“Las cuentas del Gran Capitán. José de San Martín, El libertador por Mitre 1878”


Al cumplir el centenario del nacimiento del general José de San Martín el escritor e historiador Bartolomé Mitre realizo este resumen sobre los gastos del libertador de América, lo llamo “Las cuentas del gran capitán” incluido en su libro “Paginas de Historia”.
Este es un fragmento del mismo.

…El general San Martín pertenecía a esa austera escuela del deber contemporáneo y de la fiscalización póstuma, y al cabo de cien años, el puede presentarse a su posteridad con su cuenta corriente en regla, pidiendo el finiquito de ella, en vista de lo que recibió, de lo que gasto y de la herencia de gloria que legó a sus hijos.

Y las cifras mudas de esa cuenta se alzarán de la tumba como testigos irrecusables, que declaren en lenguaje matemático, que San Martín, no solo fue un gran hombre, sino, principalmente, un grande hombre de bien.

Ellas dirán que su educación nada costó a su Patria, que el Rey quedo debiendo a su padre los sueldos cíe teniente gobernador de Misiones: que a la edad de doce años se bastó a si mismo, en tierra extraña; y que su madre, al enviudar, decía de él que era el hijo que menos costo le había traído hijo barato como después fue héroe barato, su madre natural como su madre cívica, solo le dieron de su seno la leche necesaria para nutrir su fibra heroica.

Vino a su Patria hombre formado y con una reputación hecha en largos trabajos; costeó su viaje para ofrecer la espada a la Revolución americana y al pisar, pobre y desvalido, las playas argentinas traía en cabeza la fortuna de un mundo.

Ahora van a hablar los números.

San Martín está en la Patria, de que se había ausentado en la niñez.

Nombrado en 1812 comandante de Granaderos a caballo, con ciento cincuenta pesos de sueldo, cedió al Estado la tercera parte de él para los gastos públicos.

General en jefe del ejército del Perú, lo sirvió con el sueldo de coronel ganado en San Lorenzo.

Gobernador de Cuyo en 1814 con tres mil pesos de sueldo anuales, dono la mitad de él mientras durase la guerra con los españoles. Quedaba a él ciento veinticinco pesos mensuales de los que destinaba una asignación de cincuenta para su esposa, restándolo a él setenta. y cinco pesos. En marzo del mismo año se dirigió al Gobierno manifestándole que con tan corta cantidad le era materialmente imposible subsistir, rogando en consecuencia que su donativo se redujese a la tercera parte. El Gobierno accedió a su pedido, y desde entonces gozó de ciento setenta y dos pesos al mes, pudiendo así elevar a ochenta la asignación de su familia y disponer de nóvenla y dos pesos Con esto vivió por el espacio de dos años, mientras preparaba la gran campaña de los Andes, consta de los libros de contabilidad del Archivo general.

Para la subsistencia del Ejército de los Andes se destinaron al principio cinco mil pesos mensuales, que desde agosto de 1816. es decir, cinco meses antes de atravesar la Cordillera, se elevaron a ocho mil pesos De allí en adelante, este ejército vivió a costa de los pueblos libertados por el.

En el misino año de 1816. nombrado general en jefe del Ejercito de los Andes, con seis mil pesos anuales, se le continuaron descontando ciento sesenta y seis al mes por donativo voluntario, y ochenta por asignación quedándole disponibles únicamente doscientos cincuenta v cuatro para sus gastos militares y personales.

Dueño absoluto de la pequeña renta de la provincia de Cuyo, se permitía únicamente el lujo de hacerse sospechar de ladrón Había ordenado que todo peso de plata sellado con las armas españolas le fuese entregado día por día. La orden se cumplía religiosamente, y todos creían que San Martín se apropiaba este dinero En vísperas de emprender su viaje a Chile, llamó al tesorero, y le pregunto si había llevado cuenta exacta, como era su deber, de las cantidades por él entregadas: y en vista de ella devolvió al tesoro público en la misma especie las monedas de que era depositario.

