El papa es de izquierda o de derecha? El discurso del Papa sin filtros o lecturas e interpretaciones políticas e ideologicas. su primera exhortación apostólica “Evangelii Gaudium”


Al papa lo quieren todos de su lado, han salido a decir que era peronista, antiperonista, libre cambista, capitalista, socialista y asi tambien sus frases y entrevistas las han citado fuera de contexto para fundamentar a diferentes sectores económicos, políticos , culturales e ideológicos

Veamos que nos dice el PAPA en su primera exhortación apostólica “Evangelii Gaudium” (La alegría del Evangelio)publicada este martes.(denuncia duramente el actual sistema económico, ) Quizás nos enteremos de que piensa el papa de primera mano, leyendo ese documento.-

Se trascribe el mismo:

EXHORTACIÓN APOSTÓLICA
EVANGELII GAUDIUM
DEL SANTO PADRE
FRANCISCO
A LOS OBISPOS
A LOS PRESBÍTEROS Y DIÁCONOS
A LAS PERSONAS CONSAGRADAS
Y A LOS FIELES LAICOS
SOBRE
EL ANUNCIO DEL EVANGELIO
EN EL MUNDO ACTUAL
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1. LA ALEGRÍA DEL EVANGELIO llena el corazón y la vida entera de los que se
encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del
pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo
siempre nace y renace la alegría. En esta Exhortación quiero dirigirme a los
fieles cristianos, para invitarlos a una nueva etapa evangelizadora marcada
por esa alegría, e indicar caminos para la marcha de la Iglesia en los
próximos años.
I. Alegría que se renueva y se comunica
2. El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de
consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y
avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia
aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no
hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la
voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el
entusiasmo por hacer el bien. Los creyentes también corren ese riesgo,
cierto y permanente. Muchos caen en él y se convierten en seres
resentidos, quejosos, sin vida. Ésa no es la opción de una vida digna y
plena, ése no es el deseo de Dios para nosotros, ésa no es la vida en el
Espíritu que brota del corazón de Cristo resucitado.
3. Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se
encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o,
al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo
cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta
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invitación no es para él, porque «nadie queda excluido de la alegría
reportada por el Señor».1 Al que arriesga, el Señor no lo defrauda, y cuando
alguien da un pequeño paso hacia Jesús, descubre que Él ya esperaba su
llegada con los brazos abiertos. Éste es el momento para decirle a
Jesucristo: «Señor, me he dejado engañar, de mil maneras escapé de tu
amor, pero aquí estoy otra vez para renovar mi alianza contigo. Te necesito.
Rescátame de nuevo, Señor, acéptame una vez más entre tus brazos
redentores». ¡Nos hace tanto bien volver a Él cuando nos hemos perdido!
Insisto una vez más: Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros
los que nos cansamos de acudir a su misericordia. Aquel que nos invitó a
perdonar «setenta veces siete» (Mt 18,22) nos da ejemplo: Él perdona
setenta veces siete. Nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez.
Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este amor infinito e
inquebrantable. Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con
una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos
la alegría. No huyamos de la resurrección de Jesús, nunca nos declaremos
muertos, pase lo que pase. ¡Que nada pueda más que su vida que nos
lanza hacia adelante!
4. Los libros del Antiguo Testamento habían preanunciado la alegría de la
salvación, que se volvería desbordante en los tiempos mesiánicos. El
profeta Isaías se dirige al Mesías esperado saludándolo con regocijo: «Tú
multiplicaste la alegría, acrecentaste el gozo» (9,2). Y anima a los
habitantes de Sión a recibirlo entre cantos: «¡Dad gritos de gozo y de
júbilo!» (12,6). A quien ya lo ha visto en el horizonte, el profeta lo invita a
convertirse en mensajero para los demás: «Súbete a un alto monte, alegre
mensajero para Sión, clama con voz poderosa, alegre mensajero para
Jerusalén» (40,9). La creación entera participa de esta alegría de la
salvación: «¡Aclamad, cielos, y exulta, tierra! ¡Prorrumpid, montes, en
cantos de alegría! Porque el Señor ha consolado a su pueblo, y de sus
pobres se ha compadecido» (49,13).
Zacarías, viendo el día del Señor, invita a dar vítores al Rey que llega «pobre
y montado en un borrico»: «¡Exulta sin freno, Sión, grita de alegría,
Jerusalén, que viene a ti tu Rey, justo y victorioso!» (Za 9,9).
1 PABLO VI, Exhort. ap. Gaudete in Domino (9 mayo 1975), 22: AAS 67 (1975), 297.
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Pero quizás la invitación más contagiosa sea la del profeta Sofonías, quien
nos muestra al mismo Dios como un centro luminoso de fiesta y de alegría
que quiere comunicar a su pueblo ese gozo salvífico. Me llena de vida releer
este texto: «Tu Dios está en medio de ti, poderoso salvador. Él exulta de
gozo por ti, te renueva con su amor, y baila por ti con gritos de júbilo» (So
3,17). Es la alegría que se vive en medio de las pequeñas cosas de la vida
cotidiana, como respuesta a la afectuosa invitación de nuestro Padre Dios:
«Hijo, en la medida de tus posibilidades trátate bien […] No te prives de
pasar un buen día» (Si 14,11.14). ¡Cuánta ternura paterna se intuye detrás
de estas palabras!
5. El Evangelio, donde deslumbra gloriosa la Cruz de Cristo, invita
insistentemente a la alegría. Bastan algunos ejemplos: «Alégrate» es el
saludo del ángel a María (Lc 1,28). La visita de María a Isabel hace que
Juan salte de alegría en el seno de su madre (cf. Lc 1,41). En su canto
María proclama: «Mi espíritu se estremece de alegría en Dios, mi salvador»
(Lc 1,47). Cuando Jesús comienza su ministerio, Juan exclama: «Ésta es mi
alegría, que ha llegado a su plenitud» (Jn 3,29). Jesús mismo «se llenó de
alegría en el Espíritu Santo» (Lc 10,21). Su mensaje es fuente de gozo: «Os
he dicho estas cosas para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría
sea plena» (Jn 15,11). Nuestra alegría cristiana bebe de la fuente de su
corazón rebosante. Él promete a los discípulos: «Estaréis tristes, pero
vuestra tristeza se convertirá en alegría» (Jn 16,20). E insiste: «Volveré a
veros y se alegrará vuestro corazón, y nadie os podrá quitar vuestra alegría»
(Jn 16,22). Después ellos, al verlo resucitado, «se alegraron» (Jn 20,20). El
libro de los Hechos de los Apóstoles cuenta que en la primera comunidad
«tomaban el alimento con alegría» (2,46). Por donde los discípulos pasaban,
había «una gran alegría» (8,8), y ellos, en medio de la persecución, «se
llenaban de gozo» (13,52). Un eunuco, apenas bautizado, «siguió gozoso su
camino» (8,39), y el carcelero «se alegró con toda su familia por haber
creído en Dios» (16,34). ¿Por qué no entrar también nosotros en ese río de
alegría?
6. Hay cristianos cuya opción parece ser la de una Cuaresma sin Pascua.
Pero reconozco que la alegría no se vive del mismo modo en todas las
etapas y circunstancias de la vida, a veces muy duras. Se adapta y se
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transforma, y siempre permanece al menos como un brote de luz que nace
de la certeza personal de ser infinitamente amado, más allá de todo.
Comprendo a las personas que tienden a la tristeza por las graves
dificultades que tienen que sufrir, pero poco a poco hay que permitir que la
alegría de la fe comience a despertarse, como una secreta pero firme
confianza, aun en medio de las peores angustias: «Me encuentro lejos de la
paz, he olvidado la dicha […] Pero algo traigo a la memoria, algo que me
hace esperar. Que el amor del Señor no se ha acabado, no se ha agotado su
ternura. Mañana tras mañana se renuevan. ¡Grande es su fidelidad! […]
Bueno es esperar en silencio la salvación del Señor» (Lm 3,17.21-23.26).
7. La tentación aparece frecuentemente bajo forma de excusas y reclamos,
como si debieran darse innumerables condiciones para que sea posible la
alegría. Esto suele suceder porque «la sociedad tecnológica ha logrado
multiplicar las ocasiones de placer, pero encuentra muy difícil engendrar la
alegría».2 Puedo decir que los gozos más bellos y espontáneos que he visto
en mis años de vida son los de personas muy pobres que tienen poco a qué
aferrarse. También recuerdo la genuina alegría de aquellos que, aun en
medio de grandes compromisos profesionales, han sabido conservar un
corazón creyente, desprendido y sencillo. De maneras variadas, esas
alegrías beben en la fuente del amor siempre más grande de Dios que se
nos manifestó en Jesucristo. No me cansaré de repetir aquellas palabras de
Benedicto XVI que nos llevan al centro del Evangelio: «No se comienza a ser
cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con
un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida
y, con ello, una orientación decisiva».3
8. Sólo gracias a ese encuentro –o reencuentro– con el amor de Dios, que se
convierte en feliz amistad, somos rescatados de nuestra conciencia aislada
y de la autorreferencialidad. Llegamos a ser plenamente humanos cuando
somos más que humanos, cuando le permitimos a Dios que nos lleve más
allá de nosotros mismos para alcanzar nuestro ser más verdadero. Allí está
el manantial de la acción evangelizadora. Porque, si alguien ha acogido ese
amor que le devuelve el sentido de la vida, ¿cómo puede contener el deseo
2 Ibíd., 8: AAS 67 (1975), 292.
3 Carta enc. Deus caritas est (25 diciembre 2005), 1: AAS 98 (2006), 217.
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de comunicarlo a otros?
II. La dulce y confortadora alegría de evangelizar
9. El bien siempre tiende a comunicarse. Toda experiencia auténtica de
verdad y de belleza busca por sí misma su expansión, y cualquier persona
que viva una profunda liberación adquiere mayor sensibilidad ante las
necesidades de los demás. Comunicándolo, el bien se arraiga y se
desarrolla. Por eso, quien quiera vivir con dignidad y plenitud no tiene otro
camino más que reconocer al otro y buscar su bien. No deberían
asombrarnos entonces algunas expresiones de san Pablo: «El amor de
Cristo nos apremia» (2 Co 5,14); «¡Ay de mí si no anunciara el Evangelio!» (1
Co 9,16).
10. La propuesta es vivir en un nivel superior, pero no con menor
intensidad: «La vida se acrecienta dándola y se debilita en el aislamiento y
la comodidad. De hecho, los que más disfrutan de la vida son los que dejan
la seguridad de la orilla y se apasionan en la misión de comunicar vida a
los demás».4 Cuando la Iglesia convoca a la tarea evangelizadora, no hace
más que indicar a los cristianos el verdadero dinamismo de la realización
personal: «Aquí descubrimos otra ley profunda de la realidad: que la vida se
alcanza y madura a medida que se la entrega para dar vida a los otros. Eso
es en definitiva la misión».5 Por consiguiente, un evangelizador no debería
tener permanentemente cara de funeral. Recobremos y acrecentemos el
fervor, «la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso cuando hay
que sembrar entre lágrimas […] Y ojalá el mundo actual –que busca a veces
con angustia, a veces con esperanza– pueda así recibir la Buena Nueva, no
a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos,
sino a través de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de
quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo».6
4 V CONFERENCIA GENERAL DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO Y DEL CARIBE, Documento de Aparecida,
360.
5 Ibíd.
6 PABLO VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 diciembre 1975), 80: AAS 68 (1976), 75.
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Una eterna novedad
11. Un anuncio renovado ofrece a los creyentes, también a los tibios o no
practicantes, una nueva alegría en la fe y una fecundidad evangelizadora.
En realidad, su centro y esencia es siempre el mismo: el Dios que
manifestó su amor inmenso en Cristo muerto y resucitado. Él hace a sus
fieles siempre nuevos; aunque sean ancianos, «les renovará el vigor,
subirán con alas como de águila, correrán sin fatigarse y andarán sin
cansarse» (Is 40,31). Cristo es el «Evangelio eterno» (Ap 14,6), y es «el
mismo ayer y hoy y para siempre» (Hb 13,8), pero su riqueza y su
hermosura son inagotables. Él es siempre joven y fuente constante de
novedad. La Iglesia no deja de asombrarse por «la profundidad de la
riqueza, de la sabiduría y del conocimiento de Dios» (Rm 11,33). Decía san
Juan de la Cruz: «Esta espesura de sabiduría y ciencia de Dios es tan
profunda e inmensa, que, aunque más el alma sepa de ella, siempre puede
entrar más adentro».7 O bien, como afirmaba san Ireneo: «[Cristo], en su
venida, ha traído consigo toda novedad».8 Él siempre puede, con su
novedad, renovar nuestra vida y nuestra comunidad y, aunque atraviese
épocas oscuras y debilidades eclesiales, la propuesta cristiana nunca
envejece. Jesucristo también puede romper los esquemas aburridos en los
cuales pretendemos encerrarlo y nos sorprende con su constante
creatividad divina. Cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar
la frescura original del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos
creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras
cargadas de renovado significado para el mundo actual. En realidad, toda
auténtica acción evangelizadora es siempre «nueva».
12. Si bien esta misión nos reclama una entrega generosa, sería un error
entenderla como una heroica tarea personal, ya que la obra es ante todo de
Él, más allá de lo que podamos descubrir y entender. Jesús es «el primero y
el más grande evangelizador».9 En cualquier forma de evangelización el
primado es siempre de Dios, que quiso llamarnos a colaborar con Él e
impulsarnos con la fuerza de su Espíritu. La verdadera novedad es la que
7 Cántico espiritual, 36, 10.
8 Adversus haereses, IV, c. 34, n. 1: PG 7, 1083: «Omnem novitatem attulit, semetipsum afferens».
9 PABLO VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 diciembre 1975), 7: AAS 68 (1976), 9.
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Dios mismo misteriosamente quiere producir, la que Él inspira, la que Él
provoca, la que Él orienta y acompaña de mil maneras. En toda la vida de
la Iglesia debe manifestarse siempre que la iniciativa es de Dios, que «Él
nos amó primero» (1 Jn 4,19) y que «es Dios quien hace crecer» (1 Co 3,7).
Esta convicción nos permite conservar la alegría en medio de una tarea tan
exigente y desafiante que toma nuestra vida por entero. Nos pide todo, pero
al mismo tiempo nos ofrece todo.
13. Tampoco deberíamos entender la novedad de esta misión como un
desarraigo, como un olvido de la historia viva que nos acoge y nos lanza
hacia adelante. La memoria es una dimensión de nuestra fe que podríamos
llamar «deuteronómica», en analogía con la memoria de Israel. Jesús nos
deja la Eucaristía como memoria cotidiana de la Iglesia, que nos introduce
cada vez más en la Pascua (cf. Lc 22,19). La alegría evangelizadora siempre
brilla sobre el trasfondo de la memoria agradecida: es una gracia que
necesitamos pedir. Los Apóstoles jamás olvidaron el momento en que Jesús
les tocó el corazón: «Era alrededor de las cuatro de la tarde» (Jn 1,39).
Junto con Jesús, la memoria nos hace presente «una verdadera nube de
testigos» (Hb 12,1). Entre ellos, se destacan algunas personas que
incidieron de manera especial para hacer brotar nuestro gozo creyente:
«Acordaos de aquellos dirigentes que os anunciaron la Palabra de Dios» (Hb
13,7). A veces se trata de personas sencillas y cercanas que nos iniciaron
en la vida de la fe: «Tengo presente la sinceridad de tu fe, esa fe que
tuvieron tu abuela Loide y tu madre Eunice» (2 Tm 1,5). El creyente es
fundamentalmente «memorioso».
III. La nueva evangelización para la transmisión de la fe
14. En la escucha del Espíritu, que nos ayuda a reconocer
comunitariamente los signos de los tiempos, del 7 al 28 de octubre de 2012
se celebró la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos
sobre el tema La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana.
Allí se recordó que la nueva evangelización convoca a todos y se realiza
fundamentalmente en tres ámbitos.10 En primer lugar, mencionemos el
10 Cf. Propositio 7.
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ámbito de la pastoral ordinaria, «animada por el fuego del Espíritu, para
encender los corazones de los fieles que regularmente frecuentan la
comunidad y que se reúnen en el día del Señor para nutrirse de su Palabra
y del Pan de vida eterna».11 También se incluyen en este ámbito los fieles
que conservan una fe católica intensa y sincera, expresándola de diversas
maneras, aunque no participen frecuentemente del culto. Esta pastoral se
orienta al crecimiento de los creyentes, de manera que respondan cada vez
mejor y con toda su vida al amor de Dios.
En segundo lugar, recordemos el ámbito de «las personas bautizadas que
no viven las exigencias del Bautismo»,12 no tienen una pertenencia cordial a
la Iglesia y ya no experimentan el consuelo de la fe. La Iglesia, como madre
siempre atenta, se empeña para que vivan una conversión que les devuelva
la alegría de la fe y el deseo de comprometerse con el Evangelio.
Finalmente, remarquemos que la evangelización está esencialmente
conectada con la proclamación del Evangelio a quienes no conocen a
Jesucristo o siempre lo han rechazado. Muchos de ellos buscan a Dios
secretamente, movidos por la nostalgia de su rostro, aun en países de
antigua tradición cristiana. Todos tienen el derecho de recibir el Evangelio.
Los cristianos tienen el deber de anunciarlo sin excluir a nadie, no como
quien impone una nueva obligación, sino como quien comparte una
alegría, señala un horizonte bello, ofrece un banquete deseable. La Iglesia
no crece por proselitismo sino «por atracción».13
15. Juan Pablo II nos invitó a reconocer que «es necesario mantener viva la
solicitud por el anuncio» a los que están alejados de Cristo, «porque ésta es
la tarea primordial de la Iglesia».14 La actividad misionera «representa aún
hoy día el mayor desafío para la Iglesia»15 y «la causa misionera debe ser la
primera».16 ¿Qué sucedería si nos tomáramos realmente en serio esas
palabras? Simplemente reconoceríamos que la salida misionera es el
paradigma de toda obra de la Iglesia. En esta línea, los Obispos
11 BENEDICTO XVI, Homilía durante la Santa Misa conclusiva de la XIII Asamblea General Ordinaria
del Sínodo de los Obispos (28 octubre 2012): AAS 104 (2012), 890.
12 Ibíd.
13 BENEDICTO XVI, Homilía en la Eucaristía de inauguración de la V Conferencia General del
Episcopado Latinoamericano y del Caribe en el Santuario de «La Aparecida» (13 mayo 2007): AAS
99 (2007), 437.
14 Carta enc. Redemptoris missio (7 diciembre 1990), 34: AAS 83 (1991), 280.
15 Ibíd., 40: AAS 83 (1991), 287.
16 Ibíd., 86: AAS 83 (1991), 333.
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latinoamericanos afirmaron que ya «no podemos quedarnos tranquilos en
espera pasiva en nuestros templos»17 y que hace falta pasar «de una
pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera».18
Esta tarea sigue siendo la fuente de las mayores alegrías para la Iglesia:
«Habrá más gozo en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por
noventa y nueve justos que no necesitan convertirse» (Lc 15,7).
Propuesta y límites de esta Exhortación
16. Acepté con gusto el pedido de los Padres sinodales de redactar esta
Exhortación.19 Al hacerlo, recojo la riqueza de los trabajos del Sínodo.
También he consultado a diversas personas, y procuro además expresar las
preocupaciones que me mueven en este momento concreto de la obra
evangelizadora de la Iglesia. Son innumerables los temas relacionados con
la evangelización en el mundo actual que podrían desarrollarse aquí. Pero
he renunciado a tratar detenidamente esas múltiples cuestiones que deben
ser objeto de estudio y cuidadosa profundización. Tampoco creo que deba
esperarse del magisterio papal una palabra definitiva o completa sobre
todas las cuestiones que afectan a la Iglesia y al mundo. No es conveniente
que el Papa reemplace a los episcopados locales en el discernimiento de
todas las problemáticas que se plantean en sus territorios. En este sentido,
percibo la necesidad de avanzar en una saludable «descentralización».
17. Aquí he optado por proponer algunas líneas que puedan alentar y
orientar en toda la Iglesia una nueva etapa evangelizadora, llena de fervor y
dinamismo. Dentro de ese marco, y en base a la doctrina de la
Constitución dogmática Lumen gentium, decidí, entre otros temas,
detenerme largamente en las siguientes cuestiones:
a) La reforma de la Iglesia en salida misionera.
b) Las tentaciones de los agentes pastorales.
c) La Iglesia entendida como la totalidad del Pueblo de Dios que evangeliza.
d) La homilía y su preparación.
e) La inclusión social de los pobres.
17 V CONFERENCIA GENERAL DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO Y DEL CARIBE, Documento de Aparecida,
548.
18 Ibíd., 370.
19 Cf. Propositio 1.
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f) La paz y el diálogo social.
g) Las motivaciones espirituales para la tarea misionera.
18. Me extendí en esos temas con un desarrollo que quizá podrá pareceros
excesivo. Pero no lo hice con la intención de ofrecer un tratado, sino sólo
para mostrar la importante incidencia práctica de esos asuntos en la tarea
actual de la Iglesia. Todos ellos ayudan a perfilar un determinado estilo
evangelizador que invito a asumir en cualquier actividad que se realice. Y
así, de esta manera, podamos acoger, en medio de nuestro compromiso
diario, la exhortación de la Palabra de Dios: «Alegraos siempre en el Señor.
Os lo repito, ¡alegraos!» (Flp 4,4).
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Capítulo primero
La transformación misionera de la Iglesia
19. La evangelización obedece al mandato misionero de Jesús: «Id y haced
que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del
Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo lo que
os he mandado» (Mt 28,19-20). En estos versículos se presenta el momento
en el cual el Resucitado envía a los suyos a predicar el Evangelio en todo
tiempo y por todas partes, de manera que la fe en Él se difunda en cada
rincón de la tierra.
I. Una Iglesia en salida
20. En la Palabra de Dios aparece permanentemente este dinamismo de
«salida» que Dios quiere provocar en los creyentes. Abraham aceptó el
llamado a salir hacia una tierra nueva (cf. Gn 12,1-3). Moisés escuchó el
llamado de Dios: «Ve, yo te envío» (Ex 3,10), e hizo salir al pueblo hacia la
tierra de la promesa (cf. Ex 3,17). A Jeremías le dijo: «Adondequiera que yo
te envíe irás» (Jr 1,7). Hoy, en este «id» de Jesús, están presentes los
escenarios y los desafíos siempre nuevos de la misión evangelizadora de la
Iglesia, y todos somos llamados a esta nueva «salida» misionera. Cada
cristiano y cada comunidad discernirá cuál es el camino que el Señor le
pide, pero todos somos invitados a aceptar este llamado: salir de la propia
comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz
del Evangelio.
