaron sobre lo que hoy es territorio argentino, fue de carácter económico, para explotar los yacimientos mineros. La influencia ejercida se extendió a los aspectos politicosociales, religiosos y materiales de los aborígenes que en aquellas épocas poblaban las tierras ocupadas por los invasores.
Se han hallado restos de edificios en La Paya —que estudió Ambrosetti—, construcciones religiosas, tambos incaicos, pucarás como el de Tilcara (Jujuy), constancias en la alfarería local, restos de los famosos “caminos” que unían largas distancias; además, el idioma quechua se difundió por el noroeste hasta la llegada de los conquistadores españoles.
Conviene aclarar sin embargo que el dominio incaico sobre los indígenas argentinos no pasó del medio siglo y, en consecuencia, fue un lapso que no permitió una profunda transformación cultural .

CLASIFICACIÓN DE LOS INDIGENAS ARGENTINOS

Uno de los más serios problemas que ofrece el estudio de nuestros aborígenes se refiere a establecer una clasificación de aquellas antiguas agrupaciones humanas, actualmente en gran parte desaparecidas. Este ordenamiento puede sistematizarse según se consideren aspectos étnicos, arqueológicos, linguísticos, sociopolíticos, económicos, culturales y también la distribución geográfica y su relación con el medio.
Entre los estudiosos que se han ocupado en clasificar las poblaciones indígenas de la Argentina, recordemos a Salvador Canals Frau, quien reunió trabajos fundamentales sobre el tema y agregó aportes de su investigación personal. Consideró dos grandes grupos geográficos: a) Los pueblos de las llanuras y b) Los pueblos andinos y andinizados y señaló diez poblaciones aborígenes para el primero y doce para el segundo.

a) Los pueblos de las llanuras

I Los canoeros magallánicos.
II Los chónik o patagones del sur.
III Los puelche-guénaken o patagones del norte.
IV Los antiguos pampas.
V Los charrúas de la Banda Oriental.
VI El grupo del litoral.
VII Los caingang de la Mesopotamia Argentina .
VIII Los guaycurúes del Chaco oriental.
IX Los matacos y congéneres del Chaco occidental.
X Los guaraníes.

b) Los pueblos andinos y andinizados

I Los primitivos montañeses.
II Los huarpes de Cuyo.
III Los olongastas de los llanos.
IV Los comechingones de Córdoba.
V Los lule-vilelas de Tucumán.
VI Los tonocotés de Santiago del Estero.
VII Los sanavirones del bajo río Dulce.
VIII Los cacanos o diaguito-calchaquíes del noroeste .
IX Los capayanes de La Rioja y San Juan.
X Los omaguacas de la quebrada.
XI Los apatamas de la Puna.
XII Los araucanos y la araucanización de la Pampa .

El noroeste fue el área aborigen de mayor desarrollo cultural de nuestro país, que recibió aportes del sur de Bolivia y del norte de Chile y también permaneció un tiempo sometida al dominio incaico.
La densidad de población indígena sufrió variantes a través del tiempo y su cálculo estimativo resulta difícil, por falta de constancias precisas al respecto; sin embargo, puede afirmarse que las zonas de mayor concentración humana fueron el noroeste, las sierras centrales y la Mesopotamia. Cifras aproximadas establecen que a mediados del siglo XVI, nuestra población indígena se elevaba a unos 340.000 individuos, distribuidos de la forma siguiente:

Noroeste:
Mesopotamia:
Chaco:
Cuyo:
Pampa:
Patagonia:

215.000
20.000
50.000
18.000
30.000
10.000

Pescadores magallánicos

Habitaban el extremo austral de Tierra del Fuego e islas circundantes del archipiélago de Magallanes. Comprendían dos agrupaciones: los yámanas y los alacalufes. Los primeros ocupaban territorio argentino y los segundos las islas chilenas hasta las proximidades de Chiloé.
Los yámanas eran indígenas de baja estatura, cráneo dolicoide, cara ancha, piernas generalmente arqueadas y contextura endeble. Vivían en chozas ovaladas o redondas, hechas con ramas arqueadas que clavaban en la tierra y cubrían en verano con hojas y en invierno con pieles cosidas. La entrada angosta y baja obligaba al indio a agacharse para introducirse en la choza.
Su rudimentaria economía se basaba en la explotación de los productos naturales del mar. La pesca y caza de mamíferos de la fauna marítima era la principal actividad de estos aborígenes, que en menor escala se dedicaban a la recolección de frutos y raíces propios de las costas sureñas. Su medio de trasporte era la canoa fabricada con la corteza de árbol —de unos cinco metros de largo—que tripulaba toda la familia; la mujer remaba y el hombre era el encargado de procurar las presas. Los peces se extraían con redes y las focas y ballenas eran cazadas con arpones de distintos tamaños, ambos con punta de hueso .
Los yámanas carecían prácticamente de organización política y la única entidad superior la constituían grupos locales de indígenas unidos por lazos de parentesco. Las familias aisladas se comunicaban con señales de humo. En el núcleo social predominaba la autoridad del hombre. En general, la familia era monogámica, aunque se admitía la poligamia y se acostumbraba el levirato y el sororato. En el trascurso de la breve ceremonia del casamiento, los rostros de cada uno de los novios eran pintados con tres líneas horizontales de tono rojizo.
Creyeron en un ser supremo y en espíritus bondadosos y malignos. De importancia fueron los ritos de la iniciación, ceremonias en las que tomaban parte adolescentes de ambos sexos.
Conocieron la cestería pero no la cerárnica y emplearon como recipientes valvas de moluscos. A pesar del frío intensísimo de las regiones que habitaron, los hombres sólo usaban un manto de pieles de lobo marino, sostenido al cuello por dos tiras; las mujeres agregaban un cubresexo triangular, hecho con cueros de aves marinas, que sujetaban en la cintura.