La escena cambia. El Ejército de los Andes ha atravesado la Cordillera y ha vencido en Chacabuco. San Martín es el libertador de Chile, y dueño de todos sus tesoros. El 14 de febrero de 1817 entra triunfante en la capital de Santiago, rehúsa el mando supremo que se le ofrece. y es alojado en el palacio de los obispos, con escasos muebles, y con puertas que no tenían ni cerraduras, como que tenían poco que guardar.

Desde febrero de 1817 hasta agosto del mismo año invirtió en su palacio, familia militar, obsequios, chasques, servidumbre, mesa, coches, caballos, frailes, monjas, limosnas, ropa, muebles, vajilla, luces forrajes, combustible, música, lavado, perfumes y flores, la cantidad de tres mil trescientos treinta y siete pesos, seis y un cuartillo reales, o sean cuatrocientos setenta y seis al mes, según cuenta que llevaba su capellán el P. Juan Antonio Bauza. De esta cantidad, cuatrocientos sesenta y un pesos con dos y medio reales, fueron obrados por el Gobierno de Chile, cuatrocientos por la comisaria del ejército de los Andes, y los dos mil cuatrocientos setenta, y seis pesos restantes de su propio peculio.

La sala tenía sofá, pero no sillas suficientes, y en comprar una docena forrada en raso gasto cien pesos. La mesa de su despacho cojeaba, y en ponerle dos pies nuevos empleo dos pesos y cuatro reales, la del diputado Guido, que vivía con él, no estaba más firme, y en ponerle dos barrotes se fueron nueve reales.

Por el sermón en acción de gradas por la batalla de Chacabuco pago dos onzas de oro al orador sagrado que lo pronunció y en libros casi otro tanto lo que suma cuatro onzas de literatura.

En su vajilla de plata (de la cual le robaron dos cucharas), empleo ciento treinta y cuatro pesos, y en cristalería veintinueve.

Al llegar a Santiago, no tenía ropa, y en esto gasto ciento seis pesos y siete reales En componer su capoton de campaña once pesos cuatro reales y medio, en forrar en raso su chaqueta cuatro pesos siete reales y medio, y en adornarla con cinco pieles de nutria diez reales, a razón de dos reales cada cuerecito. Se hizo un levitón forrado en sarga, que no le costó menos de veintinueve pesos y en remiendos de botas se fueron diecinueve pesos. Hasta la compostura del famoso sombrero falucho cuya forma típica ha fijado el bronce eterno, figura en esta cuenta con cuatro pesos importe del hule y del funda de tafetán, incluso el barboquejo.

Por último, se dio el lujo de renovar las cintas de su reloj, y en esto empleo la suma, de cuatro reales.

Si la lisia del guardarropa de Carlos V en Yuste se ha considerado por el grave historiador Mignet digna de ocupar a la posteridad, bien merecen ser contados en este día los remiendos del grande hombre, que puede presentarse ante ella, con su ropa vieja, pero sin manchas.

Este hombre que remendaba su ropa y su calzado y cosía personalmente los botones de su camisa, noto un día que su secretario don José Ignacio Zenteno (que después fúe general y ministro de Chile) llevaba unos zapatos rotos inmediatamente ordeno a su capellán le ofreciese un par de botas que costaron doce pesos, su escribiente Uriarte estaba casi desnudo, y le mando dar veinticinco pesos para vestirse.

Se alumbraba con velas de sebo y en este artículo consumió en siete meses el valor de setenta y un pesos, o sean diez mensuales. El lujo de entonces en que no se usaban bujías ni se conocía el gas, era la cera, y en cera, pabilo y confección de blandoncillos para las noches de función (según expresa la cuenta), se gastaron setenta y seis pesos.

Tenía dos coches prestados, uno grande y a otro chico, que en composturas se llevaron treinta y seis pesos, o sea casi el doble del importe del remiendo de botas.

Tenía dos pianos (prestados también), uno chico v otro grande (corno los coches), y en templarlos, con ponerlos y ponerlos funda de bayeta, gastó no menos de treinta y dos pesos.