21. La alegría del Evangelio que llena la vida de la comunidad de los
discípulos es una alegría misionera. La experimentan los setenta y dos
discípulos, que regresan de la misión llenos de gozo (cf. Lc 10,17). La vive
Jesús, que se estremece de gozo en el Espíritu Santo y alaba al Padre
porque su revelación alcanza a los pobres y pequeñitos (cf. Lc 10,21). La
sienten llenos de admiración los primeros que se convierten al escuchar
predicar a los Apóstoles «cada uno en su propia lengua» (Hch 2,6) en
Pentecostés. Esa alegría es un signo de que el Evangelio ha sido anunciado
y está dando fruto. Pero siempre tiene la dinámica del éxodo y del don, del
salir de sí, del caminar y sembrar siempre de nuevo, siempre más allá. El
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Señor dice: «Vayamos a otra parte, a predicar también en las poblaciones
vecinas, porque para eso he salido» (Mc 1,38). Cuando está sembrada la
semilla en un lugar, ya no se detiene para explicar mejor o para hacer más
signos allí, sino que el Espíritu lo mueve a salir hacia otros pueblos.
22. La Palabra tiene en sí una potencialidad que no podemos predecir. El
Evangelio habla de una semilla que, una vez sembrada, crece por sí sola
también cuando el agricultor duerme (cf. Mc 4,26-29). La Iglesia debe
aceptar esa libertad inaferrable de la Palabra, que es eficaz a su manera, y
de formas muy diversas que suelen superar nuestras previsiones y romper
nuestros esquemas.
23. La intimidad de la Iglesia con Jesús es una intimidad itinerante, y la
comunión «esencialmente se configura como comunión misionera».20 Fiel al
modelo del Maestro, es vital que hoy la Iglesia salga a anunciar el Evangelio
a todos, en todos los lugares, en todas las ocasiones, sin demoras, sin asco
y sin miedo. La alegría del Evangelio es para todo el pueblo, no puede
excluir a nadie. Así se lo anuncia el ángel a los pastores de Belén: «No
temáis, porque os traigo una Buena Noticia, una gran alegría para todo el
pueblo» (Lc 2,10). El Apocalipsis se refiere a «una Buena Noticia, la eterna,
la que él debía anunciar a los habitantes de la tierra, a toda nación, familia,
lengua y pueblo» (Ap 14,6).
Primerear, involucrarse, acompañar, fructificar y festejar
24. La Iglesia en salida es la comunidad de discípulos misioneros que
primerean, que se involucran, que acompañan, que fructifican y festejan.
«Primerear»: sepan disculpar este neologismo. La comunidad
evangelizadora experimenta que el Señor tomó la iniciativa, la ha
primereado en el amor (cf. 1 Jn 4,10); y, por eso, ella sabe adelantarse,
tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y
llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos. Vive un
deseo inagotable de brindar misericordia, fruto de haber experimentado la
infinita misericordia del Padre y su fuerza difusiva. ¡Atrevámonos un poco
20 JUAN PABLO II, Exhort. ap. postsinodal Christifideles laici (30 diciembre 1988), 32: AAS 81
(1989), 451.
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más a primerear! Como consecuencia, la Iglesia sabe «involucrarse». Jesús
lavó los pies a sus discípulos. El Señor se involucra e involucra a los suyos,
poniéndose de rodillas ante los demás para lavarlos. Pero luego dice a los
discípulos: «Seréis felices si hacéis esto» (Jn 13,17). La comunidad
evangelizadora se mete con obras y gestos en la vida cotidiana de los
demás, achica distancias, se abaja hasta la humillación si es necesario, y
asume la vida humana, tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo.
Los evangelizadores tienen así «olor a oveja» y éstas escuchan su voz.
Luego, la comunidad evangelizadora se dispone a «acompañar». Acompaña
a la humanidad en todos sus procesos, por más duros y prolongados que
sean. Sabe de esperas largas y de aguante apostólico. La evangelización
tiene mucho de paciencia, y evita maltratar límites. Fiel al don del Señor,
también sabe «fructificar». La comunidad evangelizadora siempre está
atenta a los frutos, porque el Señor la quiere fecunda. Cuida el trigo y no
pierde la paz por la cizaña. El sembrador, cuando ve despuntar la cizaña
en medio del trigo, no tiene reacciones quejosas ni alarmistas. Encuentra
la manera de que la Palabra se encarne en una situación concreta y dé
frutos de vida nueva, aunque en apariencia sean imperfectos o inacabados.
El discípulo sabe dar la vida entera y jugarla hasta el martirio como
testimonio de Jesucristo, pero su sueño no es llenarse de enemigos, sino
que la Palabra sea acogida y manifieste su potencia liberadora y
renovadora. Por último, la comunidad evangelizadora gozosa siempre sabe
«festejar». Celebra y festeja cada pequeña victoria, cada paso adelante en la
evangelización. La evangelización gozosa se vuelve belleza en la liturgia en
medio de la exigencia diaria de extender el bien. La Iglesia evangeliza y se
evangeliza a sí misma con la belleza de la liturgia, la cual también es
celebración de la actividad evangelizadora y fuente de un renovado impulso
donativo.
II. Pastoral en conversión
25. No ignoro que hoy los documentos no despiertan el mismo interés que
en otras épocas, y son rápidamente olvidados. No obstante, destaco que lo
que trataré de expresar aquí tiene un sentido programático y
consecuencias importantes. Espero que todas las comunidades procuren
poner los medios necesarios para avanzar en el camino de una conversión
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pastoral y misionera, que no puede dejar las cosas como están. Ya no nos
sirve una «simple administración».21 Constituyámonos en todas las regiones
de la tierra en un «estado permanente de misión».22
26. Pablo VI invitó a ampliar el llamado a la renovación, para expresar con
fuerza que no se dirige sólo a los individuos aislados, sino a la Iglesia
entera. Recordemos este memorable texto que no ha perdido su fuerza
interpelante: «La Iglesia debe profundizar en la conciencia de sí misma,
debe meditar sobre el misterio que le es propio […] De esta iluminada y
operante conciencia brota un espontáneo deseo de comparar la imagen
ideal de la Iglesia -tal como Cristo la vio, la quiso y la amó como Esposa
suya santa e inmaculada (cf. Ef 5,27)- y el rostro real que hoy la Iglesia
presenta […] Brota, por lo tanto, un anhelo generoso y casi impaciente de
renovación, es decir, de enmienda de los defectos que denuncia y refleja la
conciencia, a modo de examen interior, frente al espejo del modelo que
Cristo nos dejó de sí».23
El Concilio Vaticano II presentó la conversión eclesial como la apertura a
una permanente reforma de sí por fidelidad a Jesucristo: «Toda la
renovación de la Iglesia consiste esencialmente en el aumento de la
fidelidad a su vocación […] Cristo llama a la Iglesia peregrinante hacia una
perenne reforma, de la que la Iglesia misma, en cuanto institución humana
y terrena, tiene siempre necesidad».24
Hay estructuras eclesiales que pueden llegar a condicionar un dinamismo
evangelizador; igualmente las buenas estructuras sirven cuando hay una
vida que las anima, las sostiene y las juzga. Sin vida nueva y auténtico
espíritu evangélico, sin «fidelidad de la Iglesia a la propia vocación»,
cualquier estructura nueva se corrompe en poco tiempo.
Una impostergable renovación eclesial
27. Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que
las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura
21 V CONFERENCIA GENERAL DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO Y DEL CARIBE, Documento de Aparecida,
201.
22 Ibíd., 551.
23 PABLO VI, Carta enc. Ecclesiam suam (6 agosto 1964), 3: AAS 56 (1964), 611-612.
24 CONC. ECUM. VAT. II, Decreto Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 6.
– 16 –
eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del
mundo actual más que para la autopreservación. La reforma de
estructuras que exige la conversión pastoral sólo puede entenderse en este
sentido: procurar que todas ellas se vuelvan más misioneras, que la
pastoral ordinaria en todas sus instancias sea más expansiva y abierta,
que coloque a los agentes pastorales en constante actitud de salida y
favorezca así la respuesta positiva de todos aquellos a quienes Jesús
convoca a su amistad. Como decía Juan Pablo II a los Obispos de Oceanía,
«toda renovación en el seno de la Iglesia debe tender a la misión como
objetivo para no caer presa de una especie de introversión eclesial».25
28. La parroquia no es una estructura caduca; precisamente porque tiene
una gran plasticidad, puede tomar formas muy diversas que requieren la
docilidad y la creatividad misionera del Pastor y de la comunidad. Aunque
ciertamente no es la única institución evangelizadora, si es capaz de
reformarse y adaptarse continuamente, seguirá siendo «la misma Iglesia
que vive entre las casas de sus hijos y de sus hijas».26 Esto supone que
realmente esté en contacto con los hogares y con la vida del pueblo, y no se
convierta en una prolija estructura separada de la gente o en un grupo de
selectos que se miran a sí mismos. La parroquia es presencia eclesial en el
territorio, ámbito de la escucha de la Palabra, del crecimiento de la vida
cristiana, del diálogo, del anuncio, de la caridad generosa, de la adoración
y la celebración.27 A través de todas sus actividades, la parroquia alienta y
forma a sus miembros para que sean agentes de evangelización.28 Es
comunidad de comunidades, santuario donde los sedientos van a beber
para seguir caminando, y centro de constante envío misionero. Pero
tenemos que reconocer que el llamado a la revisión y renovación de las
parroquias todavía no ha dado suficientes frutos en orden a que estén
todavía más cerca de la gente, que sean ámbitos de viva comunión y
participación, y se orienten completamente a la misión.
25 JUAN PABLO II, Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in Oceania (22 noviembre 2001), 19: AAS 94
(2002), 390.
26 JUAN PABLO II, Exhort. ap. postsinodal Christifideles laici (30 diciembre 1988), 26: AAS 81
(1989), 438.
27 Cf. Propositio 26.
28 Cf. Propositio 44.
– 17 –
29. Las demás instituciones eclesiales, comunidades de base y pequeñas
comunidades, movimientos y otras formas de asociación, son una riqueza
de la Iglesia que el Espíritu suscita para evangelizar todos los ambientes y
sectores. Muchas veces aportan un nuevo fervor evangelizador y una
capacidad de diálogo con el mundo que renuevan a la Iglesia. Pero es muy
sano que no pierdan el contacto con esa realidad tan rica de la parroquia
del lugar, y que se integren gustosamente en la pastoral orgánica de la
Iglesia particular.29 Esta integración evitará que se queden sólo con una
parte del Evangelio y de la Iglesia, o que se conviertan en nómadas sin
raíces.
30. Cada Iglesia particular, porción de la Iglesia católica bajo la guía de su
obispo, también está llamada a la conversión misionera. Ella es el sujeto
primario de la evangelización,30 ya que es la manifestación concreta de la
única Iglesia en un lugar del mundo, y en ella «verdaderamente está y obra
la Iglesia de Cristo, que es Una, Santa, Católica y Apostólica».31 Es la
Iglesia encarnada en un espacio determinado, provista de todos los medios
de salvación dados por Cristo, pero con un rostro local. Su alegría de
comunicar a Jesucristo se expresa tanto en su preocupación por
anunciarlo en otros lugares más necesitados como en una salida constante
hacia las periferias de su propio territorio o hacia los nuevos ámbitos
socioculturales.32 Procura estar siempre allí donde hace más falta la luz y
la vida del Resucitado.33 En orden a que este impulso misionero sea cada
vez más intenso, generoso y fecundo, exhorto también a cada Iglesia
particular a entrar en un proceso decidido de discernimiento, purificación y
reforma.
31. El obispo siempre debe fomentar la comunión misionera en su Iglesia
diocesana siguiendo el ideal de las primeras comunidades cristianas,
donde los creyentes tenían un solo corazón y una sola alma (cf. Hch 4,32).
Para eso, a veces estará delante para indicar el camino y cuidar la
29 Cf. Propositio 26.
30 Cf. Propositio 41.
31 CONC. ECUM. VAT. II, Decreto Christus Dominus, sobre el oficio pastoral de los Obispos, 11.
32 Cf. BENEDICTO XVI, Discurso a los participantes en un Congreso con ocasión del 40 Aniversario
del Decreto Ad Gentes (11 marzo 2006): AAS 98 (2006), 337.
33 Cf. Propositio 42.
– 18 –
esperanza del pueblo, otras veces estará simplemente en medio de todos
con su cercanía sencilla y misericordiosa, y en ocasiones deberá caminar
detrás del pueblo para ayudar a los rezagados y, sobre todo, porque el
rebaño mismo tiene su olfato para encontrar nuevos caminos. En su
misión de fomentar una comunión dinámica, abierta y misionera, tendrá
que alentar y procurar la maduración de los mecanismos de participación
que propone el Código de Derecho Canónico34 y otras formas de diálogo
pastoral, con el deseo de escuchar a todos y no sólo a algunos que le
acaricien los oídos. Pero el objetivo de estos procesos participativos no será
principalmente la organización eclesial, sino el sueño misionero de llegar a
todos.
32. Dado que estoy llamado a vivir lo que pido a los demás, también debo
pensar en una conversión del papado. Me corresponde, como Obispo de
Roma, estar abierto a las sugerencias que se orienten a un ejercicio de mi
ministerio que lo vuelva más fiel al sentido que Jesucristo quiso darle y a
las necesidades actuales de la evangelización. El Papa Juan Pablo II pidió
que se le ayudara a encontrar «una forma del ejercicio del primado que, sin
renunciar de ningún modo a lo esencial de su misión, se abra a una
situación nueva».35 Hemos avanzado poco en ese sentido. También el
papado y las estructuras centrales de la Iglesia universal necesitan
escuchar el llamado a una conversión pastoral. El Concilio Vaticano II
expresó que, de modo análogo a las antiguas Iglesias patriarcales, las
Conferencias episcopales pueden «desarrollar una obra múltiple y fecunda,
a fin de que el afecto colegial tenga una aplicación concreta».36 Pero este
deseo no se realizó plenamente, por cuanto todavía no se ha explicitado
suficientemente un estatuto de las Conferencias episcopales que las
conciba como sujetos de atribuciones concretas, incluyendo también
alguna auténtica autoridad doctrinal.37 Una excesiva centralización, más
que ayudar, complica la vida de la Iglesia y su dinámica misionera.
33. La pastoral en clave de misión pretende abandonar el cómodo criterio
pastoral del «siempre se ha hecho así». Invito a todos a ser audaces y
34 Cf. cc. 460-468; 492-502; 511-514; 536-537.
35 Carta enc. Ut unum sint (25 mayo 1995), 95: AAS 87 (1995), 977-978.
36 CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 23.
37 Cf. JUAN PABLO II, Motu proprio Apostolos suos (21 mayo 1998): AAS 90 (1998), 641-658.
– 19 –
creativos en esta tarea de repensar los objetivos, las estructuras, el estilo y
los métodos evangelizadores de las propias comunidades. Una postulación
de los fines sin una adecuada búsqueda comunitaria de los medios para
alcanzarlos está condenada a convertirse en mera fantasía. Exhorto a todos
a aplicar con generosidad y valentía las orientaciones de este documento,
sin prohibiciones ni miedos. Lo importante es no caminar solos, contar
siempre con los hermanos y especialmente con la guía de los obispos, en
un sabio y realista discernimiento pastoral.
III. Desde el corazón del Evangelio
34. Si pretendemos poner todo en clave misionera, esto también vale para
el modo de comunicar el mensaje. En el mundo de hoy, con la velocidad de
las comunicaciones y la selección interesada de contenidos que realizan los
medios, el mensaje que anunciamos corre más que nunca el riesgo de
aparecer mutilado y reducido a algunos de sus aspectos secundarios. De
ahí que algunas cuestiones que forman parte de la enseñanza moral de la
Iglesia queden fuera del contexto que les da sentido. El problema mayor se
produce cuando el mensaje que anunciamos aparece entonces identificado
con esos aspectos secundarios que, sin dejar de ser importantes, por sí
solos no manifiestan el corazón del mensaje de Jesucristo. Entonces
conviene ser realistas y no dar por supuesto que nuestros interlocutores
conocen el trasfondo completo de lo que decimos o que pueden conectar
nuestro discurso con el núcleo esencial del Evangelio que le otorga sentido,
hermosura y atractivo.
35. Una pastoral en clave misionera no se obsesiona por la transmisión
desarticulada de una multitud de doctrinas que se intenta imponer a
fuerza de insistencia. Cuando se asume un objetivo pastoral y un estilo
misionero, que realmente llegue a todos sin excepciones ni exclusiones, el
anuncio se concentra en lo esencial, que es lo más bello, lo más grande, lo
más atractivo y al mismo tiempo lo más necesario. La propuesta se
simplifica, sin perder por ello profundidad y verdad, y así se vuelve más
contundente y radiante.
– 20 –
36. Todas las verdades reveladas proceden de la misma fuente divina y son
creídas con la misma fe, pero algunas de ellas son más importantes por
expresar más directamente el corazón del Evangelio. En este núcleo
fundamental lo que resplandece es la belleza del amor salvífico de Dios
manifestado en Jesucristo muerto y resucitado. En este sentido, el Concilio
Vaticano II explicó que «hay un orden o “jerarquía” en las verdades en la
doctrina católica, por ser diversa su conexión con el fundamento de la fe
cristiana».38 Esto vale tanto para los dogmas de fe como para el conjunto de
las enseñanzas de la Iglesia, e incluso para la enseñanza moral.
37. Santo Tomás de Aquino enseñaba que en el mensaje moral de la Iglesia
también hay una jerarquía, en las virtudes y en los actos que de ellas
proceden.39 Allí lo que cuenta es ante todo «la fe que se hace activa por la
caridad» (Ga 5,6). Las obras de amor al prójimo son la manifestación
externa más perfecta de la gracia interior del Espíritu: «La principalidad de
la ley nueva está en la gracia del Espíritu Santo, que se manifiesta en la fe
que obra por el amor».40 Por ello explica que, en cuanto al obrar exterior, la
misericordia es la mayor de todas las virtudes: «En sí misma la
misericordia es la más grande de las virtudes, ya que a ella pertenece
volcarse en otros y, más aún, socorrer sus deficiencias. Esto es peculiar del
superior, y por eso se tiene como propio de Dios tener misericordia, en la
cual resplandece su omnipotencia de modo máximo».41
38. Es importante sacar las consecuencias pastorales de la enseñanza
conciliar, que recoge una antigua convicción de la Iglesia. Ante todo hay
que decir que en el anuncio del Evangelio es necesario que haya una
adecuada proporción. Ésta se advierte en la frecuencia con la cual se
mencionan algunos temas y en los acentos que se ponen en la predicación.
Por ejemplo, si un párroco a lo largo de un año litúrgico habla diez veces
sobre la templanza y sólo dos o tres veces sobre la caridad o la justicia, se
38 CONC. ECUM. VAT. II, Decreto Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 11.
39 Cf. Summa Theologiae I-II, q. 66, art. 4-6.
40 Summa Theologiae I-II, q. 108, art. 1.
41 Summa Theologiae II-II, q. 30, art. 4. Cf. ibíd. q. 30, art. 4, ad 1: «No adoramos a Dios con
sacrificios y dones exteriores por Él mismo, sino por nosotros y por el prójimo. Él no necesita
nuestros sacrificios, pero quiere que se los ofrezcamos por nuestra devoción y para la utilidad del
prójimo. Por eso, la misericordia, que socorre los defectos ajenos, es el sacrificio que más le
agrada, ya que causa más de cerca la utilidad del prójimo».
– 21 –
produce una desproporción donde las que se ensombrecen son
precisamente aquellas virtudes que deberían estar más presentes en la
predicación y en la catequesis. Lo mismo sucede cuando se habla más de
la ley que de la gracia, más de la Iglesia que de Jesucristo, más del Papa
que de la Palabra de Dios.
39. Así como la organicidad entre las virtudes impide excluir alguna de
ellas del ideal cristiano, ninguna verdad es negada. No hay que mutilar la
integralidad del mensaje del Evangelio. Es más, cada verdad se comprende
mejor si se la pone en relación con la armoniosa totalidad del mensaje
cristiano, y en ese contexto todas las verdades tienen su importancia y se
iluminan unas a otras. Cuando la predicación es fiel al Evangelio, se
manifiesta con claridad la centralidad de algunas verdades y queda claro
que la predicación moral cristiana no es una ética estoica, es más que una
ascesis, no es una mera filosofía práctica ni un catálogo de pecados y
errores. El Evangelio invita ante todo a responder al Dios amante que nos
salva, reconociéndolo en los demás y saliendo de nosotros mismos para
buscar el bien de todos. ¡Esa invitación en ninguna circunstancia se debe
ensombrecer! Todas las virtudes están al servicio de esta respuesta de
amor. Si esa invitación no brilla con fuerza y atractivo, el edificio moral de
la Iglesia corre el riesgo de convertirse en un castillo de naipes, y allí está
nuestro peor peligro. Porque no será propiamente el Evangelio lo que se
anuncie, sino algunos acentos doctrinales o morales que proceden de
determinadas opciones ideológicas. El mensaje correrá el riesgo de perder
su frescura y dejará de tener «olor a Evangelio».
IV. La misión que se encarna en los límites humanos
40. La Iglesia, que es discípula misionera, necesita crecer en su
interpretación de la Palabra revelada y en su comprensión de la verdad. La
tarea de los exégetas y de los teólogos ayuda a «madurar el juicio de la
Iglesia».42 De otro modo también lo hacen las demás ciencias. Refiriéndose
a las ciencias sociales, por ejemplo, Juan Pablo II ha dicho que la Iglesia
presta atención a sus aportes «para sacar indicaciones concretas que le
42 CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre la divina Revelación, 12.
– 22 –
ayuden a desempeñar su misión de Magisterio».43 Además, en el seno de la
Iglesia hay innumerables cuestiones acerca de las cuales se investiga y se
reflexiona con amplia libertad. Las distintas líneas de pensamiento
filosófico, teológico y pastoral, si se dejan armonizar por el Espíritu en el
respeto y el amor, también pueden hacer crecer a la Iglesia, ya que ayudan
a explicitar mejor el riquísimo tesoro de la Palabra. A quienes sueñan con
una doctrina monolítica defendida por todos sin matices, esto puede
parecerles una imperfecta dispersión. Pero la realidad es que esa variedad
ayuda a que se manifiesten y desarrollen mejor los diversos aspectos de la
inagotable riqueza del Evangelio.44
41. Al mismo tiempo, los enormes y veloces cambios culturales requieren
que prestemos una constante atención para intentar expresar las verdades
de siempre en un lenguaje que permita advertir su permanente novedad.