Cazadores de Tierra del Fuego y la Patagonia

Los indígenas de la Patagonia ocupaban la gran extensión de nuestro territorio comprendido entre el río Negro al norte y la región fueguina por el sur, y desde la cordillera andina hasta el Atlántico. Los estudios del arqueólogo J. Bird demostraron la existencia de culturas muy antiguas en la zona patagónica y las investigaciones posteriores en la región costera—Caleta Olivia y Bahía Solano —y en el interior del territorio —Los Toldos— han permitido hallar constancias líticas de gran antigüedad.
Se consideran dos grandes pueblos, los patagones del sur y los patagones del norte, que en principio constituyeron una unidad, la cual desapareció con el trascurso del tiempo y esto motiva su estudio en grupos separados.

a) Chónecas o patagones del sur

Fueron los indígenas que avistó Hernando de Magallanes, al recalar en San Julián en 1520, y llamó “patagones” por el tamaño de los pies. Se subdividen en dos grupos étnicos: tehuelches que habitaban Chubut y Santa Cruz y los onas de Tierra del Fuego. Estos aborígenes se reconocían con la denominación genérica chon o chónik que significaba aproximadamente “nosotros los hombres”.
Los patagones del sur eran indios altos —entre 1,75 m y 1,85 m—y constitución atlética. Se dedicaban a la caza con arco y flecha, aunque también se alimentaban de frutas y vainas de algarrobo; gustaban de las raíces molidas y de los mariscos. Conviene aclarar que los chónecas primitivos, por desconocer el caballo, no pudieron practicar con intensidad la caza de los guanacos y avestruces.
La organización social y política no ofreció aspectos destacables. La familia era generalmente monogámica y el novio compraba a su futura mujer. Varios grupos familiares tenían un cacique a su frente, que era poco obedecido. Creían en un dios supremo, en seres mitológicos y en espíritus perversos, causantes de todos los males. Fueron supersticiosos y los ancianos se dedicaban a la medicina y a la hechicería. Los chónecas continentales enterraban sus muertos en las colinas, los cubrían con piedras (chenques) y sobre la tumba sacrificaban los animales del fallecido.
La vivienda evolucionó con el trascurso del tiempo. Los antiguos utilizaban un simple paravientos de pieles de guanacos cosidas, sostenidas con palos, más tarde adoptaron el toldo pampeano—paravientos perfeccionado—en cuyo interior ubicaban una especie de cama y algunos enseres .
Cambios de importancia en la cultura de los pueblos patagónicos se produjeron a mediados del siglo XVIII con la adopción del caballo. Desde esa época los tehuelches se dedicaron intensamente a la caza de los guanacos y avestruces, animales que dominaban con boleadoras.
Los chónecas trabajaron la piedra y el hueso y también el cuero. No practicaron la cestería y hasta la llegada de los españoles estos indígenas desconocían la fabricación de objetos con cerámica. La vestimenta característica de hombres y mujeres fue un amplio manto de pieles de guanaco, que llevaba el pelo hacia adentro entre los tehuelches, y hacia afuera en los onas. La parte exterior la adornaban con dibujos geométricos policromos. En principio usaron el mocasín indígena y más tarde, la bota de potro.