En música, incluso las gratificaciones a pitos y tambores que habían sonado la carga de Chacabuco, el general gasto en todo sesenta v cinco pesos. Además, una partida extraordinaria, que esta anotada en la cuenta del capellán en la forma siguiente Por dos pesos que se gratificaron al que toco la guitarra en una noche que se bailo alegre ¡Felices tiempos en que las alegrías de sus poderosos no costaban sino dos pesos al tesoro del pueblo, y esto por una sola vez!

En su salón se reunía con frecuencia la sociedad más selecta de Santiago en damas y caballeros, y ha quedado en Chile el recuerdo de las tertulias de San Martín en que el general rompía el baile con un minué. Algunas noches se jugaba a la malilla, y a veces la caja del cuartel general costeaba las perdidas. En la cuenta del capellán se encuentra esta curiosa anotación. Por seis pesos que se pasaron a la Madama Encalada para que jugase, y no los ha vuelto. Madama Encalada era la esposa del almirante Blanco Encalada una de las primeras bellezas de Chile, que rivalizaba con lady Cochrane, es la hermosa británica ante la cual los soldados prorrumpían en aclamaciones de entusiasmo cuando la veían pasar al galope de su caballo.

Parece que gustaba de perfumes, pues en materiales y confección de pastillas figura una partida por treinta y un pesos, al lado de esta partida se leo lo siguiente: Por un real de cascarilla para curar el caballo del señor general. Y más adelante esta otra, que revela su pasión por las flores desde entonces. Por cinco macetas de marimoñas y a los peones que las condujeron, seis pesos.

Se ha dicho de San Martín que era sibarita, glotón, borracho, ladrón y avaro.

Su cuenta de gastos nos dirá lo que haya de cierto a este respecto.

En la mesa de su palacio, que presidía el coronel don Tomas Guido, se empleaban diez pesos diarios en comestibles. El comía una sola vez al día y eso en la cocina, donde elegía dos platos, que despachaba de pie en soldadesca conversación con su negro cocinero, rociándolos con una copa de vino blanco de su querida Mendoza. Su plato predilecto era el asado, y así como otros convidan a tomar la sopa, él convidaba a tomar el asado.

En una de las conferencias con su cocinero (que era soldado), noto sin duda que a la olla de su cuartel general le faltaba un poco de tocino En consecuencia, compro un cerdo en siete pesos, gasto once reales en clavo y pimienta, y pago tres pesos al que lo beneficio. A este cerdo puede decirse que le llego su San Martín, y a tal titulo bien merece pasar a la posteridad como la gallina que Enrique IV pedía para cada una de las ollas de los habitantes de su reino ¿Y en qué cocina de nuestra tierra desde la Plata hasta los Andes, no se pensara en este día. al ver hervir el puchero de la familia, que el fuego del hogar argentino fue encendido por los padres de su Independencia, que amasaron el pan de cada día con la levadura del patriotismo y la sal de la educación popular?

Su bebida favorita era el café, que tomaba en mate y con bombilla En su cuenta figuran doce libras de café crudo, a veinte reales cada una, que, con cinco pesos más para tostarlo y molerlo, suma todo veinte pesos El misino lo preparaba a las cinco de la mañana. Hora en que se levantaba de su catre cofre de campaña, que con un colchón de cuatro dedos de grueso, apenas levantaba una cuarta del suelo.

En cuanto a licores, su cuenta nos dice que al instalar su casa militar compro un barril de vino de Penco en once pesos y gasto dos reales en ponerle una cajilla. Meses después, se hace mención de una pipa o barrica, que sin duda fue regalada, pues no figura en las compras. Al fin, se viene en conocimiento de que era un barril según lo revela una partida que se lee a continuación y dice así: Por nueve reales en seis docenas de corchos para las botellas Por lo que respecta al ron, de que se ha dicho que San Martin abusaba tal articulo no figura sino una vez en su cuenta. y esto por incidente, con motivo de apuntar tres pesos gastados en una cuarta de aguardiente común. Del general Grant se dijo otro tanto, después de la toma de Wisbourg. y el presidente Lincoln contestó a los que lo acusaban de beodo: Traedme un poco de ese whisky que toma Grant, para repartirlo a algunos de los generales de la Unión, que bien les vendrá ¡Quién nos diera hoy el ron en que San Martin bebía la embriaguez sagrada de la victoria!