Pues en el depósito de la doctrina cristiana «una cosa es la substancia […]
y otra la manera de formular su expresión».45 A veces, escuchando un
lenguaje completamente ortodoxo, lo que los fieles reciben, debido al
lenguaje que ellos utilizan y comprenden, es algo que no responde al
verdadero Evangelio de Jesucristo. Con la santa intención de comunicarles
la verdad sobre Dios y sobre el ser humano, en algunas ocasiones les
damos un falso dios o un ideal humano que no es verdaderamente
cristiano. De ese modo, somos fieles a una formulación, pero no
entregamos la substancia. Ése es el riesgo más grave. Recordemos que «la
expresión de la verdad puede ser multiforme, y la renovación de las formas
de expresión se hace necesaria para transmitir al hombre de hoy el
mensaje evangélico en su inmutable significado».46
43 JUAN PABLO II, Motu proprio Socialium Scientiarum (1 enero 1994): AAS 86 (1994), 209.
44 Santo Tomás de Aquino remarcaba que la multiplicidad y la variedad «proviene de la intención
del primer agente», quien quiso que «lo que faltaba a cada cosa para representar la bondad divina,
fuera suplido por las otras», porque su bondad «no podría representarse convenientemente por
una sola criatura» (Summa Theologiae I, q. 47, art. 1). Por eso nosotros necesitamos captar la
variedad de las cosas en sus múltiples relaciones (cf. Summa Theologiae I, q. 47, art. 2, ad 1; q.
47, art. 3). Por razones análogas, necesitamos escucharnos unos a otros y complementarnos en
nuestra captación parcial de la realidad y del Evangelio.
45 JUAN XXIII, Discurso en la solemne apertura del Concilio Vaticano II (11 octubre 1962): AAS 54
(1962), 792: «Est enim aliud ipsum depositum fidei, seu veritates, quae veneranda doctrina nostra
continentur, aliud modus, quo eaedem enuntiantur».
46 JUAN PABLO II, Carta enc. Ut unum sint (25 mayo 1995), 19: AAS 87 (1995), 933.
– 23 –
42. Esto tiene una gran incidencia en el anuncio del Evangelio si de verdad
tenemos el propósito de que su belleza pueda ser mejor percibida y acogida
por todos. De cualquier modo, nunca podremos convertir las enseñanzas
de la Iglesia en algo fácilmente comprendido y felizmente valorado por
todos. La fe siempre conserva un aspecto de cruz, alguna oscuridad que no
le quita la firmeza de su adhesión. Hay cosas que sólo se comprenden y
valoran desde esa adhesión que es hermana del amor, más allá de la
claridad con que puedan percibirse las razones y argumentos. Por ello,
cabe recordar que todo adoctrinamiento ha de situarse en la actitud
evangelizadora que despierte la adhesión del corazón con la cercanía, el
amor y el testimonio.
43. En su constante discernimiento, la Iglesia también puede llegar a
reconocer costumbres propias no directamente ligadas al núcleo del
Evangelio, algunas muy arraigadas a lo largo de la historia, que hoy ya no
son interpretadas de la misma manera y cuyo mensaje no suele ser
percibido adecuadamente. Pueden ser bellas, pero ahora no prestan el
mismo servicio en orden a la transmisión del Evangelio. No tengamos
miedo de revisarlas. Del mismo modo, hay normas o preceptos eclesiales
que pueden haber sido muy eficaces en otras épocas pero que ya no tienen
la misma fuerza educativa como cauces de vida. Santo Tomás de Aquino
destacaba que los preceptos dados por Cristo y los Apóstoles al Pueblo de
Dios «son poquísimos».47 Citando a san Agustín, advertía que los preceptos
añadidos por la Iglesia posteriormente deben exigirse con moderación «para
no hacer pesada la vida a los fieles» y convertir nuestra religión en una
esclavitud, cuando «la misericordia de Dios quiso que fuera libre».48 Esta
advertencia, hecha varios siglos atrás, tiene una tremenda actualidad.
Debería ser uno de los criterios a considerar a la hora de pensar una
reforma de la Iglesia y de su predicación que permita realmente llegar a
todos.
44. Por otra parte, tanto los Pastores como todos los fieles que acompañen
a sus hermanos en la fe o en un camino de apertura a Dios, no pueden
olvidar lo que con tanta claridad enseña el Catecismo de la Iglesia católica:
47 Summa Theologiae I-II, q. 107, art. 4.
48 Ibíd.
– 24 –
«La imputabilidad y la responsabilidad de una acción pueden quedar
disminuidas e incluso suprimidas a causa de la ignorancia, la
inadvertencia, la violencia, el temor, los hábitos, los afectos desordenados y
otros factores psíquicos o sociales».49
Por lo tanto, sin disminuir el valor del ideal evangélico, hay que acompañar
con misericordia y paciencia las etapas posibles de crecimiento de las
personas que se van construyendo día a día.50 A los sacerdotes les
recuerdo que el confesionario no debe ser una sala de torturas sino el lugar
de la misericordia del Señor que nos estimula a hacer el bien posible. Un
pequeño paso, en medio de grandes límites humanos, puede ser más
agradable a Dios que la vida exteriormente correcta de quien transcurre
sus días sin enfrentar importantes dificultades. A todos debe llegar el
consuelo y el estímulo del amor salvífico de Dios, que obra misteriosamente
en cada persona, más allá de sus defectos y caídas.
45. Vemos así que la tarea evangelizadora se mueve entre los límites del
lenguaje y de las circunstancias. Procura siempre comunicar mejor la
verdad del Evangelio en un contexto determinado, sin renunciar a la
verdad, al bien y a la luz que pueda aportar cuando la perfección no es
posible. Un corazón misionero sabe de esos límites y se hace «débil con los
débiles […] todo para todos» (1 Co 9,22). Nunca se encierra, nunca se
repliega en sus seguridades, nunca opta por la rigidez autodefensiva. Sabe
que él mismo tiene que crecer en la comprensión del Evangelio y en el
discernimiento de los senderos del Espíritu, y entonces no renuncia al bien
posible, aunque corra el riesgo de mancharse con el barro del camino.
V. Una madre de corazón abierto
46. La Iglesia «en salida» es una Iglesia con las puertas abiertas. Salir hacia
los demás para llegar a las periferias humanas no implica correr hacia el
mundo sin rumbo y sin sentido. Muchas veces es más bien detener el paso,
dejar de lado la ansiedad para mirar a los ojos y escuchar, o renunciar a
las urgencias para acompañar al que se quedó al costado del camino. A
49 N. 1735.
50 Cf. JUAN PABLO II, Exhort. ap. postsinodal Familiaris consortio (22 noviembre 1981), 34: AAS 74
(1982), 123.
– 25 –
veces es como el padre del hijo pródigo, que se queda con las puertas
abiertas para que, cuando regrese, pueda entrar sin dificultad.
47. La Iglesia está llamada a ser siempre la casa abierta del Padre. Uno de
los signos concretos de esa apertura es tener templos con las puertas
abiertas en todas partes. De ese modo, si alguien quiere seguir una moción
del Espíritu y se acerca buscando a Dios, no se encontrará con la frialdad
de unas puertas cerradas. Pero hay otras puertas que tampoco se deben
cerrar. Todos pueden participar de alguna manera en la vida eclesial, todos
pueden integrar la comunidad, y tampoco las puertas de los sacramentos
deberían cerrarse por una razón cualquiera. Esto vale sobre todo cuando se
trata de ese sacramento que es «la puerta», el Bautismo. La Eucaristía, si
bien constituye la plenitud de la vida sacramental, no es un premio para
los perfectos sino un generoso remedio y un alimento para los débiles.51
Estas convicciones también tienen consecuencias pastorales que estamos
llamados a considerar con prudencia y audacia. A menudo nos
comportamos como controladores de la gracia y no como facilitadores. Pero
la Iglesia no es una aduana, es la casa paterna donde hay lugar para cada
uno con su vida a cuestas.
48. Si la Iglesia entera asume este dinamismo misionero, debe llegar a
todos, sin excepciones. Pero ¿a quiénes debería privilegiar? Cuando uno lee
el Evangelio, se encuentra con una orientación contundente: no tanto a los
amigos y vecinos ricos sino sobre todo a los pobres y enfermos, a esos que
suelen ser despreciados y olvidados, a aquellos que «no tienen con qué
recompensarte» (Lc 14,14). No deben quedar dudas ni caben explicaciones
que debiliten este mensaje tan claro. Hoy y siempre, «los pobres son los
destinatarios privilegiados del Evangelio»,52 y la evangelización dirigida
gratuitamente a ellos es signo del Reino que Jesús vino a traer. Hay que
51 Cf. SAN AMBROSIO, De Sacramentis, IV, 6, 28: PL 16, 464: «Tengo que recibirle siempre, para que
siempre perdone mis pecados. Si peco continuamente, he de tener siempre un remedio»; ibíd., IV,
5, 24: PL 16, 463: «El que comió el maná murió; el que coma de este cuerpo obtendrá el perdón de
sus pecados»; SAN CIRILO DE ALEJANDRÍA, In Joh. Evang. IV, 2: PG 73, 584-585: «Me he examinado y
me he reconocido indigno. A los que así hablan les digo: ¿y cuándo seréis dignos? ¿Cuándo os
presentaréis entonces ante Cristo? Y si vuestros pecados os impiden acercaros y si nunca vais a
dejar de caer –¿quién conoce sus delitos?, dice el salmo–, ¿os quedaréis sin participar de la
santificación que vivifica para la eternidad?».
52 BENEDICTO XVI, Discurso durante el encuentro con el Episcopado brasileño en la Catedral de San
Pablo, Brasil (11 mayo 2007), 3: AAS 99 (2007), 428.
– 26 –
decir sin vueltas que existe un vínculo inseparable entre nuestra fe y los
pobres. Nunca los dejemos solos.
49. Salgamos, salgamos a ofrecer a todos la vida de Jesucristo. Repito aquí
para toda la Iglesia lo que muchas veces he dicho a los sacerdotes y laicos
de Buenos Aires: prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por
salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la
comodidad de aferrarse a las propias seguridades. No quiero una Iglesia
preocupada por ser el centro y que termine clausurada en una maraña de
obsesiones y procedimientos. Si algo debe inquietarnos santamente y
preocupar nuestra conciencia, es que tantos hermanos nuestros vivan sin
la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo, sin una
comunidad de fe que los contenga, sin un horizonte de sentido y de vida.
Más que el temor a equivocarnos, espero que nos mueva el temor a
encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las
normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos
sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y
Jesús nos repite sin cansarse: «¡Dadles vosotros de comer!» (Mc 6,37).
– 27 –
Capítulo segundo
En la crisis del compromiso comunitario
50. Antes de hablar acerca de algunas cuestiones fundamentales
relacionadas con la acción evangelizadora, conviene recordar brevemente
cuál es el contexto en el cual nos toca vivir y actuar. Hoy suele hablarse de
un «exceso de diagnóstico» que no siempre está acompañado de propuestas
superadoras y realmente aplicables. Por otra parte, tampoco nos serviría
una mirada puramente sociológica, que podría tener pretensiones de
abarcar toda la realidad con su metodología de una manera supuestamente
neutra y aséptica. Lo que quiero ofrecer va más bien en la línea de un
discernimiento evangélico. Es la mirada del discípulo misionero, que se
«alimenta a la luz y con la fuerza del Espíritu Santo».53
51. No es función del Papa ofrecer un análisis detallado y completo sobre la
realidad contemporánea, pero aliento a todas las comunidades a una
«siempre vigilante capacidad de estudiar los signos de los tiempos».54 Se
trata de una responsabilidad grave, ya que algunas realidades del presente,
si no son bien resueltas, pueden desencadenar procesos de
deshumanización difíciles de revertir más adelante. Es preciso esclarecer
aquello que pueda ser un fruto del Reino y también aquello que atenta
contra el proyecto de Dios. Esto implica no sólo reconocer e interpretar las
mociones del buen espíritu y del malo, sino –y aquí radica lo decisivo–
elegir las del buen espíritu y rechazar las del malo. Doy por supuestos los
diversos análisis que ofrecieron otros documentos del Magisterio universal,
así como los que han propuesto los episcopados regionales y nacionales.
En esta Exhortación sólo pretendo detenerme brevemente, con una mirada
pastoral, en algunos aspectos de la realidad que pueden detener o debilitar
los dinamismos de renovación misionera de la Iglesia, sea porque afectan a
la vida y a la dignidad del Pueblo de Dios, sea porque inciden también en
los sujetos que participan de un modo más directo en las instituciones
eclesiales y en tareas evangelizadoras.
53 JUAN PABLO II, Exhort. ap. postsinodal Pastores dabo vobis (25 marzo 1992), 10: AAS 84 (1992),
673.
54 PABLO VI, Carta enc. Ecclesiam suam (6 agosto 1964), 19: AAS 56 (1964), 632.
– 28 –
I. Algunos desafíos del mundo actual
52. La humanidad vive en este momento un giro histórico, que podemos
ver en los adelantos que se producen en diversos campos. Son de alabar
los avances que contribuyen al bienestar de la gente, como, por ejemplo, en
el ámbito de la salud, de la educación y de la comunicación. Sin embargo,
no podemos olvidar que la mayoría de los hombres y mujeres de nuestro
tiempo vive precariamente el día a día, con consecuencias funestas.
Algunas patologías van en aumento. El miedo y la desesperación se
apoderan del corazón de numerosas personas, incluso en los llamados
países ricos. La alegría de vivir frecuentemente se apaga, la falta de respeto
y la violencia crecen, la inequidad es cada vez más patente. Hay que luchar
para vivir y, a menudo, para vivir con poca dignidad. Este cambio de época
se ha generado por los enormes saltos cualitativos, cuantitativos,
acelerados y acumulativos que se dan en el desarrollo científico, en las
innovaciones tecnológicas y en sus veloces aplicaciones en distintos
campos de la naturaleza y de la vida. Estamos en la era del conocimiento y
la información, fuente de nuevas formas de un poder muchas veces
anónimo.
No a una economía de la exclusión
53. Así como el mandamiento de «no matar» pone un límite claro para
asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir «no a una
economía de la exclusión y la inequidad». Esa economía mata. No puede
ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y
que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No se
puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre.
Eso es inequidad. Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de
la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil. Como
consecuencia de esta situación, grandes masas de la población se ven
excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida. Se
considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se
puede usar y luego tirar. Hemos dado inicio a la cultura del «descarte» que,
además, se promueve. Ya no se trata simplemente del fenómeno de la
– 29 –
explotación y de la opresión, sino de algo nuevo: con la exclusión queda
afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive,
pues ya no se está en ella abajo, en la periferia, o sin poder, sino que se
está fuera. Los excluidos no son «explotados» sino desechos, «sobrantes».
54. En este contexto, algunos todavía defienden las teorías del «derrame»,
que suponen que todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de
mercado, logra provocar por sí mismo mayor equidad e inclusión social en
el mundo. Esta opinión, que jamás ha sido confirmada por los hechos,
expresa una confianza burda e ingenua en la bondad de quienes detentan
el poder económico y en los mecanismos sacralizados del sistema
económico imperante. Mientras tanto, los excluidos siguen esperando. Para
poder sostener un estilo de vida que excluye a otros, o para poder
entusiasmarse con ese ideal egoísta, se ha desarrollado una globalización
de la indiferencia. Casi sin advertirlo, nos volvemos incapaces de
compadecernos ante los clamores de los otros, ya no lloramos ante el
drama de los demás ni nos interesa cuidarlos, como si todo fuera una
responsabilidad ajena que no nos incumbe. La cultura del bienestar nos
anestesia y perdemos la calma si el mercado ofrece algo que todavía no
hemos comprado, mientras todas esas vidas truncadas por falta de
posibilidades nos parecen un mero espectáculo que de ninguna manera
nos altera.
No a la nueva idolatría del dinero
55. Una de las causas de esta situación se encuentra en la relación que
hemos establecido con el dinero, ya que aceptamos pacíficamente su
predominio sobre nosotros y nuestras sociedades. La crisis financiera que
atravesamos nos hace olvidar que en su origen hay una profunda crisis
antropológica: ¡la negación de la primacía del ser humano! Hemos creado
nuevos ídolos. La adoración del antiguo becerro de oro (cf. Ex 32,1-35) ha
encontrado una versión nueva y despiadada en el fetichismo del dinero y
en la dictadura de la economía sin un rostro y sin un objetivo
verdaderamente humano. La crisis mundial que afecta a las finanzas y a la
economía pone de manifiesto sus desequilibrios y, sobre todo, la grave
– 30 –
carencia de su orientación antropológica que reduce al ser humano a una
sola de sus necesidades: el consumo.
56. Mientras las ganancias de unos pocos crecen exponencialmente, las de
la mayoría se quedan cada vez más lejos del bienestar de esa minoría feliz.
Este desequilibrio proviene de ideologías que defienden la autonomía
absoluta de los mercados y la especulación financiera. De ahí que nieguen
el derecho de control de los Estados, encargados de velar por el bien
común. Se instaura una nueva tiranía invisible, a veces virtual, que
impone, de forma unilateral e implacable, sus leyes y sus reglas. Además,
la deuda y sus intereses alejan a los países de las posibilidades viables de
su economía y a los ciudadanos de su poder adquisitivo real. A todo ello se
añade una corrupción ramificada y una evasión fiscal egoísta, que han
asumido dimensiones mundiales. El afán de poder y de tener no conoce
límites. En este sistema, que tiende a fagocitarlo todo en orden a
acrecentar beneficios, cualquier cosa que sea frágil, como el medio
ambiente, queda indefensa ante los intereses del mercado divinizado,
convertidos en regla absoluta.
No a un dinero que gobierna en lugar de servir
57. Tras esta actitud se esconde el rechazo de la ética y el rechazo de Dios.
La ética suele ser mirada con cierto desprecio burlón. Se considera
contraproducente, demasiado humana, porque relativiza el dinero y el
poder. Se la siente como una amenaza, pues condena la manipulación y la
degradación de la persona. En definitiva, la ética lleva a un Dios que espera
una respuesta comprometida que está fuera de las categorías del mercado.
Para éstas, si son absolutizadas, Dios es incontrolable, inmanejable,
incluso peligroso, por llamar al ser humano a su plena realización y a la
independencia de cualquier tipo de esclavitud. La ética –una ética no
ideologizada– permite crear un equilibrio y un orden social más humano.
En este sentido, animo a los expertos financieros y a los gobernantes de los
países a considerar las palabras de un sabio de la antigüedad: «No
– 31 –
compartir con los pobres los propios bienes es robarles y quitarles la vida.
No son nuestros los bienes que tenemos, sino suyos».55
58. Una reforma financiera que no ignore la ética requeriría un cambio de
actitud enérgico por parte de los dirigentes políticos, a quienes exhorto a
afrontar este reto con determinación y visión de futuro, sin ignorar, por
supuesto, la especificidad de cada contexto. ¡El dinero debe servir y no
gobernar! El Papa ama a todos, ricos y pobres, pero tiene la obligación, en
nombre de Cristo, de recordar que los ricos deben ayudar a los pobres,
respetarlos, promocionarlos. Os exhorto a la solidaridad desinteresada y a
una vuelta de la economía y las finanzas a una ética en favor del ser
humano.
No a la inequidad que genera violencia
59. Hoy en muchas partes se reclama mayor seguridad. Pero hasta que no
se reviertan la exclusión y la inequidad dentro de una sociedad y entre los
distintos pueblos será imposible erradicar la violencia. Se acusa de la
violencia a los pobres y a los pueblos pobres pero, sin igualdad de
oportunidades, las diversas formas de agresión y de guerra encontrarán un
caldo de cultivo que tarde o temprano provocará su explosión. Cuando la
sociedad –local, nacional o mundial– abandona en la periferia una parte de
sí misma, no habrá programas políticos ni recursos policiales o de
inteligencia que puedan asegurar indefinidamente la tranquilidad. Esto no
sucede solamente porque la inequidad provoca la reacción violenta de los
excluidos del sistema, sino porque el sistema social y económico es injusto
en su raíz. Así como el bien tiende a comunicarse, el mal consentido, que
es la injusticia, tiende a expandir su potencia dañina y a socavar
silenciosamente las bases de cualquier sistema político y social por más
sólido que parezca. Si cada acción tiene consecuencias, un mal enquistado
en las estructuras de una sociedad tiene siempre un potencial de
disolución y de muerte. Es el mal cristalizado en estructuras sociales
injustas, a partir del cual no puede esperarse un futuro mejor. Estamos
lejos del llamado «fin de la historia», ya que las condiciones de un
55 SAN JUAN CRISÓSTOMO, De Lazaro Concio II, 6: PG 48, 992D.
– 32 –
desarrollo sostenible y en paz todavía no están adecuadamente planteadas
y realizadas.
60. Los mecanismos de la economía actual promueven una exacerbación
del consumo, pero resulta que el consumismo desenfrenado unido a la
inequidad es doblemente dañino del tejido social. Así la inequidad genera
tarde o temprano una violencia que las carreras armamentistas no
resuelven ni resolverán jamás. Sólo sirven para pretender engañar a los
que reclaman mayor seguridad, como si hoy no supiéramos que las armas
y la represión violenta, más que aportar soluciones, crean nuevos y peores
conflictos. Algunos simplemente se regodean culpando a los pobres y a los
países pobres de sus propios males, con indebidas generalizaciones, y
pretenden encontrar la solución en una «educación» que los tranquilice y
los convierta en seres domesticados e inofensivos. Esto se vuelve todavía
más irritante si los excluidos ven crecer ese cáncer social que es la
corrupción profundamente arraigada en muchos países –en sus gobiernos,
empresarios e instituciones– cualquiera que sea la ideología política de los
gobernantes.
Algunos desafíos culturales
61. Evangelizamos también cuando tratamos de afrontar los diversos
desafíos que puedan presentarse.56 A veces éstos se manifiestan en
verdaderos ataques a la libertad religiosa o en nuevas situaciones de
persecución a los cristianos, las cuales en algunos países han alcanzado
niveles alarmantes de odio y violencia. En muchos lugares se trata más
bien de una difusa indiferencia relativista, relacionada con el desencanto y
la crisis de las ideologías que se provocó como reacción contra todo lo que
parezca totalitario. Esto no perjudica sólo a la Iglesia, sino a la vida social
en general. Reconozcamos que una cultura, en la cual cada uno quiere ser
el portador de una propia verdad subjetiva, vuelve difícil que los
ciudadanos deseen integrar un proyecto común más allá de los beneficios y
deseos personales.