b) Puelche-guénaken o patagones del norte

Aunque existen referencias anteriores, se considera que el naturalista francés Alcides D’Orbigny descubrió a los patagones del norte, cuando en el año 1830 y encontrándose en Carmen de Patagones —desembocadura del río Negro— estudió la lengua y costumbres de estos indígenas. En araucano fueron llamados puelches —significa “gente del este”— y según el perito Francisco Moreno, quien los visitó en 1879, estos pueblos se decían guénaken. Habitaron preferentemente la región de los ríos Colorado y Negro y hacia el sur se extendieron desde Nahuel Huapi hasta la península Valdés, en el Atlántico.
Físicamente eran altos y corpulentos, de anchas espaldas aunque de talla algo menor que los patagones del sur. Además fueron cazadores de avestruces y de guanacos y luego, a principios del siglo XVIII, no sólo utilizaron el caballo para su movilidad, sino también se alimentaron de su carne. Emplearon piedras para moler frutos, semillas silvestres y raíces de plantas; con algunas especies de vegetales fabricaban una bebida. Se cubrían con un “quillango” o manto cuadrangular de cuero de guanaco, que pintaban con dibujos geométricos del lado opuesto al pelo; debajo de esta vestimenta típica, los hombres usaban un cubresexo, y las mujeres una especie de delantal, también de cuero.
Cazadores y recolectores, los puelcheguénaken fueron nómades y utilizaron como vivienda un portátil toldo pampeano, sencilla armazón de palos cubierta de cuero. El matrimonio se realizaba por compra y la familia era generalmente monogámica. Un centenar de personas integraba una parcialidad que dirigía un cacique, cuya autoridad era escasa. En materia religiosa, se carece de información precisa.
Bastante belicosos, usaron como armas el arco, la flecha, el lazo y la honda. Desconocieron la cestería y el tejido, aunque en tierras habitadas por estos indígenas se han hallado restos de cerámicas con decoración geométrica, que se les atribuye.

Los pampas primitivos

Las referencias a este pueblo no son muy abundantes, por cuanto desaparecieron a mediados del siglo XVIII, debido en gran parte a la invasión araucana, que procedió de Chile. Los antiguos pampas habitaron las grandes llanuras de nuestro territorio —de ellas tomaron su nombre— comprendidas entre los ríos Salado y Desaguadero hasta el Atlántico y especialmente las sierras del sur de la provincia de Buenos Aires.
El grupo con referencias más antiguas fue el de los querandíes, que avistaron los descubridores españoles y poco después los expedicionarios de Pedro de Mendoza. Constituyeron la zona étnica oriental del pueblo que nos ocupa y habitaron una región con centro en Buenos Aires. En términos generales se considera a los pampas divididos en dos grandes sectores o conjuntos tribales, que en lengua indígena fueron: uno el taluhet en la zona norte y este del área de dispersión, y otro el dihuihet que ocupaban la región occidental y sur.
Altos y corpuler!tos, y también hábiles corredores, los pampas —antes de conocer el caballo— se dedicaban a la caza de venados, guanacos y ñandúes, que en aquellas épocas eran abundantes por las llanuras centrales de nuestro territorio. Tenían por costumbre beber la sangre del animal recién muerto. Utilizaban la boleadora y en la guerra, sus armas eran el arco y la flecha. Al margen de la caza, también se alimentaban con semillas y frutos silvestres.
Habitaron un simple paravientos y se vestían con la manta patagónica o “quillango”. Trabajaron la piedra y hacían raspadores, cuchillos y puntas de flechas. En la región poblada por los querandíes se han encontrado cerámicas con decoraciones geométricas.
Poco sabemos con respecto a las ideas religiosas. Creían en un dios superior y en un espíritu maligno llamado gualichu. Se respetaba a los magos o shamanes, que ayudaban sus tareas hechiceras con sonajeros y tamboriles. El matrimonio se efectuaba —al igual que en otros pueblos—por compra de la novia.

Los charrúas de la Banda Oriental

Desde hace años, los estudiosos ubican a los charrúas de la Banda Oriental como a una familia lingüística de importancia, la cual comprendió tres agrupaciones étnicas: los charrúas propiamente dichos, los guinuanes y los bohanes. Ocuparon originariamente toda la actual República del Uruguay y pequeña porción del sur brasileño, pero más tarde —mitad del siglo XVII— poblaron gran parte de Entre Ríos; en consecuencia, se los considera indígenas argentinos.
Pertenecientes al grupo racial patagónico, eran individuos altos, de anchas espaldas y fuerte complexión. En su cultura se distinguen dos períodos: uno primitivo hasta mediados del siglo XVII y el posterior en que se servían del caballo y se prolonga hasta el siglo XIX, cuando los charrúas prácticamente se extinguieron.
En la primera etapa de su evolución se dedicaban a la caza de avestruces y de venados, animales que los indígenas perseguían a pie con la ayuda de boleadoras y redes. También se alimentaban con la recolección de frutos silvestres y de la pesca con canoas, por los ríos del litoral. Sus armas eran —además de la boleadora— el arco, la flecha y la honda. En principio habitaron simples paravientos de cuatro estacas que sostenían esteras y luego construyeron chozas de ramas cubiertas con cueros. Vestían el característico manto de pieles o “quillango”, con el pelo hacia adentro y la superficie externa adornada con pinturas geométricas. Acostumbraban a tatuar el rostro, a usar un tarugo atravesado en la nariz y un barbote o tembetá.
El matrimonio admitía la poligamia y las familias se reunían en grupos a las órdenes de un cacique que los dirigía en la guerra. Las costumbres funerarias eran crueles; así, las mujeres —en señal de duelo— se cortaban una falange de los dedos, que comenzaban por la mano izquierda, y los hombres ayunaban y se clavaban en el cuerpo astillas de caña. Poco se sabe con respecto a la religión y conocimientos de alfarería de los charrúas.