La verdad es que el general era de un estómago débil, que apenas podía soportar el alimento, y que guardaba abstinencia por necesidad, usando de los licores con suma moderación Lo que más bebía era agua mineral, que hacia traer de un paraje inmediato a Santiago, que llaman Apoquindo abonando doce reales al mes al mozo que la conducía.

Su gran vicio era el abuso del opio, que usaba en forma de morfina como medicamentación ordinaria para calmar sus dolores neurálgicos y reumáticos, a fin de conciliar el sueño. Por eso se ve en su cuenta figurar una partida de treinta y siete pesos para renovar el botiquín.

Su pequeño vicio era el uso del cigarro. En siete meses redujo a cenizas tres mazos de tabaco colorado, dos pesos de tabaco negro y tres de cigarrillos, lo que suma veintitrés pesos reales, o sea poco más de un real y cuartillo diario en humo, para inocente solaz del que, en Chacabuco y Maipo envolvió la bandera argentina con el humo inflamado que despidieron sus cañonera.

Así como economizaba la pólvora y cuidaba de sus cartuchos, él misino picaba su tabaco, y la tabla y el cuchillo con que lo hacia se conservan aún como un recuerdo de sus austeras costumbres.

Aquí termina la cuenta del vencedor de Chacabuco digna de figurar al lado de la de Washington, porque son los gastos modestos de un grande hombre el, medio de un gran triunfo, que hoy tal vez no satisfarían al vencedor de una guerrilla.
Realza el mérito del héroe argentino que Washington era rico y San Martin pobre, que el primero hizo la guerra únicamente en el territorio de su país, y el otro fue un verdadero conquistador: que el uno tenía que rendir cuentas a un congreso y San Martín unicamente a sí mismo.

¡Ambos tenian en su propia conciencia un constante centinela de vista!

Comunicación de Belgrano al presidente de Charcas, Ortíz Campo, el 7 de octubre de 1813 (M. s.) En el transcurso de estos siete meses que hemos anotado con cifras, hizo San Marlín un viaje a Buenos Aires, con el objeto de concertar la expedición a Lima. El gasto más considerable que con tal motivo hizo, creemos que fue una mula de paso para pasar la Cordillera.

El Cabildo de Santiago puso a su disposición la cantidad de diez mil pesos en onzas de oro rogándole los emplease en gastos de viaje El general contestó aceptando el regalo, pero destinándolo a la formación de una biblioteca pública en Chile, diciéndole: La ilustración es la llave que abre las puertas de la abundancia. Y pudo agregar, la economía de los dineros públicos la que las asegura.

Fue en aquella ocasión cuando el Gobierno argentino decretó una pensión de cincuenta pesos a favor de la hija de San Martín, con lo cual pidió mas adelante ayudar a su educación.

De regreso a Chile, fue sorprendido en Cancha Rayada. El bravo Las Heras se le présenlo a los pocos días con el uniforme hecho pedazos, trayéndole la tercera parte del ejército salvado por él en aquella noche infausta. El general dio orden de que se le entregase la mejor casaca de su guardarropa: ¡su mejor casaca estaba remendada!
Después de Maipo, su segundo, el general don José Antonio Balcarce asistió al Te Deum que se celebró en acción de gracias, con una camisa que le prestó un amigo ¡Grandes tiempos aquéllos en que los generales victoriosos no tenían ni camisa!

En recompensa de sus grandes servicios el congreso de las Provincias Unidas le voto, en 1819 una casa para él y sus sucesores, adjudicándole una situada en la plaza de la Victoria, que se compro a la testamentaria de la familia Duval, y que después ha sido conocida con el nombre de Riglos.

La República de Chile le regalo una chacra, como una muestra de su gratitud.

En Mendoza lema una pequeña casa en la Alameda y una quinta en sus alrededores, compradas con sus escasos ahorros de soldado.

Tal era la fortuna Territorial del vencedor de San Lorenzo, de los Andes, de Chacabuco y Maipo, al emprender su memorable expedición del Bajo Perú.