56 Cf. Propositio 13.
– 33 –
62. En la cultura predominante, el primer lugar está ocupado por lo
exterior, lo inmediato, lo visible, lo rápido, lo superficial, lo provisorio. Lo
real cede el lugar a la apariencia. En muchos países, la globalización ha
significado un acelerado deterioro de las raíces culturales con la invasión
de tendencias pertenecientes a otras culturas, económicamente
desarrolladas pero éticamente debilitadas. Así lo han manifestado en
distintos Sínodos los Obispos de varios continentes. Los Obispos africanos,
por ejemplo, retomando la Encíclica Sollicitudo rei socialis, señalaron años
atrás que muchas veces se quiere convertir a los países de África en
simples «piezas de un mecanismo y de un engranaje gigantesco. Esto
sucede a menudo en el campo de los medios de comunicación social, los
cuales, al estar dirigidos mayormente por centros de la parte Norte del
mundo, no siempre tienen en la debida consideración las prioridades y los
problemas propios de estos países, ni respetan su fisonomía cultural».57
Igualmente, los Obispos de Asia «subrayaron los influjos que desde el
exterior se ejercen sobre las culturas asiáticas. Están apareciendo nuevas
formas de conducta, que son resultado de una excesiva exposición a los
medios de comunicación social […] Eso tiene como consecuencia que los
aspectos negativos de las industrias de los medios de comunicación y de
entretenimiento ponen en peligro los valores tradicionales».58
63. La fe católica de muchos pueblos se enfrenta hoy con el desafío de la
proliferación de nuevos movimientos religiosos, algunos tendientes al
fundamentalismo y otros que parecen proponer una espiritualidad sin
Dios. Esto es, por una parte, el resultado de una reacción humana frente a
la sociedad materialista, consumista e individualista y, por otra parte, un
aprovechamiento de las carencias de la población que vive en las periferias
y zonas empobrecidas, que sobrevive en medio de grandes dolores
humanos y busca soluciones inmediatas para sus necesidades. Estos
movimientos religiosos, que se caracterizan por su sutil penetración, vienen
a llenar, dentro del individualismo imperante, un vacío dejado por el
racionalismo secularista. Además, es necesario que reconozcamos que, si
parte de nuestro pueblo bautizado no experimenta su pertenencia a la
57 JUAN PABLO II, Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in Africa (14 septiembre 1995), 52: AAS 88
(1996), 32-33; ID., Carta enc. Sollicitudo rei socialis (30 diciembre 1987), 22: AAS 80 (1988), 539.
58 JUAN PABLO II, Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in Asia (6 noviembre 1999), 7: AAS 92 (2000),
458.
– 34 –
Iglesia, se debe también a la existencia de unas estructuras y a un clima
poco acogedores en algunas de nuestras parroquias y comunidades, o a
una actitud burocrática para dar respuesta a los problemas, simples o
complejos, de la vida de nuestros pueblos. En muchas partes hay un
predominio de lo administrativo sobre lo pastoral, así como una
sacramentalización sin otras formas de evangelización.
64. El proceso de secularización tiende a reducir la fe y la Iglesia al ámbito
de lo privado y de lo íntimo. Además, al negar toda trascendencia, ha
producido una creciente deformación ética, un debilitamiento del sentido
del pecado personal y social y un progresivo aumento del relativismo, que
ocasionan una desorientación generalizada, especialmente en la etapa de la
adolescencia y la juventud, tan vulnerable a los cambios. Como bien
indican los Obispos de Estados Unidos de América, mientras la Iglesia
insiste en la existencia de normas morales objetivas, válidas para todos,
«hay quienes presentan esta enseñanza como injusta, esto es, como
opuesta a los derechos humanos básicos. Tales alegatos suelen provenir de
una forma de relativismo moral que está unida, no sin inconsistencia, a
una creencia en los derechos absolutos de los individuos. En este punto de
vista se percibe a la Iglesia como si promoviera un prejuicio particular y
como si interfiriera con la libertad individual».59 Vivimos en una sociedad
de la información que nos satura indiscriminadamente de datos, todos en
el mismo nivel, y termina llevándonos a una tremenda superficialidad a la
hora de plantear las cuestiones morales. Por consiguiente, se vuelve
necesaria una educación que enseñe a pensar críticamente y que ofrezca
un camino de maduración en valores.
65. A pesar de toda la corriente secularista que invade las sociedades, en
muchos países -aun donde el cristianismo es minoría- la Iglesia católica es
una institución creíble ante la opinión pública, confiable en lo que respecta
al ámbito de la solidaridad y de la preocupación por los más carenciados.
En repetidas ocasiones ha servido de mediadora en favor de la solución de
problemas que afectan a la paz, la concordia, la tierra, la defensa de la
vida, los derechos humanos y ciudadanos, etc. ¡Y cuánto aportan las
59 UNITED STATES CONFERENCE OF CATHOLIC BISHOPS, Ministry to Persons with a Homosexual
Inclination: Guidelines for Pastoral Care (2006), 17.
– 35 –
escuelas y universidades católicas en todo el mundo! Es muy bueno que
así sea. Pero nos cuesta mostrar que, cuando planteamos otras cuestiones
que despiertan menor aceptación pública, lo hacemos por fidelidad a las
mismas convicciones sobre la dignidad humana y el bien común.
66. La familia atraviesa una crisis cultural profunda, como todas las
comunidades y vínculos sociales. En el caso de la familia, la fragilidad de
los vínculos se vuelve especialmente grave porque se trata de la célula
básica de la sociedad, el lugar donde se aprende a convivir en la diferencia
y a pertenecer a otros y donde los padres transmiten la fe a sus hijos. El
matrimonio tiende a ser visto como una mera forma de gratificación
afectiva que puede constituirse de cualquier manera y modificarse de
acuerdo con la sensibilidad de cada uno. Pero el aporte indispensable del
matrimonio a la sociedad supera el nivel de la emotividad y el de las
necesidades circunstanciales de la pareja. Como enseñan los Obispos
franceses, no procede «del sentimiento amoroso, efímero por definición,
sino de la profundidad del compromiso asumido por los esposos que
aceptan entrar en una unión de vida total».60
67. El individualismo posmoderno y globalizado favorece un estilo de vida
que debilita el desarrollo y la estabilidad de los vínculos entre las personas,
y que desnaturaliza los vínculos familiares. La acción pastoral debe
mostrar mejor todavía que la relación con nuestro Padre exige y alienta una
comunión que sane, promueva y afiance los vínculos interpersonales.
Mientras en el mundo, especialmente en algunos países, reaparecen
diversas formas de guerras y enfrentamientos, los cristianos insistimos en
nuestra propuesta de reconocer al otro, de sanar las heridas, de construir
puentes, de estrechar lazos y de ayudarnos «mutuamente a llevar las
cargas» (Ga 6,2). Por otra parte, hoy surgen muchas formas de asociación
para la defensa de derechos y para la consecución de nobles objetivos. Así
se manifiesta una sed de participación de numerosos ciudadanos que
quieren ser constructores del desarrollo social y cultural.
Desafíos de la inculturación de la fe
60 CONFÉRENCE DES ÉVÊQUES DE FRANCE. Conseil Famille et Société, Elargir le mariage aux
personnes de même sexe? Ouvrons le débat! (28 septiembre 2012).
– 36 –
68. El substrato cristiano de algunos pueblos –sobre todo occidentales– es
una realidad viva. Allí encontramos, especialmente en los más necesitados,
una reserva moral que guarda valores de auténtico humanismo cristiano.
Una mirada de fe sobre la realidad no puede dejar de reconocer lo que
siembra el Espíritu Santo. Sería desconfiar de su acción libre y generosa
pensar que no hay auténticos valores cristianos donde una gran parte de la
población ha recibido el Bautismo y expresa su fe y su solidaridad fraterna
de múltiples maneras. Allí hay que reconocer mucho más que unas
«semillas del Verbo», ya que se trata de una auténtica fe católica con modos
propios de expresión y de pertenencia a la Iglesia. No conviene ignorar la
tremenda importancia que tiene una cultura marcada por la fe, porque esa
cultura evangelizada, más allá de sus límites, tiene muchos más recursos
que una mera suma de creyentes frente a los embates del secularismo
actual. Una cultura popular evangelizada contiene valores de fe y de
solidaridad que pueden provocar el desarrollo de una sociedad más justa y
creyente, y posee una sabiduría peculiar que hay que saber reconocer con
una mirada agradecida.
69. Es imperiosa la necesidad de evangelizar las culturas para inculturar el
Evangelio. En los países de tradición católica se tratará de acompañar,
cuidar y fortalecer la riqueza que ya existe, y en los países de otras
tradiciones religiosas o profundamente secularizados se tratará de procurar
nuevos procesos de evangelización de la cultura, aunque supongan
proyectos a muy largo plazo. No podemos, sin embargo, desconocer que
siempre hay un llamado al crecimiento. Toda cultura y todo grupo social
necesitan purificación y maduración. En el caso de las culturas populares
de pueblos católicos, podemos reconocer algunas debilidades que todavía
deben ser sanadas por el Evangelio: el machismo, el alcoholismo, la
violencia doméstica, una escasa participación en la Eucaristía, creencias
fatalistas o supersticiosas que hacen recurrir a la brujería, etc. Pero es
precisamente la piedad popular el mejor punto de partida para sanarlas y
liberarlas.
70. También es cierto que a veces el acento, más que en el impulso de la
piedad cristiana, se coloca en formas exteriores de tradiciones de ciertos
– 37 –
grupos, o en supuestas revelaciones privadas que se absolutizan. Hay
cierto cristianismo de devociones, propio de una vivencia individual y
sentimental de la fe, que en realidad no responde a una auténtica «piedad
popular». Algunos promueven estas expresiones sin preocuparse por la
promoción social y la formación de los fieles, y en ciertos casos lo hacen
para obtener beneficios económicos o algún poder sobre los demás.
Tampoco podemos ignorar que en las últimas décadas se ha producido una
ruptura en la transmisión generacional de la fe cristiana en el pueblo
católico. Es innegable que muchos se sienten desencantados y dejan de
identificarse con la tradición católica, que son más los padres que no
bautizan a sus hijos y no les enseñan a rezar, y que hay un cierto éxodo
hacia otras comunidades de fe. Algunas causas de esta ruptura son: la
falta de espacios de diálogo familiar, la influencia de los medios de
comunicación, el subjetivismo relativista, el consumismo desenfrenado que
alienta el mercado, la falta de acompañamiento pastoral a los más pobres,
la ausencia de una acogida cordial en nuestras instituciones, y nuestra
dificultad para recrear la adhesión mística de la fe en un escenario religioso
plural.
Desafíos de las culturas urbanas
71. La nueva Jerusalén, la Ciudad santa (cf. Ap 21,2-4), es el destino hacia
donde peregrina toda la humanidad. Es llamativo que la revelación nos
diga que la plenitud de la humanidad y de la historia se realiza en una
ciudad. Necesitamos reconocer la ciudad desde una mirada contemplativa,
esto es, una mirada de fe que descubra al Dios que habita en sus hogares,
en sus calles, en sus plazas. La presencia de Dios acompaña las búsquedas
sinceras que personas y grupos realizan para encontrar apoyo y sentido a
sus vidas. Él vive entre los ciudadanos promoviendo la solidaridad, la
fraternidad, el deseo de bien, de verdad, de justicia. Esa presencia no debe
ser fabricada sino descubierta, develada. Dios no se oculta a aquellos que
lo buscan con un corazón sincero, aunque lo hagan a tientas, de manera
imprecisa y difusa.
72. En la ciudad, lo religioso está mediado por diferentes estilos de vida,
por costumbres asociadas a un sentido de lo temporal, de lo territorial y de
– 38 –
las relaciones, que difiere del estilo de los habitantes rurales. En sus vidas
cotidianas los ciudadanos muchas veces luchan por sobrevivir, y en esas
luchas se esconde un sentido profundo de la existencia que suele entrañar
también un hondo sentido religioso. Necesitamos contemplarlo para lograr
un diálogo como el que el Señor desarrolló con la samaritana, junto al
pozo, donde ella buscaba saciar su sed (cf. Jn 4,7-26).
73. Nuevas culturas continúan gestándose en estas enormes geografías
humanas en las que el cristiano ya no suele ser promotor o generador de
sentido, sino que recibe de ellas otros lenguajes, símbolos, mensajes y
paradigmas que ofrecen nuevas orientaciones de vida, frecuentemente en
contraste con el Evangelio de Jesús. Una cultura inédita late y se elabora
en la ciudad. El Sínodo ha constatado que hoy las transformaciones de
esas grandes áreas y la cultura que expresan son un lugar privilegiado de
la nueva evangelización.61 Esto requiere imaginar espacios de oración y de
comunión con características novedosas, más atractivas y significativas
para los habitantes urbanos. Los ambientes rurales, por la influencia de
los medios de comunicación de masas, no están ajenos a estas
transformaciones culturales que también operan cambios significativos en
sus modos de vida.
74. Se impone una evangelización que ilumine los nuevos modos de
relación con Dios, con los otros y con el espacio, y que suscite los valores
fundamentales. Es necesario llegar allí donde se gestan los nuevos relatos y
paradigmas, alcanzar con la Palabra de Jesús los núcleos más profundos
del alma de las ciudades. No hay que olvidar que la ciudad es un ámbito
multicultural. En las grandes urbes puede observarse un entramado en el
que grupos de personas comparten las mismas formas de soñar la vida y
similares imaginarios y se constituyen en nuevos sectores humanos, en
territorios culturales, en ciudades invisibles. Variadas formas culturales
conviven de hecho, pero ejercen muchas veces prácticas de segregación y
de violencia. La Iglesia está llamada a ser servidora de un difícil diálogo.
Por otra parte, aunque hay ciudadanos que consiguen los medios
adecuados para el desarrollo de la vida personal y familiar, son
61 Cf. Propositio 25.
– 39 –
muchísimos los «no ciudadanos», los «ciudadanos a medias» o los
«sobrantes urbanos». La ciudad produce una suerte de permanente
ambivalencia, porque, al mismo tiempo que ofrece a sus ciudadanos
infinitas posibilidades, también aparecen numerosas dificultades para el
pleno desarrollo de la vida de muchos. Esta contradicción provoca
sufrimientos lacerantes. En muchos lugares del mundo, las ciudades son
escenarios de protestas masivas donde miles de habitantes reclaman
libertad, participación, justicia y diversas reivindicaciones que, si no son
adecuadamente interpretadas, no podrán acallarse por la fuerza.
75. No podemos ignorar que en las ciudades fácilmente se desarrollan el
tráfico de drogas y de personas, el abuso y la explotación de menores, el
abandono de ancianos y enfermos, varias formas de corrupción y de
crimen. Al mismo tiempo, lo que podría ser un precioso espacio de
encuentro y solidaridad, frecuentemente se convierte en el lugar de la
huida y de la desconfianza mutua. Las casas y los barrios se construyen
más para aislar y proteger que para conectar e integrar. La proclamación
del Evangelio será una base para restaurar la dignidad de la vida humana
en esos contextos, porque Jesús quiere derramar en las ciudades vida en
abundancia (cf. Jn 10,10). El sentido unitario y completo de la vida
humana que propone el Evangelio es el mejor remedio para los males
urbanos, aunque debamos advertir que un programa y un estilo uniforme e
inflexible de evangelización no son aptos para esta realidad. Pero vivir a
fondo lo humano e introducirse en el corazón de los desafíos como
fermento testimonial, en cualquier cultura, en cualquier ciudad, mejora al
cristiano y fecunda la ciudad.
II. Tentaciones de los agentes pastorales
76. Siento una enorme gratitud por la tarea de todos los que trabajan en la
Iglesia. No quiero detenerme ahora a exponer las actividades de los
diversos agentes pastorales, desde los obispos hasta el más sencillo y
desconocido de los servicios eclesiales. Me gustaría más bien reflexionar
acerca de los desafíos que todos ellos enfrentan en medio de la actual
cultura globalizada. Pero tengo que decir, en primer lugar y como deber de
justicia, que el aporte de la Iglesia en el mundo actual es enorme. Nuestro
– 40 –
dolor y nuestra vergüenza por los pecados de algunos miembros de la
Iglesia, y por los propios, no deben hacer olvidar cuántos cristianos dan la
vida por amor: ayudan a tanta gente a curarse o a morir en paz en
precarios hospitales, o acompañan personas esclavizadas por diversas
adicciones en los lugares más pobres de la tierra, o se desgastan en la
educación de niños y jóvenes, o cuidan ancianos abandonados por todos, o
tratan de comunicar valores en ambientes hostiles, o se entregan de
muchas otras maneras que muestran ese inmenso amor a la humanidad
que nos ha inspirado el Dios hecho hombre. Agradezco el hermoso ejemplo
que me dan tantos cristianos que ofrecen su vida y su tiempo con alegría.
Ese testimonio me hace mucho bien y me sostiene en mi propio deseo de
superar el egoísmo para entregarme más.
77. No obstante, como hijos de esta época, todos nos vemos afectados de
algún modo por la cultura globalizada actual que, sin dejar de mostrarnos
valores y nuevas posibilidades, también puede limitarnos, condicionarnos e
incluso enfermarnos. Reconozco que necesitamos crear espacios
motivadores y sanadores para los agentes pastorales, «lugares donde
regenerar la propia fe en Jesús crucificado y resucitado, donde compartir
las propias preguntas más profundas y las preocupaciones cotidianas,
donde discernir en profundidad con criterios evangélicos sobre la propia
existencia y experiencia, con la finalidad de orientar al bien y a la belleza
las propias elecciones individuales y sociales».62 Al mismo tiempo, quiero
llamar la atención sobre algunas tentaciones que particularmente hoy
afectan a los agentes pastorales.
Sí al desafío de una espiritualidad misionera
78. Hoy se puede advertir en muchos agentes pastorales, incluso en
personas consagradas, una preocupación exacerbada por los espacios
personales de autonomía y de distensión, que lleva a vivir las tareas como
un mero apéndice de la vida, como si no fueran parte de la propia
identidad. Al mismo tiempo, la vida espiritual se confunde con algunos
momentos religiosos que brindan cierto alivio pero que no alimentan el
62 AZIONE CATTOLICA ITALIANA, Messaggio della XIV Assemblea Nazionale alla Chiesa ed al Paese (8
mayo 2011).
– 41 –
encuentro con los demás, el compromiso en el mundo, la pasión
evangelizadora. Así, pueden advertirse en muchos agentes evangelizadores,
aunque oren, una acentuación del individualismo, una crisis de identidad y
una caída del fervor. Son tres males que se alimentan entre sí.
79. La cultura mediática y algunos ambientes intelectuales a veces
transmiten una marcada desconfianza hacia el mensaje de la Iglesia, y un
cierto desencanto. Como consecuencia, aunque recen, muchos agentes
pastorales desarrollan una especie de complejo de inferioridad que les lleva
a relativizar u ocultar su identidad cristiana y sus convicciones. Se produce
entonces un círculo vicioso, porque así no son felices con lo que son y con
lo que hacen, no se sienten identificados con su misión evangelizadora, y
esto debilita la entrega. Terminan ahogando su alegría misionera en una
especie de obsesión por ser como todos y por tener lo que poseen los
demás. Así, las tareas evangelizadoras se vuelven forzadas y se dedican a
ellas pocos esfuerzos y un tiempo muy limitado.
80. Se desarrolla en los agentes pastorales, más allá del estilo espiritual o
la línea de pensamiento que puedan tener, un relativismo todavía más
peligroso que el doctrinal. Tiene que ver con las opciones más profundas y
sinceras que determinan una forma de vida. Este relativismo práctico es
actuar como si Dios no existiera, decidir como si los pobres no existieran,
soñar como si los demás no existieran, trabajar como si quienes no
recibieron el anuncio no existieran. Llama la atención que aun quienes
aparentemente poseen sólidas convicciones doctrinales y espirituales
suelen caer en un estilo de vida que los lleva a aferrarse a seguridades
económicas, o a espacios de poder y de gloria humana que se procuran por
cualquier medio, en lugar de dar la vida por los demás en la misión. ¡No
nos dejemos robar el entusiasmo misionero!
No a la acedia egoísta
81. Cuando más necesitamos un dinamismo misionero que lleve sal y luz
al mundo, muchos laicos sienten el temor de que alguien les invite a
realizar alguna tarea apostólica, y tratan de escapar de cualquier
compromiso que les pueda quitar su tiempo libre. Hoy se ha vuelto muy
– 42 –
difícil, por ejemplo, conseguir catequistas capacitados para las parroquias
y que perseveren en la tarea durante varios años. Pero algo semejante
sucede con los sacerdotes, que cuidan con obsesión su tiempo personal.
Esto frecuentemente se debe a que las personas necesitan imperiosamente
preservar sus espacios de autonomía, como si una tarea evangelizadora
fuera un veneno peligroso y no una alegre respuesta al amor de Dios que
nos convoca a la misión y nos vuelve plenos y fecundos. Algunos se
resisten a probar hasta el fondo el gusto de la misión y quedan sumidos en
una acedia paralizante.
82. El problema no es siempre el exceso de actividades, sino sobre todo las
actividades mal vividas, sin las motivaciones adecuadas, sin una
espiritualidad que impregne la acción y la haga deseable. De ahí que las
tareas cansen más de lo razonable, y a veces enfermen. No se trata de un
cansancio feliz, sino tenso, pesado, insatisfecho y, en definitiva, no
aceptado. Esta acedia pastoral puede tener diversos orígenes. Algunos caen
en ella por sostener proyectos irrealizables y no vivir con ganas lo que
buenamente podrían hacer. Otros, por no aceptar la costosa evolución de
los procesos y querer que todo caiga del cielo. Otros, por apegarse a
algunos proyectos o a sueños de éxitos imaginados por su vanidad. Otros,
por perder el contacto real con el pueblo, en una despersonalización de la
pastoral que lleva a prestar más atención a la organización que a las
personas, y entonces les entusiasma más la «hoja de ruta» que la ruta
misma. Otros caen en la acedia por no saber esperar y querer dominar el
ritmo de la vida. El inmediatismo ansioso de estos tiempos hace que los
agentes pastorales no toleren fácilmente lo que signifique alguna
contradicción, un aparente fracaso, una crítica, una cruz.
83. Así se gesta la mayor amenaza, que «es el gris pragmatismo de la vida
cotidiana de la Iglesia en el cual aparentemente todo procede con
normalidad, pero en realidad la fe se va desgastando y degenerando en
mezquindad».63 Se desarrolla la psicología de la tumba, que poco a poco
convierte a los cristianos en momias de museo. Desilusionados con la
63 J. RATZINGER, Situación actual de la fe y la teología. Conferencia pronunciada en el Encuentro de
Presidentes de Comisiones Episcopales de América Latina para la doctrina de la fe, celebrado en
Guadalajara, México, 1996, publicada en L’Osservatore Romano, 1 noviembre 1996. Cf. V
CONFERENCIA GENERAL DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO Y DEL CARIBE, Documento de Aparecida, 12.