Los pueblos del litoral

Habitaban ambas riberas del río Paraná, desde su confluencia con el Paraguay y hasta el curso inferior. Estos indígenas fueron descubiertos por los conquistadores españoles pertenecientes a las expediciones de Gaboto, Diego García y Pedro de Mendoza. Para su estudio puede considerarse al grupo de indígenas del litoral dividido en tres regiones: septentrional, que habitaron los mepenes y los mocoretáes; central, integrado por timbúes, carcaráes, corondas, quiloazas y calchines, y meridional, compuesto por los chanáes y los mbeguáes.
Según constancias documentales, fueron individuos de alta estatura y bien formados que se
dedicaron preferentemente a la pesca, navegando en canoas o piraguas, y —es probable—con el empleo de redes. Extraían grandes cantidades de peces, parte de los cuales secaban al sol y luego ahumaban para conservarlos. También se ocupaban de cazar venados, nutrias y avestruces y a recolectar frutos y semillas silvestres. Los timbúes y carcaráes —de cultura más elevada que el resto del grupo—practicaban en escala reducida la siembra de maíz, calabazas y porotos.
Usaban taparrabos y pequeños delanteros de algodón y en invierno se cubrían con un amplio manto o “quillango” de cuero de nutria. Empleaban tatuajes y pinturas corporales, también acostumbraban a perforarse las aletas nasales. Sus viviendas eran chozas rectangulares de juncos con techo de paja, las más amplias con subdivisiones internas. Las armas de estos indígenas eran el arco, la flecha, la honda y la macana o garrote grueso. Las investigaciones arqueológicas han probado la existencia de una cerámica desarrollada en los pueblos del litoral. Fabricaron platos grandes, recipientes con apéndices zoomorfos —generalmente cabezas de loros— y las llamadas “alfarerías gruesas”, con forma de campana, un asa y agujeros. Los trabajos de ccrámica se destacan por el decorado, con guardas y figuras geométricas.
Referente a la organización social no existen mayores datos, pero se sabe que los grupos familiares—donde se admitía la poligamia—estaban a las órdenes de caciques.

Los caingang de la Mesopotamia

Los indígenas que en épocas primitivas habitaron el interior de la actual Mesopotamia argentina hasta Misiones—y también parte de Brasil—se estudian con el nombre de caingang. En este pueblo pueden distinguirse diversos grupos, uno de ellos al norte, los gualachíes, y otro al sur, los yaróes.
Cronistas europeos de la época de la conquista describen a estos indígenas como individuos de baja estatura y de complexión robusta, de rostro redondo y nariz ancha. Su economía fue principalmente recolectora y en esta actividad figuraban las semillas de los pinos misioneros, las algarrobas y toda variedad de tubérculos y frutas silvestres. Con menor intensidad se dedicaban a la pesca.
Los caingang deambulaban desnudos —sólo los que poblaban Misiones se cubrían con un pequeño delantal desde la cintura hasta las rodillas— y los caciques usaban un manto. Gustaban adornarse con plumas, se atravesaban el labio inferior con un tembetá en forma de clavo y llevaban los cabellos muy largos. Sus viviendas eran parapetos de techo inclinado, levantados con fibras vegetales. Utilizaban como armas el arco, la flecha y la lanza. En una etapa muy primitiva desconocieron la cerámica, pero luego fabricaron sencillos recipientes con arcilla negra.
En el aspecto social, las tribus se componian de unas veinte familias dirigidas por un cacique, a la vez hechicero. Éste aspiraba vapores de yerba mate en el trascurso de las ceremonias, con el propósito de comunicarse con las divinidades. Algunas agrupaciones de caingang cremaban los cadáveres, y otras los enterraban en fosas poco profundas y sobre ellos levantaban túmulos de hasta tres metros de altura.

Indígenas del Chaco

Los indígenas que poblaban el Chaco argentino pueden agruparse en dos grandes familias linguísticas, de los guaycurúes y matacos.

a) Cuaycurúes. Habitaban la parte oriental y meridional del Chaco y comprendían a su vez los pueblos que en tiempos de la conquista y colonización hispánica se denominaban, abipones, payaguás, mocovíes, tobas, pilagáes y bayáes.
Eran indios altos, de anchas espaldas, vigorosos y de agradable presencia. Debido a la abundante vegetación del territorio en que vivían se dedicaron especialmente a la recolección de variados frutos agrestes, como el chañar y la algarroba. Gustaban de la miel y de toda clase de animales pequeños, entre ellos, las langostas, que comían asadas. Practicaban la caza de venados y del avestruz; además la pesca con redes y arpones.
Su vivienda era la choza ovalada, hecha con ramas y cubierta de paja, aunque también levantaban precarios paravientos. En invierno vestían un manto de pieles de nutria con la superficie externa pintada de líneas rojas, o bien un delantal tejido sujeto a la cintura. Acostumbraban a tatuarse el rostro, a introducir tarugos en el lóbulo de la oreja y a llevar plumas y variadas pulseras. Sus armas eran el arco, la flecha, la lanza y la macana.
Conocieron la alfarería y fabricaron vasos con dos asas verticales para almacenar y trasportar agua. Tenían sencillos telares donde hilaban fibras vegetales y algunas lanas.
El matrimonio se realizaba por compra de la mujer y la familia era generalmente monogámica, aunque los caciques practicaban la poligamia. En materia religiosa existió un principio de creencia en un ser superior que está presente en el universo, aunque predominaba la magia y las prácticas supersticiosas.