Sigámosle al Imperio de los Incas, veámosle más poderoso que Pizarro. y pudiendo disponer de más oro que el que pesaron en sus balanzas los conquistadores del templo del sol.

En el Perú vivió con más laslo que en Chile distribuyo medio millón de premio entre los jefes de sus ejércitos, contentándose él con recamar de oro su uniforme con el objeto de deslumhrar a la aristocracia de aquella corte colonial, que él consideraba poderosa en la opinión.

Declarado Protector del Perú, se hizo decretar un sueldo de treinta mil pesos anuales, lo que, en su tiempo, fue muy criticado, y con razón, pues aun cuando fuese menor que el que gozan sus actuales presidentes, entonces el dinero valía más y era más necesario Empero, él no empleo su sueldo sino en gastos de representación pública, sin poner de lado un solo real. Y es de tomar en cuenta que siendo arbitro absoluto de hombres y cesas, al abdicar el mando supremo se le debían dos meses de sueldo de Protector y capitán general, según consta de la liquidación que el Perú le formo mas tarde.

Al abandonar para siempre, en 1822, las playas del Perú, cuyos tesoros lo acusaban sus enemigos haber robado saco por todo caudal ciento veinte onzas de oro en su bolsillo: y por únicos expolios, el estandarte con que Pizarro esclavizó el Imperio de los Incas, y la campanilla de oro con que la Inquisición de Lima reunía su tribunal para enviar sus víctimas a la hoguera.

El general San Martín llegó a Chile, triste. vomitando sangre, y fue saludado con una explosión de odio por parte del pueblo que había libertado. Contaba para subsistir en ese país con un dinero que había confiado a un amigo, y con el producto de la venia de su chacra. Otro amigo, que comprara esta como por favor, no pudo llenar su compromiso, y tuvo que volver a recibirse de ella sin que le produjera renta. La cantidad en depósito se había disipado y sólo quedaban de ella unos cuantos reales, según lo dice él mismo, sin insistir más sobre este desfalco.

Postrado por la enfermedad, y lastimado por la ingratitud, paso sesenta y seis días en cama, hospedado por amistad en una quinta de los alrededores de Santiago. a inmediaciones del famoso llano de Maipo. Apenas convaleciente, se le présento uno de sus antiguos compañeros pidiéndole una habilitación, creyéndolo millonario, según se decía. Con tal motivo escribió con pulso trémulo y desgarradora ironía a su amigo O’Higgins, peregrino como él: Estoy viviendo de prestado. Es bien singular lo que me sucede y sin duda pasara a usted lo mismo, es decir, están persuadidos de que hemos robado a troche y moche ¡Ah? picaros! ¿Si supieran nuestra situación, algo mas tendrían que admirarnos! El Gobierno del Perú noticioso de su indigencia, le envío dos mil pesos a cuenta de sueldos.

Con esta plata y algunos otros pequeños recursos que se allegó, pudo pasar a Mendoza, en 1823, donde hizo la vida pobre y obscura de un chacarero.

Trasladado en el mismo año a Buenos Aires, se le recibió como a un desertor de su bandera y se le consideró indigno de pasar revista en el ejército argentino.

La aldea donde había nacido era un monton de ruinas, y su joven esposa había muerto en su solitario lecho nupcial. Solo le quedaba una hija, fruto de una unión de que apenas gozara las primicias.

Invalido de la gloria, divorciado de la Patria, viudo del hogar, renegado por los pueblos por él redimidos, pisando, enfermo y triste, los umbrales de la vejez, el libertador de medio mundo tomo a su hija en brazos, Y se entrego silenciosamente al ostracismo.

¡Su patria le miro alejarse con indiferencia, y casi con desprecio!

San Martín, como Washington lo han dicho otros ya fue un gran filosofo político, así en sus costumbres sencillas como en sus tendencias mórales que revestían el carácter del mas espontaneo desinterés. La máxima que reglaba su conducta era esta: Serás lo que debes ser. y si no, no serás nada. Había sido todo, no era nada, y ya no quería ser otra cosa.