– 43 –
realidad, con la Iglesia o consigo mismos, viven la constante tentación de
apegarse a una tristeza dulzona, sin esperanza, que se apodera del corazón
como «el más preciado de los elixires del demonio».64 Llamados a iluminar y
a comunicar vida, finalmente se dejan cautivar por cosas que sólo generan
oscuridad y cansancio interior, y que apolillan el dinamismo apostólico. Por
todo esto me permito insistir: ¡No nos dejemos robar la alegría
evangelizadora!
No al pesimismo estéril
84. La alegría del Evangelio es esa que nada ni nadie nos podrá quitar (cf.
Jn 16,22). Los males de nuestro mundo –y los de la Iglesia– no deberían ser
excusas para reducir nuestra entrega y nuestro fervor. Mirémoslos como
desafíos para crecer. Además, la mirada creyente es capaz de reconocer la
luz que siempre derrama el Espíritu Santo en medio de la oscuridad, sin
olvidar que «donde abundó el pecado sobreabundó la gracia» (Rm 5,20).
Nuestra fe es desafiada a vislumbrar el vino en que puede convertirse el
agua y a descubrir el trigo que crece en medio de la cizaña. A cincuenta
años del Concilio Vaticano II, aunque nos duelan las miserias de nuestra
época y estemos lejos de optimismos ingenuos, el mayor realismo no debe
significar menor confianza en el Espíritu ni menor generosidad. En ese
sentido, podemos volver a escuchar las palabras del beato Juan XXIII en
aquella admirable jornada del 11 de octubre de 1962: «Llegan, a veces, a
nuestros oídos, hiriéndolos, ciertas insinuaciones de algunas personas que,
aun en su celo ardiente, carecen del sentido de la discreción y de la
medida. Ellas no ven en los tiempos modernos sino prevaricación y ruina
[…] Nos parece justo disentir de tales profetas de calamidades, avezados a
anunciar siempre infaustos acontecimientos, como si el fin de los tiempos
estuviese inminente. En el presente momento histórico, la Providencia nos
está llevando a un nuevo orden de relaciones humanas que, por obra
misma de los hombres pero más aún por encima de sus mismas
intenciones, se encaminan al cumplimiento de planes superiores e
64 G. BERNANOS, Journal d’un curé de campagne, Paris 1974, 135.
– 44 –
inesperados; pues todo, aun las humanas adversidades, aquélla lo dispone
para mayor bien de la Iglesia».65
85. Una de las tentaciones más serias que ahogan el fervor y la audacia es
la conciencia de derrota que nos convierte en pesimistas quejosos y
desencantados con cara de vinagre. Nadie puede emprender una lucha si
de antemano no confía plenamente en el triunfo. El que comienza sin
confiar perdió de antemano la mitad de la batalla y entierra sus talentos.
Aun con la dolorosa conciencia de las propias fragilidades, hay que seguir
adelante sin declararse vencidos, y recordar lo que el Señor dijo a san
Pablo: «Te basta mi gracia, porque mi fuerza se manifiesta en la debilidad»
(2 Co 12,9). El triunfo cristiano es siempre una cruz, pero una cruz que al
mismo tiempo es bandera de victoria, que se lleva con una ternura
combativa ante los embates del mal. El mal espíritu de la derrota es
hermano de la tentación de separar antes de tiempo el trigo de la cizaña,
producto de una desconfianza ansiosa y egocéntrica.
86. Es cierto que en algunos lugares se produjo una «desertificación»
espiritual, fruto del proyecto de sociedades que quieren construirse sin
Dios o que destruyen sus raíces cristianas. Allí «el mundo cristiano se está
haciendo estéril, y se agota como una tierra sobreexplotada, que se
convierte en arena».66 En otros países, la resistencia violenta al
cristianismo obliga a los cristianos a vivir su fe casi a escondidas en el país
que aman. Ésta es otra forma muy dolorosa de desierto. También la propia
familia o el propio lugar de trabajo puede ser ese ambiente árido donde hay
que conservar la fe y tratar de irradiarla. Pero «precisamente a partir de la
experiencia de este desierto, de este vacío, es como podemos descubrir
nuevamente la alegría de creer, su importancia vital para nosotros,
hombres y mujeres. En el desierto se vuelve a descubrir el valor de lo que
es esencial para vivir; así, en el mundo contemporáneo, son muchos los
signos de la sed de Dios, del sentido último de la vida, a menudo
manifestados de forma implícita o negativa. Y en el desierto se necesitan
sobre todo personas de fe que, con su propia vida, indiquen el camino
65 JUAN XXIII, Discurso de apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II (11 octubre 1962), 4, 2-4:
AAS 54 (1962), 789.
66 J. H. NEWMAN, Letter of 26 January 1833, en The Letters and Diaries of John Henry Newman, III,
Oxford 1979, 204.
– 45 –
hacia la Tierra prometida y de esta forma mantengan viva la esperanza».67
En todo caso, allí estamos llamados a ser personas-cántaros para dar de
beber a los demás. A veces el cántaro se convierte en una pesada cruz, pero
fue precisamente en la cruz donde, traspasado, el Señor se nos entregó
como fuente de agua viva. ¡No nos dejemos robar la esperanza!
Sí a las relaciones nuevas que genera Jesucristo
87. Hoy, que las redes y los instrumentos de la comunicación humana han
alcanzado desarrollos inauditos, sentimos el desafío de descubrir y
transmitir la mística de vivir juntos, de mezclarnos, de encontrarnos, de
tomarnos de los brazos, de apoyarnos, de participar de esa marea algo
caótica que puede convertirse en una verdadera experiencia de fraternidad,
en una caravana solidaria, en una santa peregrinación. De este modo, las
mayores posibilidades de comunicación se traducirán en más posibilidades
de encuentro y de solidaridad entre todos. Si pudiéramos seguir ese
camino, ¡sería algo tan bueno, tan sanador, tan liberador, tan
esperanzador! Salir de sí mismo para unirse a otros hace bien. Encerrarse
en sí mismo es probar el amargo veneno de la inmanencia, y la humanidad
saldrá perdiendo con cada opción egoísta que hagamos.
88. El ideal cristiano siempre invitará a superar la sospecha, la
desconfianza permanente, el temor a ser invadidos, las actitudes defensivas
que nos impone el mundo actual. Muchos tratan de escapar de los demás
hacia la privacidad cómoda o hacia el reducido círculo de los más íntimos,
y renuncian al realismo de la dimensión social del Evangelio. Porque, así
como algunos quisieran un Cristo puramente espiritual, sin carne y sin
cruz, también se pretenden relaciones interpersonales sólo mediadas por
aparatos sofisticados, por pantallas y sistemas que se puedan encender y
apagar a voluntad. Mientras tanto, el Evangelio nos invita siempre a correr
el riesgo del encuentro con el rostro del otro, con su presencia física que
interpela, con su dolor y sus reclamos, con su alegría que contagia en un
constante cuerpo a cuerpo. La verdadera fe en el Hijo de Dios hecho carne
es inseparable del don de sí, de la pertenencia a la comunidad, del servicio,
67 BENEDICTO XVI, Homilía durante la Santa Misa de apertura del Año de la Fe (11 octubre 2012):
AAS 104 (2012), 881.
– 46 –
de la reconciliación con la carne de los otros. El Hijo de Dios, en su
encarnación, nos invitó a la revolución de la ternura.
89. El aislamiento, que es una traducción del inmanentismo, puede
expresarse en una falsa autonomía que excluye a Dios, pero puede también
encontrar en lo religioso una forma de consumismo espiritual a la medida
de su individualismo enfermizo. La vuelta a lo sagrado y las búsquedas
espirituales que caracterizan a nuestra época son fenómenos ambiguos.
Más que el ateísmo, hoy se nos plantea el desafío de responder
adecuadamente a la sed de Dios de mucha gente, para que no busquen
apagarla en propuestas alienantes o en un Jesucristo sin carne y sin
compromiso con el otro. Si no encuentran en la Iglesia una espiritualidad
que los sane, los libere, los llene de vida y de paz al mismo tiempo que los
convoque a la comunión solidaria y a la fecundidad misionera, terminarán
engañados por propuestas que no humanizan ni dan gloria a Dios.
90. Las formas propias de la religiosidad popular son encarnadas, porque
han brotado de la encarnación de la fe cristiana en una cultura popular.
Por eso mismo incluyen una relación personal, no con energías
armonizadoras sino con Dios, Jesucristo, María, un santo. Tienen carne,
tienen rostros. Son aptas para alimentar potencialidades relacionales y no
tanto fugas individualistas. En otros sectores de nuestras sociedades crece
el aprecio por diversas formas de «espiritualidad del bienestar» sin
comunidad, por una «teología de la prosperidad» sin compromisos fraternos
o por experiencias subjetivas sin rostros, que se reducen a una búsqueda
interior inmanentista.
91. Un desafío importante es mostrar que la solución nunca consistirá en
escapar de una relación personal y comprometida con Dios que al mismo
tiempo nos comprometa con los otros. Eso es lo que hoy sucede cuando los
creyentes procuran esconderse y quitarse de encima a los demás, y cuando
sutilmente escapan de un lugar a otro o de una tarea a otra, quedándose
sin vínculos profundos y estables: «Imaginatio locorum et mutatio multos
fefellit».68 Es un falso remedio que enferma el corazón, y a veces el cuerpo.
68 TOMÁS DE KEMPIS, De Imitatione Christi, Liber Primus, IX, 5: «La imaginación y mudanza de
lugares engañó a muchos».
– 47 –
Hace falta ayudar a reconocer que el único camino consiste en aprender a
encontrarse con los demás con la actitud adecuada, que es valorarlos y
aceptarlos como compañeros de camino, sin resistencias internas. Mejor
todavía, se trata de aprender a descubrir a Jesús en el rostro de los demás,
en su voz, en sus reclamos. También es aprender a sufrir en un abrazo con
Jesús crucificado cuando recibimos agresiones injustas o ingratitudes, sin
cansarnos jamás de optar por la fraternidad.69
92. Allí está la verdadera sanación, ya que el modo de relacionarnos con los
demás que realmente nos sana en lugar de enfermarnos es una fraternidad
mística, contemplativa, que sabe mirar la grandeza sagrada del prójimo,
que sabe descubrir a Dios en cada ser humano, que sabe tolerar las
molestias de la convivencia aferrándose al amor de Dios, que sabe abrir el
corazón al amor divino para buscar la felicidad de los demás como la busca
su Padre bueno. Precisamente en esta época, y también allí donde son un
«pequeño rebaño» (Lc 12,32), los discípulos del Señor son llamados a vivir
como comunidad que sea sal de la tierra y luz del mundo (cf. Mt 5,13-16).
Son llamados a dar testimonio de una pertenencia evangelizadora de
manera siempre nueva.70 ¡No nos dejemos robar la comunidad!
No a la mundanidad espiritual
93. La mundanidad espiritual, que se esconde detrás de apariencias de
religiosidad e incluso de amor a la Iglesia, es buscar, en lugar de la gloria
del Señor, la gloria humana y el bienestar personal. Es lo que el Señor
reprochaba a los fariseos: «¿Cómo es posible que creáis, vosotros que os
glorificáis unos a otros y no os preocupáis por la gloria que sólo viene de
69 Vale el testimonio de Santa Teresa de Lisieux, en su trato con aquella hermana que le resultaba
particularmente desagradable, donde una experiencia interior tuvo un impacto decisivo: «Una
tarde de invierno estaba yo cumpliendo, como de costumbre, mi dulce tarea para con la hermana
Saint-Pierre. Hacía frío, anochecía… De pronto, oí a lo lejos el sonido armonioso de un
instrumento musical. Entonces me imaginé un salón muy bien iluminado, todo resplandeciente
de ricos dorados; y en él, señoritas elegantemente vestidas, prodigándose mutuamente cumplidos
y cortesías mundanas. Luego posé la mirada en la pobre enferma, a quien yo sostenía. En lugar
de una melodía, escuchaba de vez en cuando sus gemidos lastimeros […] Yo no puedo expresar lo
que pasó en mi alma. Lo único que sé es que el Señor la iluminó con los rayos de la verdad, los
cuales sobrepasaban de tal modo el brillo tenebroso de las fiestas de la tierra, que no podía creer
en mi felicidad» (SANTA TERESA DE LISIEUX, Manuscrito C, 29 vº-30 rº, en Oeuvres complètes, Paris
1992, 274-275).
70 Cf. Propositio 8.
– 48 –
Dios?» (Jn 5,44). Es un modo sutil de buscar «sus propios intereses y no los
de Cristo Jesús» (Flp 2,21). Toma muchas formas, de acuerdo con el tipo de
personas y con los estamentos en los que se enquista. Por estar
relacionada con el cuidado de la apariencia, no siempre se conecta con
pecados públicos, y por fuera todo parece correcto. Pero, si invadiera la
Iglesia, «sería infinitamente más desastrosa que cualquiera otra
mundanidad simplemente moral».71
94. Esta mundanidad puede alimentarse especialmente de dos maneras
profundamente emparentadas. Una es la fascinación del gnosticismo, una
fe encerrada en el subjetivismo, donde sólo interesa una determinada
experiencia o una serie de razonamientos y conocimientos que
supuestamente reconfortan e iluminan, pero en definitiva el sujeto queda
clausurado en la inmanencia de su propia razón o de sus sentimientos. La
otra es el neopelagianismo autorreferencial y prometeico de quienes en el
fondo sólo confían en sus propias fuerzas y se sienten superiores a otros
por cumplir determinadas normas o por ser inquebrantablemente fieles a
cierto estilo católico propio del pasado. Es una supuesta seguridad
doctrinal o disciplinaria que da lugar a un elitismo narcisista y autoritario,
donde en lugar de evangelizar lo que se hace es analizar y clasificar a los
demás, y en lugar de facilitar el acceso a la gracia se gastan las energías en
controlar. En los dos casos, ni Jesucristo ni los demás interesan
verdaderamente. Son manifestaciones de un inmanentismo
antropocéntrico. No es posible imaginar que de estas formas desvirtuadas
de cristianismo pueda brotar un auténtico dinamismo evangelizador.
95. Esta oscura mundanidad se manifiesta en muchas actitudes
aparentemente opuestas pero con la misma pretensión de «dominar el
espacio de la Iglesia». En algunos hay un cuidado ostentoso de la liturgia,
de la doctrina y del prestigio de la Iglesia, pero sin preocuparles que el
Evangelio tenga una real inserción en el Pueblo fiel de Dios y en las
necesidades concretas de la historia. Así, la vida de la Iglesia se convierte
en una pieza de museo o en una posesión de pocos. En otros, la misma
mundanidad espiritual se esconde detrás de una fascinación por mostrar
71 H. DE LUBAC, Méditation sur l’Église, Paris 1968, 231.
– 49 –
conquistas sociales y políticas, o en una vanagloria ligada a la gestión de
asuntos prácticos, o en un embeleso por las dinámicas de autoayuda y de
realización autorreferencial. También puede traducirse en diversas formas
de mostrarse a sí mismo en una densa vida social llena de salidas,
reuniones, cenas, recepciones. O bien se despliega en un funcionalismo
empresarial, cargado de estadísticas, planificaciones y evaluaciones, donde
el principal beneficiario no es el Pueblo de Dios sino la Iglesia como
organización. En todos los casos, no lleva el sello de Cristo
encarnado, crucificado y resucitado, se encierra en grupos elitistas, no sale
realmente a buscar a los perdidos ni a las inmensas multitudes sedientas
de Cristo. Ya no hay fervor evangélico, sino el disfrute espurio de una
autocomplacencia egocéntrica.
96. En este contexto, se alimenta la vanagloria de quienes se conforman
con tener algún poder y prefieren ser generales de ejércitos derrotados
antes que simples soldados de un escuadrón que sigue luchando. ¡Cuántas
veces soñamos con planes apostólicos expansionistas, meticulosos y bien
dibujados, propios de generales derrotados! Así negamos nuestra historia
de Iglesia, que es gloriosa por ser historia de sacrificios, de esperanza, de
lucha cotidiana, de vida deshilachada en el servicio, de constancia en el
trabajo que cansa, porque todo trabajo es «sudor de nuestra frente». En
cambio, nos entretenemos vanidosos hablando sobre «lo que habría que
hacer» –el pecado del «habriaqueísmo»– como maestros espirituales y sabios
pastorales que señalan desde afuera. Cultivamos nuestra imaginación sin
límites y perdemos contacto con la realidad sufrida de nuestro pueblo fiel.
97. Quien ha caído en esta mundanidad mira de arriba y de lejos, rechaza
la profecía de los hermanos, descalifica a quien lo cuestione, destaca
constantemente los errores ajenos y se obsesiona por la apariencia. Ha
replegado la referencia del corazón al horizonte cerrado de su inmanencia y
sus intereses y, como consecuencia de esto, no aprende de sus pecados ni
está auténticamente abierto al perdón. Es una tremenda corrupción con
apariencia de bien. Hay que evitarla poniendo a la Iglesia en movimiento de
salida de sí, de misión centrada en Jesucristo, de entrega a los pobres.
¡Dios nos libre de una Iglesia mundana bajo ropajes espirituales o
pastorales! Esta mundanidad asfixiante se sana tomándole el gusto al aire
– 50 –
puro del Espíritu Santo, que nos libera de estar centrados en nosotros
mismos, escondidos en una apariencia religiosa vacía de Dios. ¡No nos
dejemos robar el Evangelio!
No a la guerra entre nosotros
98. Dentro del Pueblo de Dios y en las distintas comunidades, ¡cuántas
guerras! En el barrio, en el puesto de trabajo, ¡cuántas guerras por
envidias y celos, también entre cristianos! La mundanidad espiritual lleva a
algunos cristianos a estar en guerra con otros cristianos que se interponen
en su búsqueda de poder, prestigio, placer o seguridad económica.
Además, algunos dejan de vivir una pertenencia cordial a la Iglesia por
alimentar un espíritu de «internas». Más que pertenecer a la Iglesia toda,
con su rica diversidad, pertenecen a tal o cual grupo que se siente diferente
o especial.
99. El mundo está lacerado por las guerras y la violencia, o herido por un
difuso individualismo que divide a los seres humanos y los enfrenta unos
contra otros en pos del propio bienestar. En diversos países resurgen
enfrentamientos y viejas divisiones que se creían en parte superadas. A los
cristianos de todas las comunidades del mundo, quiero pediros
especialmente un testimonio de comunión fraterna que se vuelva atractivo
y resplandeciente. Que todos puedan admirar cómo os cuidáis unos a
otros, cómo os dais aliento mutuamente y cómo os acompañáis: «En esto
reconocerán que sois mis discípulos, en el amor que os tengáis unos a
otros» (Jn 13,35). Es lo que con tantos deseos pedía Jesús al Padre: «Que
sean uno en nosotros […] para que el mundo crea» (Jn 17,21). ¡Atención a
la tentación de la envidia! ¡Estamos en la misma barca y vamos hacia el
mismo puerto! Pidamos la gracia de alegrarnos con los frutos ajenos, que
son de todos.
100. A los que están heridos por divisiones históricas, les resulta difícil
aceptar que los exhortemos al perdón y la reconciliación, ya que
interpretan que ignoramos su dolor, o que pretendemos hacerles perder la
memoria y los ideales. Pero si ven el testimonio de comunidades
auténticamente fraternas y reconciliadas, eso es siempre una luz que atrae.
– 51 –
Por ello me duele tanto comprobar cómo en algunas comunidades
cristianas, y aun entre personas consagradas, consentimos diversas formas
de odio, divisiones, calumnias, difamaciones, venganzas, celos, deseos de
imponer las propias ideas a costa de cualquier cosa, y hasta persecuciones
que parecen una implacable caza de brujas. ¿A quién vamos a evangelizar
con esos comportamientos?
101. Pidamos al Señor que nos haga entender la ley del amor. ¡Qué bueno
es tener esta ley! ¡Cuánto bien nos hace amarnos los unos a los otros en
contra de todo! Sí, ¡en contra de todo! A cada uno de nosotros se dirige la
exhortación paulina: «No te dejes vencer por el mal, antes bien vence al mal
con el bien» (Rm 12,21). Y también: «¡No nos cansemos de hacer el bien!»
(Ga 6,9). Todos tenemos simpatías y antipatías, y quizás ahora mismo
estamos enojados con alguno. Al menos digamos al Señor: «Señor yo estoy
enojado con éste, con aquélla. Yo te pido por él y por ella». Rezar por aquel
con el que estamos irritados es un hermoso paso en el amor, y es un acto
evangelizador. ¡Hagámoslo hoy! ¡No nos dejemos robar el ideal del amor
fraterno!
Otros desafíos eclesiales
102. Los laicos son simplemente la inmensa mayoría del Pueblo de Dios. A
su servicio está la minoría de los ministros ordenados. Ha crecido la
conciencia de la identidad y la misión del laico en la Iglesia. Se cuenta con
un numeroso laicado, aunque no suficiente, con arraigado sentido de
comunidad y una gran fidelidad en el compromiso de la caridad, la
catequesis, la celebración de la fe. Pero la toma de conciencia de esta
responsabilidad laical que nace del Bautismo y de la Confirmación no se
manifiesta de la misma manera en todas partes. En algunos casos porque
no se formaron para asumir responsabilidades importantes, en otros por
no encontrar espacio en sus Iglesias particulares para poder expresarse y
actuar, a raíz de un excesivo clericalismo que los mantiene al margen de
las decisiones. Si bien se percibe una mayor participación de muchos en
los ministerios laicales, este compromiso no se refleja en la penetración de
los valores cristianos en el mundo social, político y económico. Se limita
muchas veces a las tareas intraeclesiales sin un compromiso real por la
– 52 –
aplicación del Evangelio a la transformación de la sociedad. La formación
de laicos y la evangelización de los grupos profesionales e intelectuales
constituyen un desafío pastoral importante.
103. La Iglesia reconoce el indispensable aporte de la mujer en la sociedad,
con una sensibilidad, una intuición y unas capacidades peculiares que
suelen ser más propias de las mujeres que de los varones. Por ejemplo, la
especial atención femenina hacia los otros, que se expresa de un modo
particular, aunque no exclusivo, en la maternidad. Reconozco con gusto
cómo muchas mujeres comparten responsabilidades pastorales junto con
los sacerdotes, contribuyen al acompañamiento de personas, de familias o
de grupos y brindan nuevos aportes a la reflexión teológica. Pero todavía es
necesario ampliar los espacios para una presencia femenina más incisiva
en la Iglesia. Porque «el genio femenino es necesario en todas las
expresiones de la vida social; por ello, se ha de garantizar la presencia de
las mujeres también en el ámbito laboral»72 y en los diversos lugares donde
se toman las decisiones importantes, tanto en la Iglesia como en las
estructuras sociales.