b) Matacos. Ocupaban la zona occidental del Chaco y regiones colindantes de Salta y Formosa. Estos indígenas que pertenecían a la familia lingüística mataca o mataco-mataguaya, eran bajos, musculosos y de extremidades inferiores cortas. Su género de vida y cultura fueron semejantes a las ya expresadas en los guaycurúes, sus vecinos. Se dedicaban a la recolección de frutos silvestres, particularmente de la algarroba. Practicaban la pesca con una especie de arpón, que consistía en una vara con un hueso puntiagudo en un extremo, sujeto por una cuerda, la cual permitía recoger la presa.
Levantaban viviendas de rama y paja, con forma cupular semiesférica. Se adornaban con tatuajes, pinturas, collares y vinchas. Conocieron una cerámica rústica y el tejido hecho con fibras. Fueron muy afectos a las danzas, algunas de ellas con significado mágico, pues creían que alejaba a los espíritus malignos que moraban en la naturaleza. El entierro común se realizaba en fosas abiertas, y el de los caciques en plataformas sobre los árboles; en ambos casos, cuando los huesos quedaban descarnados, recién eran sepultados definitivamente.

Los guaraníes

El numeroso grupo lingüístico tupi-guaraní se extendió desde el Amazonas hasta el Río de la Plata en diversas regiones del Brasil, Paraguay Bolivia y Argentina. Los guaraníes constituyeron la rama meridional de esa importante familia aborigen.
Su dispersión en el continente y rápidos desplazamientos motivaron que estos indígenas ocuparan —en épocas de la conquista española— zonas aisladas de nuestro territorio. Se consideran cinco grupos: chandules en las islas del Delta del Paraná; guaraníes del Carcarañá en las proximidades de la desembocadura de este río; de Santa Ana como llamaron los españoles a los que habitaban el norte de la provincia de Corrientes; los cainguás sobre el litoral misionero y por último, el grupo de los chiriguanos que en nuestro país se establecieron en una parte del Chaco salteño.
Interesa destacar la gran influencia ejercida por los guaraníes sobre otros grupos indígenas y también en la población blanca durante la dominación hispánica. El idioma ha perdurado hasta la época actual en algunas regiones de Corrientes, Misiones y Chaco, y recordemos que fue el utilizado por los guías nativos que oficiaron de intérpretes con los descubridores; tampoco debe olvidarse que los jesuitas misioneros ubicaron sus reducciones en tierras de los guaraníes.
Los indígenas que nos ocupan eran de estatura mediana y de formas robustas, anchos de hombros y musculosos; la cabeza redonda, el pelo escaso y el rostro casi circular, con la nariz poco ancha, la boca proporcionada y los ojos pequeños. Su cultura general de tipo neolítico se basó en el cultivo de la tierra —mandioca, zapallo, batata y maíz— y en escala menor, en la caza, pesca y recolección de frutos silvestres. Fueron sedentarios y, en consecuencia, levantaron sus viviendas con carácter estable, hechas con troncos y hojas, cuyo tamaño permitía albergar varias familias. Los hombres andaban generalmente desnudos y las mujeres se cubrían con una pequeña falda triangular. Gustaban adornarse con plumas, se pintaban el cuerpo y también era común el uso del barbote y el tembetá.
Los guaraníes fueron buenos alfareros y fabricaron varios tipos de cerámica, algunas de ellas decoradas con la yema del dedo pulgar cuando el material no había endurecido. Hilaban en forma manual y construyeron canoas para desplazarse por los ríos. En sus ideas religiosas admitian un creador, pero no le rendían culto. Practicaban la antropofagia por motivos rituales y con los prisioneros de guerra.

Los primitivos montañeses

Fueron los indígenas que habitaron la zona cordillerana de Neuquén y el sur de Mendoza, antes que esas regiones fueran ocupadas por los araucanos chilenos. Los montañeses primitivos comprendían dos pueblos: los pehuenches —que en idioma indígena significa “gente de los pinares”— y los puelches.
Eran individuos altos, delgados y de piel algo oscura. Se dedicaban a la caza y recolección de semillas y frutos silvestres. Los pehuenches almacenaban los piñones de la araucaria y con ellos fabricaban una bebida y también una especie de pan. El principal alimento de los puelches fue la algarroba.
Habitaban en toldos de cueros cosidos, se pintaban el cuerpo y el rostro como símbolo de dolor y los que andaban por regiones nevadas sujetaban a sus pies una especie de raquetas. Sus armas eran el arco, la flecha, la boleadora y una piedra arrojadiza de forma triangular. Aprendieron a trabajar el cuero con el que fabricaron su vestimenta y recipientes para llevar agua.
El matrimonio se realizaba por compra de la novia, se respetaba la monogamia y cada grupo tribal obedecía a un cacique. Nada se sabe de sus creencias religiosas.