En el antiguo mundo, el gran capitán dado de baja por su propia voluntad y asistente de sí mismo, recorrió a pie la Inglaterra, la Escocia, la Italia y la Holanda. La ciudad de Banf, en Escocia, le confino la ciudadanía por presentación de lord Macduff, su compañero de armas en la guerra de España y descendiente de aquel héroe de Shakespeare que mato con sus propias manos al asesino Macbeth. Igual honor le concedió la de Canterbuiy por recomendación del general Míller su compañero de glorias en América.

Al fin fijo su residencia en Bruselas, prefiriendo este punto por su baratura. Puso a su hija en una pensión, ciñéndose él a vivir con lo estrictamente necesario en un cuarto redondo sin permitirse subir jamás a un carruaje público no obstante residir en los suburbios de la ciudad.

Agotados sus recursos al cabo de cinco años, se decidió a regresar a la Patria en 1823 La Patria le llamo cobarde al acercarse a sus playas, el día 12 de febrero de 1828, precisamente en el aniversario de San Lorenzo y Chacabuco. El volvió entonces al eterno destierro, sin proferir una queja.

Al abandonar para siempre el Rio de la Piara, realizó la venta de la casa donada por la Nación la cual le produjo poco, a causa de la depreciación del papel moneda en que le fue pagada Esta casa y cinco mil pesos abonados por el Estado, para conservación de ella, según ultima cláusula de la donación, es todo lo que San Martín recibió de la República Argentina además de la pensión a su bija, en premio de sus históricos servicios.

Años después, en 1830 y 1831 solicitaba por dos veces una limosna del único amigo que le quedaba en América. He aquí sus angustiosas palabras: Estoy persuadido empleará toda su actividad para remitirme un socorro lo más pronto que pueda pues mi situación, a pesar de la más rigurosa economía, se hace cada día más embarazosa.

A la espera de este socorro paso un año y dos años más, y en 1833 fue atacado por el cólera, juntamente con su hija, viviendo él, en campo y teniendo por toda compañía una criada. Su destino, según propia declaración, era ir a morir en un hospital. Un antiguo compañero suyo en España el banquero Aguado, famoso por sus riquezas, vino en su auxilio, y lo salvó la vida, sacándolo de la miseria. Esta generosidad (decía el mismo San Martín en 1842) se ha extendido hasta después de su muerte poniéndome a cubierto de la indigencia en el porvenir. Llegó le al fin el socorro pedido a América.

Su compañero y amigo el general O’Higgins le enviaba tres mil pesos. Con este recurso pagó las deudas contraídas en su enfermedad aplicando el remanente a la compra de las modestas galas de novia con que su hija debía adornarse al unir su destino al del hijo de uno de sus antiguos compañeros de fatigas. ¡Triste es pensar, en este día, en que las argentinas visten los colores de la bandera que nuestro gran capitán batió triunfante desde el Plata al Chimborazo, que el primer vestido de seda que se puso su hija fue debido a una limosna! Y esa limosna no fue hecha por un argentino, sino por un chileno, después que un español le hubo ofrecido el bálsamo del Samaritano.

Es el caso decir con el poeta Si no lloráis ¿cuándo lloráis? Pero aliviemos el alma de esta congoja, elevemos los corazones, y digamos que era lógico, era necesario para honor y desagravio de la virtud, que al más grande de nuestros hombres de acción. no le faltase la grandeza de estas pruebas que darán ternple a las almas de nuestros hijos, y que valen más que los puñados de oro con que pudimos y debimos aliviar la triste ancianidad de este ladrón de los tesoros públicos, según sus calumniadores, que tuvo en perspectiva un hospital y se salvo con la limosna de dos extraños. La limosna le fue propicia y produjo ciento por uno, como la semilla del Evangelio.

Desde entonces pudo gozar de horas mas serenas, aunque herido mortalmente por la enfermedad que debía llevarlo al sepulcro.