104. Las reivindicaciones de los legítimos derechos de las mujeres, a partir
de la firme convicción de que varón y mujer tienen la misma dignidad,
plantean a la Iglesia profundas preguntas que la desafían y que no se
pueden eludir superficialmente. El sacerdocio reservado a los varones,
como signo de Cristo Esposo que se entrega en la Eucaristía, es una
cuestión que no se pone en discusión, pero puede volverse particularmente
conflictiva si se identifica demasiado la potestad sacramental con el poder.
No hay que olvidar que cuando hablamos de la potestad sacerdotal «nos
encontramos en el ámbito de la función, no de la dignidad ni de la
santidad».73 El sacerdocio ministerial es uno de los medios que Jesús
utiliza al servicio de su pueblo, pero la gran dignidad viene del Bautismo,
que es accesible a todos. La configuración del sacerdote con Cristo Cabeza
–es decir, como fuente capital de la gracia– no implica una exaltación que
lo coloque por encima del resto. En la Iglesia las funciones «no dan lugar a
72 PONTIFICIO CONSEJO «JUSTICIA Y PAZ», Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 295.
73 JUAN PABLO II, Exhort. ap. postsinodal Christifideles laici (30 diciembre 1988), 51: AAS 81
(1989), 493.
– 53 –
la superioridad de los unos sobre los otros».74 De hecho, una mujer, María,
es más importante que los obispos. Aun cuando la función del sacerdocio
ministerial se considere «jerárquica», hay que tener bien presente que «está
ordenada totalmente a la santidad de los miembros del Cuerpo místico de
Cristo».75 Su clave y su eje no son el poder entendido como dominio, sino la
potestad de administrar el sacramento de la Eucaristía; de aquí deriva su
autoridad, que es siempre un servicio al pueblo. Aquí hay un gran desafío
para los pastores y para los teólogos, que podrían ayudar a reconocer mejor
lo que esto implica con respecto al posible lugar de la mujer allí donde se
toman decisiones importantes, en los diversos ámbitos de la Iglesia.
105. La pastoral juvenil, tal como estábamos acostumbrados a
desarrollarla, ha sufrido el embate de los cambios sociales. Los jóvenes, en
las estructuras habituales, no suelen encontrar respuestas a sus
inquietudes, necesidades, problemáticas y heridas. A los adultos nos
cuesta escucharlos con paciencia, comprender sus inquietudes o sus
reclamos, y aprender a hablarles en el lenguaje que ellos comprenden. Por
esa misma razón, las propuestas educativas no producen los frutos
esperados. La proliferación y crecimiento de asociaciones y movimientos
predominantemente juveniles pueden interpretarse como una acción del
Espíritu que abre caminos nuevos acordes a sus expectativas y búsquedas
de espiritualidad profunda y de un sentido de pertenencia más concreto. Se
hace necesario, sin embargo, ahondar en la participación de éstos en la
pastoral de conjunto de la Iglesia.76
106. Aunque no siempre es fácil abordar a los jóvenes, se creció en dos
aspectos: la conciencia de que toda la comunidad los evangeliza y educa, y
la urgencia de que ellos tengan un protagonismo mayor. Cabe reconocer
que, en el contexto actual de crisis del compromiso y de los lazos
comunitarios, son muchos los jóvenes que se solidarizan ante los males del
mundo y se embarcan en diversas formas de militancia y voluntariado.
74 CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Declaración Inter Insigniores, sobre la cuestión de la
admisión de la mujer al sacerdocio ministerial (15 octubre 1976), VI: AAS 69 (1977) 115, citada en
JUAN PABLO II, Exhort. ap. postsinodal Christifideles laici (30 diciembre 1988), 51, nota 190: AAS
81 (1989), 493.
75 JUAN PABLO II, Carta ap. Mulieris dignitatem (15 agosto 1988), 27: AAS 80 (1988), 1718.
76 Cf. Propositio 51.
– 54 –
Algunos participan en la vida de la Iglesia, integran grupos de servicio y
diversas iniciativas misioneras en sus propias diócesis o en otros
lugares. ¡Qué bueno es que los jóvenes sean «callejeros de la fe», felices de
llevar a Jesucristo a cada esquina, a cada plaza, a cada rincón de la tierra!
107. En muchos lugares escasean las vocaciones al sacerdocio y a la vida
consagrada. Frecuentemente esto se debe a la ausencia en las
comunidades de un fervor apostólico contagioso, lo cual no entusiasma ni
suscita atractivo. Donde hay vida, fervor, ganas de llevar a Cristo a los
demás, surgen vocaciones genuinas. Aun en parroquias donde los
sacerdotes son poco entregados y alegres, es la vida fraterna y fervorosa de
la comunidad la que despierta el deseo de consagrarse enteramente a Dios
y a la evangelización, sobre todo si esa comunidad viva ora insistentemente
por las vocaciones y se atreve a proponer a sus jóvenes un camino de
especial consagración. Por otra parte, a pesar de la escasez vocacional, hoy
se tiene más clara conciencia de la necesidad de una mejor selección de los
candidatos al sacerdocio. No se pueden llenar los seminarios con cualquier
tipo de motivaciones, y menos si éstas se relacionan con inseguridades
afectivas, búsquedas de formas de poder, glorias humanas o bienestar
económico.
108. Como ya dije, no he intentado ofrecer un diagnóstico completo, pero
invito a las comunidades a completar y enriquecer estas perspectivas a
partir de la conciencia de sus desafíos propios y cercanos. Espero que,
cuando lo hagan, tengan en cuenta que, cada vez que intentamos leer en la
realidad actual los signos de los tiempos, es conveniente escuchar a los
jóvenes y a los ancianos. Ambos son la esperanza de los pueblos. Los
ancianos aportan la memoria y la sabiduría de la experiencia, que invita a
no repetir tontamente los mismos errores del pasado. Los jóvenes nos
llaman a despertar y acrecentar la esperanza, porque llevan en sí las
nuevas tendencias de la humanidad y nos abren al futuro, de manera que
no nos quedemos anclados en la nostalgia de estructuras y costumbres que
ya no son cauces de vida en el mundo actual.
– 55 –
109. Los desafíos están para superarlos. Seamos realistas, pero sin perder
la alegría, la audacia y la entrega esperanzada. ¡No nos dejemos robar la
fuerza misionera!
– 56 –
Capítulo tercero
El anuncio del Evangelio
110. Después de tomar en cuenta algunos desafíos de la realidad actual,
quiero recordar ahora la tarea que nos apremia en cualquier época y lugar,
porque «no puede haber auténtica evangelización sin la proclamación
explícita de que Jesús es el Señor», y sin que exista un «primado de la
proclamación de Jesucristo en cualquier actividad de evangelización».77
Recogiendo las inquietudes de los Obispos asiáticos, Juan Pablo II expresó
que, si la Iglesia «debe cumplir su destino providencial, la evangelización,
como predicación alegre, paciente y progresiva de la muerte y resurrección
salvífica de Jesucristo, debe ser vuestra prioridad absoluta».78 Esto vale
para todos.
I. Todo el Pueblo de Dios anuncia el Evangelio
111. La evangelización es tarea de la Iglesia. Pero este sujeto de la
evangelización es más que una institución orgánica y jerárquica, porque es
ante todo un pueblo que peregrina hacia Dios. Es ciertamente un misterio
que hunde sus raíces en la Trinidad, pero tiene su concreción histórica en
un pueblo peregrino y evangelizador, lo cual siempre trasciende toda
necesaria expresión institucional. Propongo detenernos un poco en esta
forma de entender la Iglesia, que tiene su fundamento último en la libre y
gratuita iniciativa de Dios.
Un pueblo para todos
112. La salvación que Dios nos ofrece es obra de su misericordia. No hay
acciones humanas, por más buenas que sean, que nos hagan merecer un
don tan grande. Dios, por pura gracia, nos atrae para unirnos a sí.79 Él
envía su Espíritu a nuestros corazones para hacernos sus hijos, para
transformarnos y para volvernos capaces de responder con nuestra vida a
ese amor. La Iglesia es enviada por Jesucristo como sacramento de la
77 JUAN PABLO II, Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in Asia (6 noviembre 1999), 19: AAS 92 (2000),
478.
78 Ibíd., 2: AAS 92 (2000), 451.
79 Cf. Propositio 4.
– 57 –
salvación ofrecida por Dios.80 Ella, a través de sus acciones
evangelizadoras, colabora como instrumento de la gracia divina que actúa
incesantemente más allá de toda posible supervisión. Bien lo expresaba
Benedicto XVI al abrir las reflexiones del Sínodo: «Es importante saber que
la primera palabra, la iniciativa verdadera, la actividad verdadera viene de
Dios y sólo si entramos en esta iniciativa divina, sólo si imploramos esta
iniciativa divina, podremos también ser –con Él y en Él– evangelizadores».81
El principio de la primacía de la gracia debe ser un faro que alumbre
permanentemente nuestras reflexiones sobre la evangelización.
113. Esta salvación, que realiza Dios y anuncia gozosamente la Iglesia, es
para todos,82 y Dios ha gestado un camino para unirse a cada uno de los
seres humanos de todos los tiempos. Ha elegido convocarlos como pueblo y
no como seres aislados.83 Nadie se salva solo, esto es, ni como individuo
aislado ni por sus propias fuerzas. Dios nos atrae teniendo en cuenta la
compleja trama de relaciones interpersonales que supone la vida en una
comunidad humana. Este pueblo que Dios se ha elegido y convocado es la
Iglesia. Jesús no dice a los Apóstoles que formen un grupo exclusivo, un
grupo de élite. Jesús dice: «Id y haced que todos los pueblos sean mis
discípulos» (Mt 28,19). San Pablo afirma que en el Pueblo de Dios, en la
Iglesia, «no hay ni judío ni griego […] porque todos vosotros sois uno en
Cristo Jesús» (Ga 3,28). Me gustaría decir a aquellos que se sienten lejos de
Dios y de la Iglesia, a los que son temerosos o a los indiferentes: ¡El Señor
también te llama a ser parte de su pueblo y lo hace con gran respeto y
amor!
114. Ser Iglesia es ser Pueblo de Dios, de acuerdo con el gran proyecto de
amor del Padre. Esto implica ser el fermento de Dios en medio de la
humanidad. Quiere decir anunciar y llevar la salvación de Dios en este
mundo nuestro, que a menudo se pierde, necesitado de tener respuestas
que alienten, que den esperanza, que den nuevo vigor en el camino. La
80 Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 1.
81 BENEDICTO XVI, Meditación en la primera Congregación general de la XIII Asamblea General
Ordinaria del Sínodo de los Obispos (8 octubre 2012): AAS 104 (2012), 897.
82 Cf. Propositio 6; CONC. ECUM. VAT. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo
actual, 22
83 Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 9.
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Iglesia tiene que ser el lugar de la misericordia gratuita, donde todo el
mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según
la vida buena del Evangelio.
Un pueblo con muchos rostros
115. Este Pueblo de Dios se encarna en los pueblos de la tierra, cada uno
de los cuales tiene su cultura propia. La noción de cultura es una valiosa
herramienta para entender las diversas expresiones de la vida cristiana que
se dan en el Pueblo de Dios. Se trata del estilo de vida que tiene una
sociedad determinada, del modo propio que tienen sus miembros de
relacionarse entre sí, con las demás criaturas y con Dios. Así entendida, la
cultura abarca la totalidad de la vida de un pueblo.84 Cada pueblo, en su
devenir histórico, desarrolla su propia cultura con legítima autonomía.85
Esto se debe a que la persona humana «por su misma naturaleza, tiene
absoluta necesidad de la vida social»,86 y está siempre referida a la
sociedad, donde vive un modo concreto de relacionarse con la realidad. El
ser humano está siempre culturalmente situado: «naturaleza y cultura se
hallan unidas estrechísimamente».87 La gracia supone la cultura, y el don
de Dios se encarna en la cultura de quien lo recibe.
116. En estos dos milenios de cristianismo, innumerable cantidad de
pueblos han recibido la gracia de la fe, la han hecho florecer en su vida
cotidiana y la han transmitido según sus modos culturales propios.
Cuando una comunidad acoge el anuncio de la salvación, el Espíritu Santo
fecunda su cultura con la fuerza transformadora del Evangelio. De modo
que, como podemos ver en la historia de la Iglesia, el cristianismo no tiene
un único modo cultural, sino que, «permaneciendo plenamente uno mismo,
en total fidelidad al anuncio evangélico y a la tradición eclesial, llevará
consigo también el rostro de tantas culturas y de tantos pueblos en que ha
sido acogido y arraigado».88 En los distintos pueblos, que experimentan el
84 Cf. III CONFERENCIA GENERAL DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO Y DEL CARIBE, Documento de
Puebla, 386-387.
85 CONC. ECUM. VAT. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 36.
86 Ibíd., 25.
87 Ibíd., 53.
88 JUAN PABLO II, Carta ap. Novo Millennio ineunte (6 enero 2001), 40: AAS 93 (2001), 294-295.
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don de Dios según su propia cultura, la Iglesia expresa su genuina
catolicidad y muestra «la belleza de este rostro pluriforme».89 En las
manifestaciones cristianas de un pueblo evangelizado, el Espíritu Santo
embellece a la Iglesia, mostrándole nuevos aspectos de la Revelación y
regalándole un nuevo rostro. En la inculturación, la Iglesia «introduce a los
pueblos con sus culturas en su misma comunidad»,90 porque «toda cultura
propone valores y formas positivas que pueden enriquecer la manera de
anunciar, concebir y vivir el Evangelio».91 Así, «la Iglesia, asumiendo los
valores de las diversas culturas, se hace “sponsa ornata monilibus suis”, “la
novia que se adorna con sus joyas” (cf. Is 61,10)».92
117. Bien entendida, la diversidad cultural no amenaza la unidad de la
Iglesia. Es el Espíritu Santo, enviado por el Padre y el Hijo, quien
transforma nuestros corazones y nos hace capaces de entrar en la
comunión perfecta de la Santísima Trinidad, donde todo encuentra su
unidad. Él construye la comunión y la armonía del Pueblo de Dios. El
mismo Espíritu Santo es la armonía, así como es el vínculo de amor entre
el Padre y el Hijo.93 Él es quien suscita una múltiple y diversa riqueza de
dones y al mismo tiempo construye una unidad que nunca es uniformidad
sino multiforme armonía que atrae. La evangelización reconoce
gozosamente estas múltiples riquezas que el Espíritu engendra en la
Iglesia. No haría justicia a la lógica de la encarnación pensar en un
cristianismo monocultural y monocorde. Si bien es verdad que algunas
culturas han estado estrechamente ligadas a la predicación del Evangelio y
al desarrollo de un pensamiento cristiano, el mensaje revelado no se
identifica con ninguna de ellas y tiene un contenido transcultural. Por ello,
en la evangelización de nuevas culturas o de culturas que no han acogido
la predicación cristiana, no es indispensable imponer una determinada
forma cultural, por más bella y antigua que sea, junto con la propuesta del
89 Ibíd., 40: AAS 93 (2001), 295.
90 JUAN PABLO II, Carta enc. Redemptoris missio (7 diciembre 1990), 52: AAS 83 (1991), 300. Cf.
Exhort. ap. Catechesi Tradendae (16 octubre 1979), 53: AAS 71 (1979), 1321.
91 JUAN PABLO II, Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in Oceania (22 noviembre 2001), 16: AAS 94
(2002), 384.
92 JUAN PABLO II, Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in Africa (14 septiembre 1995), 61: AAS 88
(1996), 39.
93 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae, I, q. 39, art. 8 cons. 2: «Excluido el Espíritu
Santo, que es el nexo de ambos, no se puede entender la unidad de conexión entre el Padre y el
Hijo»; cf. también I, q. 37, art. 1, ad 3.
– 60 –
Evangelio. El mensaje que anunciamos siempre tiene algún ropaje cultural,
pero a veces en la Iglesia caemos en la vanidosa sacralización de la propia
cultura, con lo cual podemos mostrar más fanatismo que auténtico fervor
evangelizador.
118. Los Obispos de Oceanía pidieron que allí la Iglesia «desarrolle una
comprensión y una presentación de la verdad de Cristo que arranque de
las tradiciones y culturas de la región», e instaron «a todos los misioneros a
operar en armonía con los cristianos indígenas para asegurar que la fe y la
vida de la Iglesia se expresen en formas legítimas adecuadas a cada
cultura».94 No podemos pretender que los pueblos de todos los continentes,
al expresar la fe cristiana, imiten los modos que encontraron los pueblos
europeos en un determinado momento de la historia, porque la fe no puede
encerrarse dentro de los confines de la comprensión y de la expresión de
una cultura.95 Es indiscutible que una sola cultura no agota el misterio de
la redención de Cristo.
Todos somos discípulos misioneros
119. En todos los bautizados, desde el primero hasta el último, actúa la
fuerza santificadora del Espíritu que impulsa a evangelizar. El Pueblo de
Dios es santo por esta unción que lo hace infalible «in credendo». Esto
significa que cuando cree no se equivoca, aunque no encuentre palabras
para explicar su fe. El Espíritu lo guía en la verdad y lo conduce a la
salvación.96 Como parte de su misterio de amor hacia la humanidad, Dios
dota a la totalidad de los fieles de un instinto de la fe –el sensus fidei– que
los ayuda a discernir lo que viene realmente de Dios. La presencia del
Espíritu otorga a los cristianos una cierta connaturalidad con las
realidades divinas y una sabiduría que los permite captarlas
intuitivamente, aunque no tengan el instrumental adecuado para
expresarlas con precisión.
94 JUAN PABLO II, Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in Oceania (22 noviembre 2001), 17: AAS 94
(2002), 385.
95 Cf. JUAN PABLO II, Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in Asia (6 noviembre 1999), 20: AAS 92
(2000), 480.
96 Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 12.
– 61 –
120. En virtud del Bautismo recibido, cada miembro del Pueblo de Dios se
ha convertido en discípulo misionero (cf. Mt 28,19). Cada uno de los
bautizados, cualquiera que sea su función en la Iglesia y el grado de
ilustración de su fe, es un agente evangelizador, y sería inadecuado pensar
en un esquema de evangelización llevado adelante por actores calificados
donde el resto del pueblo fiel sea sólo receptivo de sus acciones. La nueva
evangelización debe implicar un nuevo protagonismo de cada uno de los
bautizados. Esta convicción se convierte en un llamado dirigido a cada
cristiano, para que nadie postergue su compromiso con la evangelización,
pues si uno de verdad ha hecho una experiencia del amor de Dios que lo
salva, no necesita mucho tiempo de preparación para salir a anunciarlo, no
puede esperar que le den muchos cursos o largas instrucciones. Todo
cristiano es misionero en la medida en que se ha encontrado con el amor
de Dios en Cristo Jesús; ya no decimos que somos «discípulos» y
«misioneros», sino que somos siempre «discípulos misioneros». Si no nos
convencemos, miremos a los primeros discípulos, quienes inmediatamente
después de conocer la mirada de Jesús, salían a proclamarlo gozosos:
«¡Hemos encontrado al Mesías!» (Jn 1,41). La samaritana, apenas salió de
su diálogo con Jesús, se convirtió en misionera, y muchos samaritanos
creyeron en Jesús «por la palabra de la mujer» (Jn 4,39). También san
Pablo, a partir de su encuentro con Jesucristo, «enseguida se puso a
predicar que Jesús era el Hijo de Dios» (Hch 9,20). ¿A qué esperamos
nosotros?
121. Por supuesto que todos estamos llamados a crecer como
evangelizadores. Procuramos al mismo tiempo una mejor formación, una
profundización de nuestro amor y un testimonio más claro del Evangelio.
En ese sentido, todos tenemos que dejar que los demás nos evangelicen
constantemente; pero eso no significa que debamos postergar la misión
evangelizadora, sino que encontremos el modo de comunicar a Jesús que
corresponda a la situación en que nos hallemos. En cualquier caso, todos
somos llamados a ofrecer a los demás el testimonio explícito del amor
salvífico del Señor, que más allá de nuestras imperfecciones nos ofrece su
cercanía, su Palabra, su fuerza, y le da un sentido a nuestra vida. Tu
corazón sabe que no es lo mismo la vida sin Él, entonces eso que has
descubierto, eso que te ayuda a vivir y que te da una esperanza, eso es lo
– 62 –
que necesitas comunicar a los otros. Nuestra imperfección no debe ser una
excusa; al contrario, la misión es un estímulo constante para no quedarse
en la mediocridad y para seguir creciendo. El testimonio de fe que todo
cristiano está llamado a ofrecer implica decir como san Pablo: «No es que lo
tenga ya conseguido o que ya sea perfecto, sino que continúo mi carrera
[…] y me lanzo a lo que está por delante» (Flp 3,12-13).
La fuerza evangelizadora de la piedad popular
122. Del mismo modo, podemos pensar que los distintos pueblos en los
que ha sido inculturado el Evangelio son sujetos colectivos activos, agentes
de la evangelización. Esto es así porque cada pueblo es el creador de su
cultura y el protagonista de su historia. La cultura es algo dinámico, que
un pueblo recrea permanentemente, y cada generación le transmite a la
siguiente un sistema de actitudes ante las distintas situaciones
existenciales, que ésta debe reformular frente a sus propios desafíos. El ser
humano «es al mismo tiempo hijo y padre de la cultura a la que
pertenece».97 Cuando en un pueblo se ha inculturado el Evangelio, en su
proceso de transmisión cultural también transmite la fe de maneras
siempre nuevas; de aquí la importancia de la evangelización entendida
como inculturación. Cada porción del Pueblo de Dios, al traducir en su
vida el don de Dios según su genio propio, da testimonio de la fe recibida y
la enriquece con nuevas expresiones que son elocuentes. Puede decirse que
«el pueblo se evangeliza continuamente a sí mismo».98 Aquí toma
importancia la piedad popular, verdadera expresión de la acción misionera
espontánea del Pueblo de Dios. Se trata de una realidad en permanente
desarrollo, donde el Espíritu Santo es el agente principal.99
123. En la piedad popular puede percibirse el modo en que la fe recibida se
encarnó en una cultura y se sigue transmitiendo. En algún tiempo mirada
con desconfianza, ha sido objeto de revalorización en las décadas
97 JUAN PABLO II, Carta enc. Fides et ratio (14 septiembre 1998), 71: AAS 91 (1999), 60.
98 III CONFERENCIA GENERAL DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO Y DEL CARIBE, Documento de Puebla,
450; cf. V CONFERENCIA GENERAL DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO Y DEL CARIBE, Documento de
Aparecida, 264.