Los huarpes

Desaparecidos como pueblo hace largo tiempo, los huarpes ocuparon las actuales provincias de San Juan, Mendoza y San Luis, denominados —según el territorio que habitaron—allentiac, millcayac y puntanos, respectivamente.
Altos y de complexión muy delgada, eran indios de vida sedentaria que cultivaban el maíz la quinoa y plantas silvestres de la amplia región cuyana. También se ocupaban de la caza de venados en extenuantes caminatas, y de la pesca en riachos y lagunas, para lo cual fabricaban rústicas balsas con tallos de juncos sujetos con ataduras. Habitaban sencillas viviendas de piedra en las zonas montañosas y especies de ranchos, con paredes de varillas y barro, en las llanuras. Conocieron la cerámica y la cestería con paja trenzada.
En su comportamiento social practicaban el levirato y el sororato y en el aspecto religioso, creían en un dios supremo —y otras deidades menores— cuya morada ubicaban en la cordillera andina y al que rendían ofrendas cuando se internaban por los senderos montañosos. En homenaje a su divinidad central, los huarpes enterraban a los muertos con el cuerpo extendido y la cabeza orientada hacia las altas cumbres.

Los olongastas

Habitaban los llanos de La Rioja y zonas limítrofes con San Juan, San Luis y Córdoba. Aunque esa región fue recorrida por las primeras expediciones españolas que penetraron en nuestro territorio, entre ellos Diego de Rojas y Francisco de Villagra, no han llegado hasta el presente constancias que permitan aclarar diversos aspectos de la vida de estos indígenas. Probablemente eran individuos altos que basaron su economía en la caza y la recolección de productos silvestres. Cultivaban maíz y zapallo y usaron morteros para moler los granos, aunque principalmente se alimentaban con huevos de avestruz .
Se sabe que hilaban la lana pero no puede afirmarse si usaban telares. En alfarería fabricaron grandes vasijas para almacenar bebidas y especies de botellones y ollas que decoraban con colorantes minerales. Sus armas eran el arco, la flecha, la boleadora y las hachas de piedra. Nada se conoce con respecto a la organización política, social e ideas religiosas de los olongastas de los llanos.

Los araucanos

Primitivos pobladores de las regiones meridional y sur de Chile, los araucanos o mapuches —como se llamaban en su propia lengua— ante la presión de la conquista española comenzaron a cruzar en forma pacífica la cordillera andina. A través de Neuquén, por inmigraciones constantes y sucesivas, llegaron a ocupar —a comienzos del siglo XVIII— la llanura pampeana y el norte patagónico. Se afirma que los primeros contactos entre los aborígenes chilenos y los pehuenches y pampas se debieron a que los mapuches precisaban los caballos de nuestros aborígenes para enfrentar a los conquistadores europeos. Establecidos en el territorio argentino, los araucanos —al adaptarse al medio— sufrieron un proceso de trasformación y abandonaron su cultura agrícola por formas nómades, afectas al pillaje, cazadores y semipastoriles. Dieron origen a un proceso de cambio étnico en las llanuras que ocuparon, al fusionarse con sus anteriores pobladores e imponer su idioma.
Por lo expuesto se considera que los “araucanos argentinos” formaron parte de un conglomerado de huárpidos montañeses y patagónicos pampas. Su aspecto físico variaba según las regiones, así D’Orbigny afirmó que los pampeanos eran altos y de complexión atlética, pero estudios efectuados en zonas de la provincia de Buenos Aires los señalan bajos y gruesos. Habitaban el característico toldo pampeano, cubierto con cueros cosidos de caballo o de vaca y con divisiones internas a modo de compartimientos. Vestían dos mantas, una sujeta a la cintura y otra para cubrirse, como un poncho; usaban el cabello largo que unían en dos trenzas y calzaban la bota de potro. Sus armas ofensivas fueron la lanza larga, la honda y la boleadora y las defensivas, una especie de casco y chaqueta de cuero. El matrimonio se realizaba por compra de la novia y admitía la poligamia. Practicaban la magia hechicera y curaban enfermedades con diversas yerbas, en ceremonias donde sacrificaban animales.