Gracias al crédito de su generoso amigoo el banquero Aguado, le fue posible adquirir por cinco mil pesos la pequeña propiedad de Grand-Bourg a orillas del Sena, donde el grande hombre, olvidado de sí mismo, veía deslizarse sus últimos días en medio de las flores, que fueron una de sus pasiones y en medio de nietos, esos frutos de la vejez, que coronan el árbol sin hojas en el invierno de la vida.

El Perù, que lo había olvidado, le pago doce mil pesos a cuenta de los haberes atrasados desde 1823, ajustándolo a razón de medio sueldo, como general en retiro: y aún cuando a su muerte le debía por igual procedencia ciento sesenta y cuatro mil pesos ha hecho cumplido honor a sus leyes abonándolos a sus herederos.

Chile que lo había borrado de su memoria y de su historia por el espacio de veinte años, lo incorporo at fin a su ejército, en 1842. declarándole el sueldo de general en perpetua actividad.

¡Únicamente su Patria, la República Argentina, no le ofreció ni el óbolo de Belisano!

Así, en medio de este apacible ocaso, consolado por estas tardías reparaciones casi postumas, ejercitando por pasatiempo higiénico los oficios de armero y carpintero, y perturbado a veces por aberraciones de que no tenemos derecho a pedirle cuenta, se extinguió esta gran existencia en los misterios del vaso opaco de la arcilla humana. Su organización robusta había sido hondamente trabajada por la acción del tiempo y la actividad de las grandes pasiones concentradas.

Los dolores neurálgicos fueron el tormento de su juventud, y los reumáticos el de su edad viril, que reaccionaron al fin sobre los órganos digestivos y respiratorios.

Su muerte empezó por los ojos. La catarata, esa mortaja de la visión, como se ha llamado, empezó a tejer su tela fúnebre. Cuando su médico, el famoso oculista Sichel, le prohibió la lectura, otra de sus grandes pasiones, su alma se sumergió en la obscuridad de una profunda tristeza.

La muerte asestó el último golpe al centro del organismo. La aneurisma, esa perturbación de la corriente vital de la sangre en las vidas agitadas, que convierte sus últimos movimientos en prolongadas percusiones de agonía, apago los últimos latidos de su corazón.

“¡Esta es la fatiga de la muerte!” dijo al expirar ¡No! ¡Era la fatiga de la vida que ultimaba su carne, al tiempo de renacer a la elemental de la inmortalidad!

En las cuentas corrientes entre los pueblos y sus grandes hombres son siempre los pueblos los que pagan con usura el saldo que resulta en contra. Ellos con sus héroes y sus mártires anónimos, sus instintos inspiradores, sus fuerzas latentes y sus pasiones colectivas, con su generosa abnegación y su temple cívico, son los que ponen su propia substancia como capital social, que sus directores hacen valer. Y cuando llega el día del pago de las deudas, ellos son los que, con mano abierta hacen honor a los empeños del tiempo, sin que pueda recordarse ejemplo (salvo uno justificado) de que un solo crédito girado sobre la posteridad haya sido protestado por ella, aun cuando sus héroes hayan caído en la batalla de la vida, legando a sus descendientes la bandera de su causa, envuelta en el polvo de la derrota.

Sea dicho esto en honor nuestro y en honor de San Martín, aún y cuando de él puede decirse lo que de pocos que fue el héroe de su propia historia , que sin él, nuestro capital revolucionario se habría disipado tal vez, y que nos lego, no la derrota, sino la victoria fecunda en los ámbitos de un mundo.

San Martín es el germen de una idea grande que brota en las entrañas fecundas de nuestra tierra, es la fuerza viva de nuestras arterias, que pone en vibración los átomos inertes de un hemisferio; es la irradiación luminosa de nuestros principios, que se propaga por todo un continente; es la acción heroica de nuestra Patria, que se dilata, el cometa con cada flamígera que se desprende de la nebulosa de la nacionalidad argentina, y que después de recorrer su órbita elíptica, cuando rodos lo creían perdido en los espacios, vuelve más condensado a su punto de partida al cabo de cien años.

Y sea dicho también para honor nuestro y suyo, que al realizar la misión que en nuestro nombre le confio el destino, lo hizo para fundar naciones que glorificasen los principios de la democracia, y no para imponerles un interés egoísta, ni una personalidad ambiciosa, ni cobrar el precio de nuestros servicios.