99 Cf. JUAN PABLO II, Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in Asia (6 noviembre 1999), 21: AAS 92
(2000), 483.
– 63 –
posteriores al Concilio. Fue Pablo VI en su Exhortación apostólica Evangelii
Nuntiandi quien dio un impulso decisivo en ese sentido. Allí explica que la
piedad popular «refleja una sed de Dios que solamente los pobres y
sencillos pueden conocer»100 y que «hace capaz de generosidad y sacrificio
hasta el heroísmo, cuando se trata de manifestar la fe».101 Más cerca de
nuestros días, Benedicto XVI, en América Latina, señaló que se trata de un
«precioso tesoro de la Iglesia católica» y que en ella «aparece el alma de los
pueblos latinoamericanos».102
124. En el Documento de Aparecida se describen las riquezas que el
Espíritu Santo despliega en la piedad popular con su iniciativa gratuita. En
ese amado continente, donde gran cantidad de cristianos expresan su fe a
través de la piedad popular, los Obispos la llaman también «espiritualidad
popular» o «mística popular».103 Se trata de una verdadera «espiritualidad
encarnada en la cultura de los sencillos».104 No está vacía de contenidos,
sino que los descubre y expresa más por la vía simbólica que por el uso de
la razón instrumental, y en el acto de fe se acentúa más el credere in Deum
que el credere Deum.105 Es «una manera legítima de vivir la fe, un modo de
sentirse parte de la Iglesia, y una forma de ser misioneros»;106 conlleva la
gracia de la misionariedad, del salir de sí y del peregrinar: «El caminar
juntos hacia los santuarios y el participar en otras manifestaciones de la
piedad popular, también llevando a los hijos o invitando a otros, es en sí
mismo un gesto evangelizador».107 ¡No coartemos ni pretendamos controlar
esa fuerza misionera!
125. Para entender esta realidad hace falta acercarse a ella con la mirada
del Buen Pastor, que no busca juzgar sino amar. Sólo desde la
connaturalidad afectiva que da el amor podemos apreciar la vida teologal
presente en la piedad de los pueblos cristianos, especialmente en sus
100 N. 48: AAS 68 (1976), 38.
101 Ibíd.
102 BENEDICTO XVI, Discurso en la Sesión inaugural de la V Conferencia general del Episcopado
Latinoamericano y del Caribe (13 mayo 2007), 1: AAS 99 (2007), 446-447.
103 V CONFERENCIA GENERAL DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO Y DEL CARIBE, Documento de
Aparecida, 262.
104 Ibíd., 263.
105 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae II-II, q. 2, art. 2.
106 V CONFERENCIA GENERAL DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO Y DEL CARIBE, Documento de
Aparecida, 264.
107 Ibíd.
– 64 –
pobres. Pienso en la fe firme de esas madres al pie del lecho del hijo
enfermo que se aferran a un rosario aunque no sepan hilvanar las
proposiciones del Credo, o en tanta carga de esperanza derramada en una
vela que se enciende en un humilde hogar para pedir ayuda a María, o en
esas miradas de amor entrañable al Cristo crucificado. Quien ama al santo
Pueblo fiel de Dios no puede ver estas acciones sólo como una búsqueda
natural de la divinidad. Son la manifestación de una vida teologal animada
por la acción del Espíritu Santo que ha sido derramado en nuestros
corazones (cf. Rm 5,5).
126. En la piedad popular, por ser fruto del Evangelio inculturado, subyace
una fuerza activamente evangelizadora que no podemos menospreciar:
sería desconocer la obra del Espíritu Santo. Más bien estamos llamados a
alentarla y fortalecerla para profundizar el proceso de inculturación que es
una realidad nunca acabada. Las expresiones de la piedad popular tienen
mucho que enseñarnos y, para quien sabe leerlas, son un lugar teológico al
que debemos prestar atención, particularmente a la hora de pensar la
nueva evangelización.
Persona a persona
127. Hoy que la Iglesia quiere vivir una profunda renovación misionera,
hay una forma de predicación que nos compete a todos como tarea
cotidiana. Se trata de llevar el Evangelio a las personas que cada uno trata,
tanto a los más cercanos como a los desconocidos. Es la predicación
informal que se puede realizar en medio de una conversación y también es
la que realiza un misionero cuando visita un hogar. Ser discípulo es tener
la disposición permanente de llevar a otros el amor de Jesús y eso se
produce espontáneamente en cualquier lugar: en la calle, en la plaza, en el
trabajo, en un camino.
128. En esta predicación, siempre respetuosa y amable, el primer momento
es un diálogo personal, donde la otra persona se expresa y comparte sus
alegrías, sus esperanzas, las inquietudes por sus seres queridos y tantas
cosas que llenan el corazón. Sólo después de esta conversación es posible
presentarle la Palabra, sea con la lectura de algún versículo o de un modo
– 65 –
narrativo, pero siempre recordando el anuncio fundamental: el amor
personal de Dios que se hizo hombre, se entregó por nosotros y está vivo
ofreciendo su salvación y su amistad. Es el anuncio que se comparte con
una actitud humilde y testimonial de quien siempre sabe aprender, con la
conciencia de que ese mensaje es tan rico y tan profundo que siempre nos
supera. A veces se expresa de manera más directa, otras veces a través de
un testimonio personal, de un relato, de un gesto o de la forma que el
mismo Espíritu Santo pueda suscitar en una circunstancia concreta. Si
parece prudente y se dan las condiciones, es bueno que este encuentro
fraterno y misionero termine con una breve oración que se conecte con las
inquietudes que la persona ha manifestado. Así, percibirá mejor que ha
sido escuchada e interpretada, que su situación queda en la presencia de
Dios, y reconocerá que la Palabra de Dios realmente le habla a su propia
existencia.
129. No hay que pensar que el anuncio evangélico deba transmitirse
siempre con determinadas fórmulas aprendidas, o con palabras precisas
que expresen un contenido absolutamente invariable. Se transmite de
formas tan diversas que sería imposible describirlas o catalogarlas, donde
el Pueblo de Dios, con sus innumerables gestos y signos, es sujeto
colectivo. Por consiguiente, si el Evangelio se ha encarnado en una cultura,
ya no se comunica sólo a través del anuncio persona a persona. Esto debe
hacernos pensar que, en aquellos países donde el cristianismo es minoría,
además de alentar a cada bautizado a anunciar el Evangelio, las Iglesias
particulares deben fomentar activamente formas, al menos incipientes, de
inculturación. Lo que debe procurarse, en definitiva, es que la predicación
del Evangelio, expresada con categorías propias de la cultura donde es
anunciado, provoque una nueva síntesis con esa cultura. Aunque estos
procesos son siempre lentos, a veces el miedo nos paraliza demasiado. Si
dejamos que las dudas y temores sofoquen toda audacia, es posible que, en
lugar de ser creativos, simplemente nos quedemos cómodos y no
provoquemos avance alguno y, en ese caso, no seremos partícipes de
procesos históricos con nuestra cooperación, sino simplemente
espectadores de un estancamiento infecundo de la Iglesia.
Carismas al servicio de la comunión evangelizadora
– 66 –
130. El Espíritu Santo también enriquece a toda la Iglesia evangelizadora
con distintos carismas. Son dones para renovar y edificar la Iglesia.108 No
son un patrimonio cerrado, entregado a un grupo para que lo custodie;
más bien son regalos del Espíritu integrados en el cuerpo eclesial, atraídos
hacia el centro que es Cristo, desde donde se encauzan en un impulso
evangelizador. Un signo claro de la autenticidad de un carisma es su
eclesialidad, su capacidad para integrarse armónicamente en la vida del
santo Pueblo fiel de Dios para el bien de todos. Una verdadera novedad
suscitada por el Espíritu no necesita arrojar sombras sobre otras
espiritualidades y dones para afirmarse a sí misma. En la medida en que
un carisma dirija mejor su mirada al corazón del Evangelio, más eclesial
será su ejercicio. En la comunión, aunque duela, es donde un carisma se
vuelve auténtica y misteriosamente fecundo. Si vive este desafío, la Iglesia
puede ser un modelo para la paz en el mundo.
131. Las diferencias entre las personas y comunidades a veces son
incómodas, pero el Espíritu Santo, que suscita esa diversidad, puede sacar
de todo algo bueno y convertirlo en un dinamismo evangelizador que actúa
por atracción. La diversidad tiene que ser siempre reconciliada con la
ayuda del Espíritu Santo; sólo Él puede suscitar la diversidad, la
pluralidad, la multiplicidad y, al mismo tiempo, realizar la unidad. En
cambio, cuando somos nosotros los que pretendemos la diversidad y nos
encerramos en nuestros particularismos, en nuestros exclusivismos,
provocamos la división y, por otra parte, cuando somos nosotros quienes
queremos construir la unidad con nuestros planes humanos, terminamos
por imponer la uniformidad, la homologación. Esto no ayuda a la misión de
la Iglesia.
Cultura, pensamiento y educación
132. El anuncio a la cultura implica también un anuncio a las culturas
profesionales, científicas y académicas. Se trata del encuentro entre la fe,
la razón y las ciencias, que procura desarrollar un nuevo discurso de la
108 Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 12.
– 67 –
credibilidad, una original apologética109 que ayude a crear las disposiciones
para que el Evangelio sea escuchado por todos. Cuando algunas categorías
de la razón y de las ciencias son acogidas en el anuncio del mensaje, esas
mismas categorías se convierten en instrumentos de evangelización; es el
agua convertida en vino. Es aquello que, asumido, no sólo es redimido sino
que se vuelve instrumento del Espíritu para iluminar y renovar el mundo.
133. Ya que no basta la preocupación del evangelizador por llegar a cada
persona, y el Evangelio también se anuncia a las culturas en su conjunto,
la teología –no sólo la teología pastoral– en diálogo con otras ciencias y
experiencias humanas, tiene gran importancia para pensar cómo hacer
llegar la propuesta del Evangelio a la diversidad de contextos culturales y
de destinatarios.110 La Iglesia, empeñada en la evangelización, aprecia y
alienta el carisma de los teólogos y su esfuerzo por la investigación
teológica, que promueve el diálogo con el mundo de las culturas y de las
ciencias. Convoco a los teólogos a cumplir este servicio como parte de la
misión salvífica de la Iglesia. Pero es necesario que, para tal propósito,
lleven en el corazón la finalidad evangelizadora de la Iglesia y también de la
teología, y no se contenten con una teología de escritorio.
134. Las Universidades son un ámbito privilegiado para pensar y
desarrollar este empeño evangelizador de un modo interdisciplinario e
integrador. Las escuelas católicas, que intentan siempre conjugar la tarea
educativa con el anuncio explícito del Evangelio, constituyen un aporte
muy valioso a la evangelización de la cultura, aun en los países y ciudades
donde una situación adversa nos estimule a usar nuestra creatividad para
encontrar los caminos adecuados.111
II. La homilía
135. Consideremos ahora la predicación dentro de la liturgia, que requiere
una seria evaluación de parte de los Pastores. Me detendré
109 Cf. Propositio 17.
110 Cf. Propositio 30.
111 Cf. Propositio 27.
– 68 –
particularmente, y hasta con cierta meticulosidad, en la homilía y su
preparación, porque son muchos los reclamos que se dirigen en relación
con este gran ministerio y no podemos hacer oídos sordos. La homilía es la
piedra de toque para evaluar la cercanía y la capacidad de encuentro de un
Pastor con su pueblo. De hecho, sabemos que los fieles le dan mucha
importancia; y ellos, como los mismos ministros ordenados, muchas veces
sufren, unos al escuchar y otros al predicar. Es triste que así sea. La
homilía puede ser realmente una intensa y feliz experiencia del Espíritu, un
reconfortante encuentro con la Palabra, una fuente constante de
renovación y de crecimiento.
136. Renovemos nuestra confianza en la predicación, que se funda en la
convicción de que es Dios quien quiere llegar a los demás a través del
predicador y de que Él despliega su poder a través de la palabra humana.
San Pablo habla con fuerza sobre la necesidad de predicar, porque el Señor
ha querido llegar a los demás también mediante nuestra palabra (cf. Rm
10,14-17). Con la palabra, nuestro Señor se ganó el corazón de la gente.
Venían a escucharlo de todas partes (cf. Mc 1,45). Se quedaban
maravillados bebiendo sus enseñanzas (cf. Mc 6,2). Sentían que les
hablaba como quien tiene autoridad (cf. Mc 1,27). Con la palabra, los
Apóstoles, a los que instituyó «para que estuvieran con él, y para enviarlos
a predicar» (Mc 3,14), atrajeron al seno de la Iglesia a todos los pueblos (cf.
Mc 16,15.20).
El contexto litúrgico
137. Cabe recordar ahora que «la proclamación litúrgica de la Palabra de
Dios, sobre todo en el contexto de la asamblea eucarística, no es tanto un
momento de meditación y de catequesis, sino que es el diálogo de Dios con
su pueblo, en el cual son proclamadas las maravillas de la salvación y
propuestas siempre de nuevo las exigencias de la alianza».112 Hay una
valoración especial de la homilía que proviene de su contexto eucarístico,
que supera a toda catequesis por ser el momento más alto del diálogo entre
Dios y su pueblo, antes de la comunión sacramental. La homilía es un
112 JUAN PABLO II, Carta ap. Dies Domini (31 mayo 1998), 41: AAS 90 (1998), 738-739.
– 69 –
retomar ese diálogo que ya está entablado entre el Señor y su pueblo. El
que predica debe reconocer el corazón de su comunidad para buscar dónde
está vivo y ardiente el deseo de Dios, y también dónde ese diálogo, que era
amoroso, fue sofocado o no pudo dar fruto.
138. La homilía no puede ser un espectáculo entretenido, no responde a la
lógica de los recursos mediáticos, pero debe darle el fervor y el sentido a la
celebración. Es un género peculiar, ya que se trata de una predicación
dentro del marco de una celebración litúrgica; por consiguiente, debe ser
breve y evitar parecerse a una charla o una clase. El predicador puede ser
capaz de mantener el interés de la gente durante una hora, pero así su
palabra se vuelve más importante que la celebración de la fe. Si la homilía
se prolongara demasiado, afectaría dos características de la celebración
litúrgica: la armonía entre sus partes y el ritmo. Cuando la predicación se
realiza dentro del contexto de la liturgia, se incorpora como parte de la
ofrenda que se entrega al Padre y como mediación de la gracia que Cristo
derrama en la celebración. Este mismo contexto exige que la predicación
oriente a la asamblea, y también al predicador, a una comunión con Cristo
en la Eucaristía que transforme la vida. Esto reclama que la palabra del
predicador no ocupe un lugar excesivo, de manera que el Señor brille más
que el ministro.
La conversación de la madre
139. Dijimos que el Pueblo de Dios, por la constante acción del Espíritu en
él, se evangeliza continuamente a sí mismo. ¿Qué implica esta convicción
para el predicador? Nos recuerda que la Iglesia es madre y predica al
pueblo como una madre que le habla a su hijo, sabiendo que el hijo confía
que todo lo que se le enseñe será para bien porque se sabe amado.
Además, la buena madre sabe reconocer todo lo que Dios ha sembrado en
su hijo, escucha sus inquietudes y aprende de él. El espíritu de amor que
reina en una familia guía tanto a la madre como al hijo en sus diálogos,
donde se enseña y aprende, se corrige y se valora lo bueno; así también
ocurre en la homilía. El Espíritu, que inspiró los Evangelios y que actúa en
el Pueblo de Dios, inspira también cómo hay que escuchar la fe del pueblo
y cómo hay que predicar en cada Eucaristía. La prédica cristiana, por
– 70 –
tanto, encuentra en el corazón cultural del pueblo una fuente de agua viva
para saber lo que tiene que decir y para encontrar el modo como tiene que
decirlo. Así como a todos nos gusta que se nos hable en nuestra lengua
materna, así también en la fe nos gusta que se nos hable en clave de
«cultura materna», en clave de dialecto materno (cf. 2 M 7,21.27), y el
corazón se dispone a escuchar mejor. Esta lengua es un tono que
transmite ánimo, aliento, fuerza, impulso.
140. Este ámbito materno-eclesial en el que se desarrolla el diálogo del
Señor con su pueblo debe favorecerse y cultivarse mediante la cercanía
cordial del predicador, la calidez de su tono de voz, la mansedumbre del
estilo de sus frases, la alegría de sus gestos. Aun las veces que la homilía
resulte algo aburrida, si está presente este espíritu materno-eclesial,
siempre será fecunda, así como los aburridos consejos de una madre dan
fruto con el tiempo en el corazón de los hijos.
141. Uno se admira de los recursos que tenía el Señor para dialogar con su
pueblo, para revelar su misterio a todos, para cautivar a gente común con
enseñanzas tan elevadas y de tanta exigencia. Creo que el secreto se
esconde en esa mirada de Jesús hacia el pueblo, más allá de sus
debilidades y caídas: «No temas, pequeño rebaño, porque a vuestro Padre le
ha parecido bien daros el Reino» (Lc 12,32); Jesús predica con ese espíritu.
Bendice lleno de gozo en el Espíritu al Padre que le atrae a los pequeños:
«Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque habiendo
ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, se las has revelado a
pequeños» (Lc 10,21). El Señor se complace de verdad en dialogar con su
pueblo y al predicador le toca hacerle sentir este gusto del Señor a su
gente.
Palabras que hacen arder los corazones
142. Un diálogo es mucho más que la comunicación de una verdad. Se
realiza por el gusto de hablar y por el bien concreto que se comunica entre
los que se aman por medio de las palabras. Es un bien que no consiste en
cosas, sino en las personas mismas que mutuamente se dan en el diálogo.
La predicación puramente moralista o adoctrinadora, y también la que se
– 71 –
convierte en una clase de exégesis, reducen esta comunicación entre
corazones que se da en la homilía y que tiene que tener un carácter cuasi
sacramental: «La fe viene de la predicación, y la predicación, por la Palabra
de Cristo» (Rm 10,17). En la homilía, la verdad va de la mano de la belleza y
del bien. No se trata de verdades abstractas o de fríos silogismos, porque se
comunica también la belleza de las imágenes que el Señor utilizaba para
estimular a la práctica del bien. La memoria del pueblo fiel, como la de
María, debe quedar rebosante de las maravillas de Dios. Su corazón,
esperanzado en la práctica alegre y posible del amor que se le comunicó,
siente que toda palabra en la Escritura es primero don antes que exigencia.
143. El desafío de una prédica inculturada está en evangelizar la síntesis,
no ideas o valores sueltos. Donde está tu síntesis, allí está tu corazón. La
diferencia entre iluminar el lugar de síntesis e iluminar ideas sueltas es la
misma que hay entre el aburrimiento y el ardor del corazón. El predicador
tiene la hermosísima y difícil misión de aunar los corazones que se aman,
el del Señor y los de su pueblo. El diálogo entre Dios y su pueblo afianza
más la alianza entre ambos y estrecha el vínculo de la caridad. Durante el
tiempo que dura la homilía, los corazones de los creyentes hacen silencio y
lo dejan hablar a Él. El Señor y su pueblo se hablan de mil maneras
directamente, sin intermediarios. Pero en la homilía quieren que alguien
haga de instrumento y exprese los sentimientos, de manera tal que
después cada uno elija por dónde sigue su conversación. La palabra es
esencialmente mediadora y requiere no sólo de los dos que dialogan sino de
un predicador que la represente como tal, convencido de que «no nos
predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a
nosotros como siervos vuestros por Jesús» (2 Co 4,5).
144. Hablar de corazón implica tenerlo no sólo ardiente, sino iluminado por
la integridad de la Revelación y por el camino que esa Palabra ha recorrido
en el corazón de la Iglesia y de nuestro pueblo fiel a lo largo de su historia.
La identidad cristiana, que es ese abrazo bautismal que nos dio de
pequeños el Padre, nos hace anhelar, como hijos pródigos –y predilectos en
María–, el otro abrazo, el del Padre misericordioso que nos espera en la
gloria. Hacer que nuestro pueblo se sienta como en medio de estos dos
abrazos es la dura pero hermosa tarea del que predica el Evangelio.
– 72 –
III. La preparación de la predicación
145. La preparación de la predicación es una tarea tan importante que
conviene dedicarle un tiempo prolongado de estudio, oración, reflexión y
creatividad pastoral. Con mucho cariño quiero detenerme a proponer un
camino de preparación de la homilía. Son indicaciones que para algunos
podrán parecer obvias, pero considero conveniente sugerirlas para recordar
la necesidad de dedicar un tiempo de calidad a este precioso ministerio.
Algunos párrocos suelen plantear que esto no es posible debido a la
multitud de tareas que deben realizar; sin embargo, me atrevo a pedir que
todas las semanas se dedique a esta tarea un tiempo personal y
comunitario suficientemente prolongado, aunque deba darse menos tiempo
a otras tareas también importantes. La confianza en el Espíritu Santo que
actúa en la predicación no es meramente pasiva, sino activa y creativa.
Implica ofrecerse como instrumento (cf. Rm 12,1), con todas las propias
capacidades, para que puedan ser utilizadas por Dios. Un predicador que
no se prepara no es «espiritual»; es deshonesto e irresponsable con los
dones que ha recibido.
El culto a la verdad
146. El primer paso, después de invocar al Espíritu Santo, es prestar toda
la atención al texto bíblico, que debe ser el fundamento de la predicación.
Cuando uno se detiene a tratar de comprender cuál es el mensaje de un
texto, ejercita el «culto a la verdad».113 Es la humildad del corazón que
reconoce que la Palabra siempre nos trasciende, que no somos «ni los
dueños, ni los árbitros, sino los depositarios, los heraldos, los
servidores».114 Esa actitud de humilde y asombrada veneración de la
Palabra se expresa deteniéndose a estudiarla con sumo cuidado y con un
santo temor de manipularla. Para poder interpretar un texto bíblico hace
falta paciencia, abandonar toda ansiedad y darle tiempo, interés y
dedicación gratuita. Hay que dejar de lado cualquier preocupación que nos
113 PABLO VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 diciembre 1975), 78: AAS 68 (1976), 71.
114 Ibíd.
– 73 –
domine para entrar en otro ámbito de serena atención. No vale la pena
dedicarse a leer un texto bíblico si uno quiere obtener resultados rápidos,
fáciles o inmediatos. Por eso, la preparación de la predicación requiere
amor. Uno sólo le dedica un tiempo gratuito y sin prisa a las cosas o a las
personas que ama; y aquí se trata de amar a Dios que ha querido hablar. A
partir de ese amor, uno puede detenerse todo el tiempo que sea necesario,
con una actitud de discípulo: «Habla, Señor, que tu siervo escucha» (1 S
3,9).