Los comechingones

Estos indígenas habitaron las sierras ubicadas al oeste de la provincia de Córdoba. Según constancias dejadas por los cronistas españoles, eran individuos altos, de tez morena y con una pilosidad mayor que otros aborígenes, por cuanto tenían barbas. Su economía se basaba tanto en el cultivo de la tierra como en la caza y recolección de frutos silvestres. Sembraban maíz, porotos, zapallos, quinoa y molían —en morteros cilíndricos— las semillas de la algarroba y del chañar. Su actividad de cazadores les permitía alimentarse con la carne de ciervos, guanacos y liebres .
A diferencia de otros indígenas de nuestro territorio, los comechingones habitaban en cuevas semisubterráneas que a veces cavaban en la tierra y reforzaban las paredes con maderas y cubrían con pajas; también aprovechaban los abrigos rocosos naturales, propios de la región serrana. Por este motivo, algunos cronistas calificaron a estos hombres barbudos de “trogloditas” .
Vestían una especie de camiseta de lana y se cubrían con una manta. Con la piedra fabricaban hachas, raspadores y puntas de flecha. Poco se sabe en materia religiosa y de la organización política y social. La cerámica fue escasa y no alcanzó gran desarrollo.

Los lule-vilelas

Habitaban la región occidental del Chaco hasta las proximidades del rio Bermejo. Aunque el idioma de estos indígenas ofrecía bastante diferencia, se considera a los lule y a los vilelas como una unidad racial y cultural. Eran individuos muy altos y delgados, de magra complexión y de facciones regulares, de vida nómade, cazadores y recolectores. Se alimentaban con la carne del pecarí, del avestruz, con la algarroba y la miel silvestre .
Andaban generalmente desnudos, aunque a veces se cubrían con plumas que sujetaban con una especie de cinturón. Muy belicosos, cuando los guerreros salían al combate, se pintaban el cuerpo con rasgos semejantes a las manchas del jaguar. Sus armas eran el arco, la flecha, el dardo y el garrote o macana. Las fiestas religiosas duraban hasta quince días y en su trascurso se celebraban diversas prácticas rituales, alternadas con cánticos y libaciones, y en las cuales los hechiceros usaban alucinantes para comunicarse con los dioses. En general, el propósito de estas ceremonias era alejar los espíritus maléficos, conseguir alimentos y curar las enfermedades. Según constancia de los misioneros, estos indígenas creían en la existencia de un ente supremo, que recibía nombres distintos según las tribus.

Los sanavirones

Estos indígenas habitaban al sur de los tonocotés y al este de los comechingones, en la amplia porción de territorio circundante al bajo río Dulce de Santiago del Estero y a la depresión de Mar Chiquita, en Córdoba.
Pocas son las noticias históricas que se han obtenido de los sanavirones. Fueron labradores sedentarios que cultivaron el maíz y también se alimentaron de los frutos agrestes y de la pesca. En su alfarería se reconocen dos clases de cerámicas decoradas: una ofrece motivos geométricos grabados y otra presenta los adornos pintados con negro y rojo. Conocieron el hilado y el tejido. Emplearon como armas el arco, la flecha y la macana. Se ignoran las creencias religiosas de estos aborígenes.

Los tonocotés

En épocas de la conquista española habitaba la región central de Santiago del Estero y también parte de Tucumán, un pueblo indígena llamado primitivamente jurí por los europeos y más tarde conocido con el nombre de tonocoté. Otros grupos pertenecientes a estos aborígenes, pues hablaban la misma lengua, fueron los matarás y guacarás, establecidos en las riberas del Bermejo. Eran individuos de estatura mediana y en este aspecto no se diferenciaban de otros pobladores de regiones colindantes y del noroeste de nuestro país. De carácter sedentario, cultivaban la tierra (maíz, zapallo) y también se alimentaban con la caza, la pesca y la recolección de frutos silvestres y raíces secas. Construían las viviendas —redondas o rectangulares— con troncos de arbustos y techo de paja. Sus armas eran el arco y la flecha envenenada con una ponzoña desconocida por los investigadores.
En alfarería trabajaron urnas funerarias —que adornaban con negro y rojo sobre fondo blanco— y también vasijas de menor tamaño. Otras actividades principales fueron el hilado y el tejido. Poco se sabe con respecto a la organización política y social de los tonocotés y, en cuanto a religión, afirmaron los misioneros que rendían culto a una deidad superior.