El se llevo en su carrera excéntrica nuestra bandera de propaganda y nuestra fuerza de dilatación continental; pero en cambio, afirmo nuestra Independencia, dio alas a nuestra Revolución para transponer las montañas y los mares: nos dio la gloria de los pueblos redentores, que rompen sus propias cadenas sin auxilio ajeno; fundó dos Repúblicas bajo los auspicios de nuestras armas victoriosas desde el polo hasta el ecuador: nos dio la táctica, la disciplina y la estrategia con que se vence, el heroísmo con que se muere, la fortaleza con que se hace frente a la derrota, nos dio las victorias de San Lorenzo, el paso de los Andes. Chacabuco. Maipo, las acciones de Carapaligüe y Gavilán, la escuadra que dómino con Cochrane el mar Pacifico, la entrada a Lima, el combate de Paseo, participación que nos toca en Rio Bamba y Pichicha en pro de Colombia, la abdicación de Washington y el ostracismo de Aníbal, que, al imitar y superar su famosa hazaña, no quiso beber la copa amarga de Betinia.

Y además de lodo esto, nos dio al morir su corazón, como un legado de remisión y de amor, que aun yace helado en tierras extranjeras.

Y por si esto no bastase, nos ha dado de yapa los pobres ahorros con que el soldado de los Andes adquirió dos pobres propiedades en Mendoza. Vendidas estas en cinco mil pesos cuatrocientos trece bolivianos su producto liquido, que alcanzo a tres mil quinientos veintiocho fuertes, ha sido aplicado por sus descendientes a la fundación de un hospicio de inválidos, inaugurado en Buenos Aires bajo los auspicios populares.

Y aquí Termina el haber del gran capitán argentino en la cuenta comente con su Patria y su posteridad.

Le dimos en vida nuestra enseña revolucionaria para combatir los principios de nuestro credo político para hacerla invencible, nuestros soldados para triunfar, nuestro oro y nuestra sangre para gastos de la Independencia del Sud de América, los medios, en fin, de conquistar fama imperecedera haciendo el bien, y le dimos, por toda recompensa pecuniaria, una casa, un medio sueldo durante cinco años, una pensión de cincuenta pesos para su hija, cinco mil pesos de regalo y un pasaporte gratis para marchar al destierro.

Además, hemos pronunciado en su favor, después de su muerte, el fallo verdadero a que el apelo de la injusticia de sus contemporáneos.

Le hemos dado la gloria que se propaga en los tiempos por el vehículo consciente de los hombres libres, consolidando la existencia de una Nación republicana destinada a vivir y tener una misión en la tarea humana, inscribiendo así su nombre en el catalogo de los héroes cosmopolitas.

Hemos fundido su estatua en el bronce de la inmortalidad que no puede confundirse con el metal impuro que se vacía en moldes vulgares.

Hemos rehabilitado su personalidad moral, así en el orden político y militar, como en los dominios obscuros de la conciencia individual.

Hemos reparado el olvido en vida, le hemos honrado en muerte, y confiamos a los venideros la debida reparación póstuma.

Por último, celebramos hoy su apoteosis en su primer centenario el primero que se celebra entre nosotros y de hoy en adelante, mintras la tierra argentina produzca hombres libres, mientras el sol de nuestra bandera no se eclipse mientras lata en ella un solo corazón y vibre un labio que repercuta sus generosos latidos, el nombre de San Martín continuara glorificado de siglo en siglo.

Pero aun nos queda más que hacer para pagar nuestra deuda histórica.

¡Todavía le debemos los siete pies de tierra de la tumba! El día que repatriemos sus huesos desterrados, el día que los abracemos con amor, y con palmas en las manos los confiemos al seno de la madre fecunda que los crió, en ese día se habrá cerrado el balance de la histórica cuenta porque solo entonces descansaran en el blando seno de nuestra Patria los huesos quebrantados del último de sus grandes proscriptos de ultratumba.

Bartolome Mitre 1878

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