Los diaguitas o calchaquíes

Comprendían un conjunto de numerosos pueblos que alcanzaron un alto grado de desarrollo cultural y ocupaban gran parte del noroeste argentino, a partir del sur de Jujuy, zona central de Salta, oeste de Tucumán, casi toda La Rioja y Catamarca y norte de San Juan. Estas tribus, que hablaban dialectos de la desaparecida lengua kakana, integraban cuatro grandes agrupaciones: al norte habitaban los pulares, en el valle de Salta; más hacia el sur los calchaquíes, ubicados en los valles de Calchaquí y Jocavil —provincia de Salta y zonas aledañas de Catamarca y Tucumán—, luego los diaguitas, que ocupaban gran parte de Catamarca y regiones cercanas de La Rioja y, por último, hacia el sur, los capayanes, en regiones de La Rioja y San Juan.
A la llegada de los conquistadores españoles, estos pueblos ofrecían distinto grado de desarrollo político y cultural y habían recibido la influencia de la dominación incaica.
Los diaguitas o calchaquies basaron su economía en el cultivo de la tierra, que era practicado generalmente en andenes y con la ayuda del riego artiflcial, por medio de canales y acequias. El maíz fue el principal alimento, seguido por el zapallo, la quinoa y los porotos. Es probable que sólo hayan sembrado con pequeñas estacas puntiagudas por cuanto desconocian cualquier instrumento semejante a un arado. Practicaban la cría de llamas, animal que les era útil para el trasporte de carga y del cual aprovechaban la lana y la carne. También se ocupaban de la caza y de la recolección de productos agrestes, entre ellos la algarroba.
Construían sus viviendas con forma cuadrangular y el material utilizado en las paredes —según las regiones— era la piedra superpuesta (pirca) o la quincha (ramas y barro). La indumentaria consistía en la llamada “túnica andina”, una especie de larga camiseta de lana, que el indio sujetaba a la cintura con una faja en el momento de combatir. Usaban el cabello largo y calzaban ojotas o sandalias de cuero. Gustaban adornarse con plumas y pendientes de hueso o de metal (oro, cobre, bronce).
De carácter sedentario, estos aborígenes se establecieron en poblados fijos no lejos de los recintos fortificados (pucarás), en que buscaban refugio para defenderse del enemigo. Sus armas eran el arco y la flecha y, según los cronistas de la época hispánica, hacían sonar cornetas antes de empezar a combatir con el propósito de atemorizar a sus adversarios. La familia practicaba la poligamia y los grupos tribales estaban a las órdenes de caciques. En su industria utilizaron el telar para tejer la lana y su cerámica alcanzó un alto grado de desarrollo, como lo prueban los importantes estudios arqueológicos efectuados en el noroeste de nuestro país. Poco sabemos de su religión, aunque puede afirmarse que fueron astrólatras —por influencia de la dominación incaica— y panteístas; también rindieron culto a los muertos con variadas ceremonias.

Los humahuacas

Habitaban la zona septentrional del noroeste argentino, en la gran quebrada de Humahuaca y sus valles circundantes, hasta el sur de la provincia de Jujuy. Desde épocas muy remotas la quebrada fue una región de frecuentes desplazamientos étnicos y ruta de conquista y de tráfico entre el Alto Perú y nuestro territorio.
Los humahuacas se ocuparon del cultivo de la tierra y en esta actividad agrícola sobresalió el maíz, seguido de la papa y la quinoa. Construyeron andenes con irrigación artificial en las laderas de las montañas y algunas de esas grandes terrazas de cultivo—como las de El Alfarcito— se destacan por la importancia de los canales de irrigación. Se han hallado palos de madera dura y especies de mazas, que utilizaban para la preparación de la tierra. Otro aspecto de la actividad económica de estos indígenas fue la caza del guanaco y del ñandú y también la recolección de frutos silvestres.
Construían sus viviendas de forma rectangular con paredes de pirca, con techo de paja, generalmente agrupadas en poblados erigidos sobre serranías bajas, próximas a cursos de agua y con protección de muros de piedra. Su indumentaria era la característica “camiseta” andina, de tela tejida con lana de llama y sobre ella una manta; calzaban ojotas y entre sus diversos adornos corporales figuraban los brazaletes de metal.
En cerámica utilizaban de preferencia la decoración negra con motivos geométricos sobre fondo rojo, en los cántaros y en los vasos. Indígenas belicosos, reconocían como jefe a un cacique principal y sus armas eran el arco, la flecha y la honda. Acostumbraban a guardar, como prueba de valor guerrero, los cráneos-trofeos de sus vencidos. Cuando fallecía un adulto lo enterraban en un ángulo de su propia vivienda, en posición fetal, con las armas y alimentos; en cambio los cadáveres de ni ños se acostumbraban guardar en grandes ollas o urnas funerarias.

Los atacamas

Estos indígenas que fueron llamados apatamas por los primeros cronistas españoles, habitaban la puna argentina, comprendiendo su área de dispersión parte de las actuales provincias de Jujuy, Salta y Catamarca. Eran un pueblo de agricultores que cultivaba el maíz, la papa y la quinoa, para guardar parte de las cosechas en refugios naturales dentro de los cerros. En sus labores agrícolas empleaban azadones de piedra y grandes cuchillos de madera. También se ocupaban de explotar las salinas y de criar la llama, animal que empleaban para el trasporte de cargas.
Sus viviendas eran habitaciones cuadrangulares con paredes de piedra (pirca) y techos de barro y paja. Vestían una corta túnica de lana y un poncho, y se cubrían la cabeza hasta las orejas con gorros, también de lana de llama. Gustaban adornarse con vinchas, collares, brazaletes y plumas. Aunque no se destacaron en cerámica, fue importante su actividad en el trabajo de la madera, en las denominadas “tablillas de ofrenda”, con mango labrado y diversas incrustaciones, probablemente destinadas a depositar narcóticos o rapé, para aspirar por la nariz. Se han encontrado calabazas o mates con decoraciones y hachas de piedra de distinto tamaño. En metalurgia supieron trabajar el oro, cobre, bronce y plata.

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