147. Ante todo conviene estar seguros de comprender adecuadamente el
significado de las palabras que leemos. Quiero insistir en algo que parece
evidente pero que no siempre es tenido en cuenta: el texto bíblico que
estudiamos tiene dos mil o tres mil años, su lenguaje es muy distinto del
que utilizamos ahora. Por más que nos parezca entender las palabras, que
están traducidas a nuestra lengua, eso no significa que comprendemos
correctamente cuanto quería expresar el escritor sagrado. Son conocidos
los diversos recursos que ofrece el análisis literario: prestar atención a las
palabras que se repiten o se destacan, reconocer la estructura y el
dinamismo propio de un texto, considerar el lugar que ocupan los
personajes, etc. Pero la tarea no apunta a entender todos los pequeños
detalles de un texto, lo más importante es descubrir cuál es el mensaje
principal, el que estructura el texto y le da unidad. Si el predicador no
realiza este esfuerzo, es posible que su predicación tampoco tenga unidad
ni orden; su discurso será sólo una suma de diversas ideas desarticuladas
que no terminarán de movilizar a los demás. El mensaje central es aquello
que el autor en primer lugar ha querido transmitir, lo cual implica no sólo
reconocer una idea, sino también el efecto que ese autor ha querido
producir. Si un texto fue escrito para consolar, no debería ser utilizado
para corregir errores; si fue escrito para exhortar, no debería ser utilizado
para adoctrinar; si fue escrito para enseñar algo sobre Dios, no debería ser
utilizado para explicar diversas opiniones teológicas; si fue escrito para
motivar la alabanza o la tarea misionera, no lo utilicemos para informar
acerca de las últimas noticias.
148. Es verdad que, para entender adecuadamente el sentido del mensaje
central de un texto, es necesario ponerlo en conexión con la enseñanza de
– 74 –
toda la Biblia, transmitida por la Iglesia. Éste es un principio importante de
la interpretación bíblica, que tiene en cuenta que el Espíritu Santo no
inspiró sólo una parte, sino la Biblia entera, y que en algunas cuestiones el
pueblo ha crecido en su comprensión de la voluntad de Dios a partir de la
experiencia vivida. Así se evitan interpretaciones equivocadas o parciales,
que nieguen otras enseñanzas de las mismas Escrituras. Pero esto no
significa debilitar el acento propio y específico del texto que corresponde
predicar. Uno de los defectos de una predicación tediosa e ineficaz es
precisamente no poder transmitir la fuerza propia del texto que se ha
proclamado.
La personalización de la Palabra
149. El predicador «debe ser el primero en tener una gran familiaridad
personal con la Palabra de Dios: no le basta conocer su aspecto lingüístico
o exegético, que es también necesario; necesita acercarse a la Palabra con
un corazón dócil y orante, para que ella penetre a fondo en sus
pensamientos y sentimientos y engendre dentro de sí una mentalidad
nueva».115 Nos hace bien renovar cada día, cada domingo, nuestro fervor al
preparar la homilía, y verificar si en nosotros mismos crece el amor por la
Palabra que predicamos. No es bueno olvidar que «en particular, la mayor o
menor santidad del ministro influye realmente en el anuncio de la
Palabra».116 Como dice san Pablo, «predicamos no buscando agradar a los
hombres, sino a Dios, que examina nuestros corazones» (1 Ts 2,4). Si está
vivo este deseo de escuchar primero nosotros la Palabra que tenemos que
predicar, ésta se transmitirá de una manera u otra al Pueblo fiel de Dios:
«de la abundancia del corazón habla la boca» (Mt 12,34). Las lecturas del
domingo resonarán con todo su esplendor en el corazón del pueblo si
primero resonaron así en el corazón del Pastor.
150. Jesús se irritaba frente a esos pretendidos maestros, muy exigentes
con los demás, que enseñaban la Palabra de Dios, pero no se dejaban
iluminar por ella: «Atan cargas pesadas y las ponen sobre los hombros de
115 JUAN PABLO II, Exhort. ap. postsinodal Pastores dabo vobis (25 marzo 1992), 26: AAS 84 (1992),
698.
116 Ibíd., 25: AAS 84 (1992), 696.
– 75 –
los demás, mientras ellos no quieren moverlas ni siquiera con el dedo» (Mt
23,4). El Apóstol Santiago exhortaba: «No os hagáis maestros muchos de
vosotros, hermanos míos, sabiendo que tendremos un juicio más severo»
(3,1). Quien quiera predicar, primero debe estar dispuesto a dejarse
conmover por la Palabra y a hacerla carne en su existencia concreta. De
esta manera, la predicación consistirá en esa actividad tan intensa y
fecunda que es «comunicar a otros lo que uno ha contemplado».117 Por todo
esto, antes de preparar concretamente lo que uno va a decir en la
predicación, primero tiene que aceptar ser herido por esa Palabra que
herirá a los demás, porque es una Palabra viva y eficaz, que como una
espada, «penetra hasta la división del alma y el espíritu, articulaciones y
médulas, y escruta los sentimientos y pensamientos del corazón» (Hb 4,12).
Esto tiene un valor pastoral. También en esta época la gente prefiere
escuchar a los testigos: «tiene sed de autenticidad […] Exige a los
evangelizadores que le hablen de un Dios a quien ellos conocen y tratan
familiarmente como si lo estuvieran viendo».118
151. No se nos pide que seamos inmaculados, pero sí que estemos siempre
en crecimiento, que vivamos el deseo profundo de crecer en el camino del
Evangelio, y no bajemos los brazos. Lo indispensable es que el predicador
tenga la seguridad de que Dios lo ama, de que Jesucristo lo ha salvado, de
que su amor tiene siempre la última palabra. Ante tanta belleza, muchas
veces sentirá que su vida no le da gloria plenamente y deseará
sinceramente responder mejor a un amor tan grande. Pero si no se detiene
a escuchar esa Palabra con apertura sincera, si no deja que toque su
propia vida, que le reclame, que lo exhorte, que lo movilice, si no dedica un
tiempo para orar con esa Palabra, entonces sí será un falso profeta, un
estafador o un charlatán vacío. En todo caso, desde el reconocimiento de
su pobreza y con el deseo de comprometerse más, siempre podrá entregar a
Jesucristo, diciendo como Pedro: «No tengo plata ni oro, pero lo que tengo
te lo doy» (Hch 3,6). El Señor quiere usarnos como seres vivos, libres y
creativos, que se dejan penetrar por su Palabra antes de transmitirla; su
mensaje debe pasar realmente a través del predicador, pero no sólo por su
razón, sino tomando posesión de todo su ser. El Espíritu Santo, que inspiró
117 SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae II-II, q. 188, art. 6.
118 PABLO VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 diciembre 1975), 76: AAS 68 (1976), 68.
– 76 –
la Palabra, es quien «hoy, igual que en los comienzos de la Iglesia, actúa en
cada evangelizador que se deja poseer y conducir por Él, y pone en sus
labios las palabras que por sí solo no podría hallar».119
La lectura espiritual
152. Hay una forma concreta de escuchar lo que el Señor nos quiere decir
en su Palabra y de dejarnos transformar por el Espíritu. Es lo que
llamamos «lectio divina». Consiste en la lectura de la Palabra de Dios en un
momento de oración para permitirle que nos ilumine y nos renueve. Esta
lectura orante de la Biblia no está separada del estudio que realiza el
predicador para descubrir el mensaje central del texto; al contrario, debe
partir de allí, para tratar de descubrir qué le dice ese mismo mensaje a la
propia vida. La lectura espiritual de un texto debe partir de su sentido
literal. De otra manera, uno fácilmente le hará decir a ese texto lo que le
conviene, lo que le sirva para confirmar sus propias decisiones, lo que se
adapta a sus propios esquemas mentales. Esto, en definitiva, será utilizar
algo sagrado para el propio beneficio y trasladar esa confusión al Pueblo de
Dios. Nunca hay que olvidar que a veces «el mismo Satanás se disfraza de
ángel de luz» (2 Co 11,14).
153. En la presencia de Dios, en una lectura reposada del texto, es bueno
preguntar, por ejemplo: «Señor, ¿qué me dice a mí este texto? ¿Qué quieres
cambiar de mi vida con este mensaje? ¿Qué me molesta en este texto? ¿Por
qué esto no me interesa?», o bien: «¿Qué me agrada? ¿Qué me estimula de
esta Palabra? ¿Qué me atrae? ¿Por qué me atrae?». Cuando uno intenta
escuchar al Señor, suele haber tentaciones. Una de ellas es simplemente
sentirse molesto o abrumado y cerrarse; otra tentación muy común es
comenzar a pensar lo que el texto dice a otros, para evitar aplicarlo a la
propia vida. También sucede que uno comienza a buscar excusas que le
permitan diluir el mensaje específico de un texto. Otras veces pensamos
que Dios nos exige una decisión demasiado grande, que no estamos todavía
en condiciones de tomar. Esto lleva a muchas personas a perder el gozo en
su encuentro con la Palabra, pero sería olvidar que nadie es más paciente
119 Ibíd., 75: AAS 68 (1976), 65.
– 77 –
que el Padre Dios, que nadie comprende y espera como Él. Invita siempre a
dar un paso más, pero no exige una respuesta plena si todavía no hemos
recorrido el camino que la hace posible. Simplemente quiere que miremos
con sinceridad la propia existencia y la presentemos sin mentiras ante sus
ojos, que estemos dispuestos a seguir creciendo, y que le pidamos a Él lo
que todavía no podemos lograr.
Un oído en el pueblo
154. El predicador necesita también poner un oído en el pueblo, para
descubrir lo que los fieles necesitan escuchar. Un predicador es un
contemplativo de la Palabra y también un contemplativo del pueblo. De esa
manera, descubre «las aspiraciones, las riquezas y los límites, las maneras
de orar, de amar, de considerar la vida y el mundo, que distinguen a tal o
cual conjunto humano», prestando atención «al pueblo concreto con sus
signos y símbolos, y respondiendo a las cuestiones que plantea».120 Se trata
de conectar el mensaje del texto bíblico con una situación humana, con
algo que ellos viven, con una experiencia que necesite la luz de la Palabra.
Esta preocupación no responde a una actitud oportunista o diplomática,
sino que es profundamente religiosa y pastoral. En el fondo es una
«sensibilidad espiritual para leer en los acontecimientos el mensaje de
Dios»121 y esto es mucho más que encontrar algo interesante para decir. Lo
que se procura descubrir es «lo que el Señor desea decir en una
determinada circunstancia».122 Entonces, la preparación de la predicación
se convierte en un ejercicio de discernimiento evangélico, donde se intenta
reconocer –a la luz del Espíritu– «una llamada que Dios hace oír en una
situación histórica determinada; en ella y por medio de ella Dios llama al
creyente».123
155. En esta búsqueda es posible acudir simplemente a alguna experiencia
humana frecuente, como la alegría de un reencuentro, las desilusiones, el
miedo a la soledad, la compasión por el dolor ajeno, la inseguridad ante el
120 Ibíd., 63: AAS 68 (1976), 53.
121 Ibíd., 43: AAS 68 (1976), 33.
122 Ibíd.
123 JUAN PABLO II, Exhort. ap. postsinodal Pastores dabo vobis (25 marzo 1992), 10: AAS 84 (1992),
672.
– 78 –
futuro, la preocupación por un ser querido, etc.; pero hace falta ampliar la
sensibilidad para reconocer lo que tenga que ver realmente con la vida de
ellos. Recordemos que nunca hay que responder preguntas que nadie se
hace; tampoco conviene ofrecer crónicas de la actualidad para despertar
interés: para eso ya están los programas televisivos. En todo caso, es
posible partir de algún hecho para que la Palabra pueda resonar con fuerza
en su invitación a la conversión, a la adoración, a actitudes concretas de
fraternidad y de servicio, etc., porque a veces algunas personas disfrutan
escuchando comentarios sobre la realidad en la predicación, pero no por
ello se dejan interpelar personalmente.
Recursos pedagógicos
156. Algunos creen que pueden ser buenos predicadores por saber lo que
tienen que decir, pero descuidan el cómo, la forma concreta de desarrollar
una predicación. Se quejan cuando los demás no los escuchan o no los
valoran, pero quizás no se han empeñado en buscar la forma adecuada de
presentar el mensaje. Recordemos que «la evidente importancia del
contenido no debe hacer olvidar la importancia de los métodos y medios de
la evangelización».124 La preocupación por la forma de predicar también es
una actitud profundamente espiritual. Es responder al amor de Dios,
entregándonos con todas nuestras capacidades y nuestra creatividad a la
misión que Él nos confía; pero también es un ejercicio exquisito de amor al
prójimo, porque no queremos ofrecer a los demás algo de escasa calidad.
En la Biblia, por ejemplo, encontramos la recomendación de preparar la
predicación en orden a asegurar una extensión adecuada: «Resume tu
discurso. Di mucho en pocas palabras» (Si 32,8).
157. Sólo para ejemplificar, recordemos algunos recursos prácticos, que
pueden enriquecer una predicación y volverla más atractiva. Uno de los
esfuerzos más necesarios es aprender a usar imágenes en la predicación,
es decir, a hablar con imágenes. A veces se utilizan ejemplos para hacer
más comprensible algo que se quiere explicar, pero esos ejemplos suelen
apuntar sólo al entendimiento; las imágenes, en cambio, ayudan a valorar
124 PABLO VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 diciembre 1975), 40: AAS 68 (1976), 31.
– 79 –
y aceptar el mensaje que se quiere transmitir. Una imagen atractiva hace
que el mensaje se sienta como algo familiar, cercano, posible, conectado
con la propia vida. Una imagen bien lograda puede llevar a gustar el
mensaje que se quiere transmitir, despierta un deseo y motiva a la
voluntad en la dirección del Evangelio. Una buena homilía, como me decía
un viejo maestro, debe contener «una idea, un sentimiento, una imagen».
158. Ya decía Pablo VI que los fieles «esperan mucho de esta predicación y
sacan fruto de ella con tal que sea sencilla, clara, directa, acomodada».125
La sencillez tiene que ver con el lenguaje utilizado. Debe ser el lenguaje que
comprenden los destinatarios para no correr el riesgo de hablar al vacío.
Frecuentemente sucede que los predicadores usan palabras que
aprendieron en sus estudios y en determinados ambientes, pero que no son
parte del lenguaje común de las personas que los escuchan. Hay palabras
propias de la teología o de la catequesis, cuyo sentido no es comprensible
para la mayoría de los cristianos. El mayor riesgo para un predicador es
acostumbrarse a su propio lenguaje y pensar que todos los demás lo usan
y lo comprenden espontáneamente. Si uno quiere adaptarse al lenguaje de
los demás para poder llegar a ellos con la Palabra, tiene que escuchar
mucho, necesita compartir la vida de la gente y prestarle una gustosa
atención. La sencillez y la claridad son dos cosas diferentes. El lenguaje
puede ser muy sencillo, pero la prédica puede ser poco clara. Se puede
volver incomprensible por el desorden, por su falta de lógica, o porque trata
varios temas al mismo tiempo. Por lo tanto, otra tarea necesaria es
procurar que la predicación tenga unidad temática, un orden claro y una
conexión entre las frases, de manera que las personas puedan seguir
fácilmente al predicador y captar la lógica de lo que les dice.
159. Otra característica es el lenguaje positivo. No dice tanto lo que no hay
que hacer sino que propone lo que podemos hacer mejor. En todo caso, si
indica algo negativo, siempre intenta mostrar también un valor positivo que
atraiga, para no quedarse en la queja, el lamento, la crítica o el
remordimiento. Además, una predicación positiva siempre da esperanza,
orienta hacia el futuro, no nos deja encerrados en la negatividad. ¡Qué
125 Ibíd., 43: AAS 68 (1976), 33.
– 80 –
bueno que sacerdotes, diáconos y laicos se reúnan periódicamente para
encontrar juntos los recursos que hacen más atractiva la predicación!
IV. Una evangelización para la profundización del kerygma
160. El envío misionero del Señor incluye el llamado al crecimiento de la fe
cuando indica: «enseñándoles a observar todo lo que os he mandado» (Mt
28,20). Así queda claro que el primer anuncio debe provocar también un
camino de formación y de maduración. La evangelización también busca el
crecimiento, que implica tomarse muy en serio a cada persona y el proyecto
que Dios tiene sobre ella. Cada ser humano necesita más y más de Cristo,
y la evangelización no debería consentir que alguien se conforme con poco,
sino que pueda decir plenamente: «Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en
mí» (Ga 2,20).
161. No sería correcto interpretar este llamado al crecimiento exclusiva o
prioritariamente como una formación doctrinal. Se trata de «observar» lo
que el Señor nos ha indicado, como respuesta a su amor, donde se
destaca, junto con todas las virtudes, aquel mandamiento nuevo que es el
primero, el más grande, el que mejor nos identifica como discípulos: «Éste
es mi mandamiento, que os améis unos a otros como yo os he amado» (Jn
15,12). Es evidente que cuando los autores del Nuevo Testamento quieren
reducir a una última síntesis, a lo más esencial, el mensaje moral cristiano,
nos presentan la exigencia ineludible del amor al prójimo: «Quien ama al
prójimo ya ha cumplido la ley […] De modo que amar es cumplir la ley
entera» (Rm 13,8.10). Así san Pablo, para quien el precepto del amor no
sólo resume la ley sino que constituye su corazón y razón de ser: «Toda la
ley alcanza su plenitud en este solo precepto: Amarás a tu prójimo como a ti
mismo» (Ga 5,14). Y presenta a sus comunidades la vida cristiana como un
camino de crecimiento en el amor: «Que el Señor os haga progresar y
sobreabundar en el amor de unos con otros, y en el amor para con todos»
(1 Ts 3,12). También Santiago exhorta a los cristianos a cumplir «la ley real
según la Escritura: Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (2,8), para no
fallar en ningún precepto.
– 81 –
162. Por otra parte, este camino de respuesta y de crecimiento está
siempre precedido por el don, porque lo antecede aquel otro pedido del
Señor: «bautizándolos en el nombre…» (Mt 28,19). La filiación que el Padre
regala gratuitamente y la iniciativa del don de su gracia (cf. Ef 2,8-9; 1 Co
4,7) son la condición de posibilidad de esta santificación constante que
agrada a Dios y le da gloria. Se trata de dejarse transformar en Cristo por
una progresiva vida «según el Espíritu» (Rm 8,5).
Una catequesis kerygmática y mistagógica
163. La educación y la catequesis están al servicio de este crecimiento. Ya
contamos con varios textos magisteriales y subsidios sobre la catequesis
ofrecidos por la Santa Sede y por diversos episcopados. Recuerdo la
Exhortación apostólica Catechesi Tradendae (1979), el Directorio general
para la catequesis (1997) y otros documentos cuyo contenido actual no es
necesario repetir aquí. Quisiera detenerme sólo en algunas consideraciones
que me parece conveniente destacar.
164. Hemos redescubierto que también en la catequesis tiene un rol
fundamental el primer anuncio o «kerygma», que debe ocupar el centro de
la actividad evangelizadora y de todo intento de renovación eclesial. El
kerygma es trinitario. Es el fuego del Espíritu que se dona en forma de
lenguas y nos hace creer en Jesucristo, que con su muerte y resurrección
nos revela y nos comunica la misericordia infinita del Padre. En la boca del
catequista vuelve a resonar siempre el primer anuncio: «Jesucristo te ama,
dio su vida para salvarte, y ahora está vivo a tu lado cada día, para
iluminarte, para fortalecerte, para liberarte». Cuando a este primer anuncio
se le llama «primero», eso no significa que está al comienzo y después se
olvida o se reemplaza por otros contenidos que lo superan. Es el primero en
un sentido cualitativo, porque es el anuncio principal, ese que siempre hay
que volver a escuchar de diversas maneras y ese que siempre hay que
volver a anunciar de una forma o de otra a lo largo de la catequesis, en
todas sus etapas y momentos.126 Por ello también «el sacerdote, como la
126 Cf. Propositio 9.
– 82 –
Iglesia, debe crecer en la conciencia de su permanente necesidad de ser
evangelizado».127
165. No hay que pensar que en la catequesis el kerygma es abandonado en
pos de una formación supuestamente más «sólida». Nada hay más sólido,
más profundo, más seguro, más denso y más sabio que ese anuncio. Toda
formación cristiana es ante todo la profundización del kerygma que se va
haciendo carne cada vez más y mejor, que nunca deja de iluminar la tarea
catequística, y que permite comprender adecuadamente el sentido de
cualquier tema que se desarrolle en la catequesis. Es el anuncio que
responde al anhelo de infinito que hay en todo corazón humano. La
centralidad del kerygma demanda ciertas características del anuncio que
hoy son necesarias en todas partes: que exprese el amor salvífico de Dios
previo a la obligación moral y religiosa, que no imponga la verdad y que
apele a la libertad, que posea unas notas de alegría, estímulo, vitalidad, y
una integralidad armoniosa que no reduzca la predicación a unas pocas
doctrinas a veces más filosóficas que evangélicas. Esto exige al
evangelizador ciertas actitudes que ayudan a acoger mejor el anuncio:
cercanía, apertura al diálogo, paciencia, acogida cordial que no condena.
166. Otra característica de la catequesis, que se ha desarrollado en las
últimas décadas, es la de una iniciación mistagógica,128 que significa
básicamente dos cosas: la necesaria progresividad de la experiencia
formativa donde interviene toda la comunidad y una renovada valoración
de los signos litúrgicos de la iniciación cristiana. Muchos manuales y
planificaciones todavía no se han dejado interpelar por la necesidad de una
renovación mistagógica, que podría tomar formas muy diversas de acuerdo
con el discernimiento de cada comunidad educativa. El encuentro
catequístico es un anuncio de la Palabra y está centrado en ella, pero
siempre necesita una adecuada ambientación y una atractiva motivación,
el uso de símbolos elocuentes, su inserción en un amplio proceso de
crecimiento y la integración de todas las dimensiones de la persona en un
camino comunitario de escucha y de respuesta.
127 JUAN PABLO II, Exhort. ap. postsinodal Pastores dabo vobis (25 marzo 1992), 26: AAS 84 (1992),
698.
128 Cf. Propositio 38.
– 83 –
167. Es bueno que toda catequesis preste una especial atención al «camino
de la belleza» (via pulchritudinis).129 Anunciar a Cristo significa mostrar que
creer en Él y seguirlo no es sólo algo verdadero y justo, sino también bello,
capaz de colmar la vida de un nuevo resplandor y de un gozo profundo,
aun en medio de las pruebas. En esta línea, todas las expresiones de
verdadera belleza pueden ser reconocidas como un sendero que ayuda a
encontrarse con el Señor Jesús. No se trata de fomentar un relativismo
estético,130 que pueda oscurecer el lazo inseparable entre verdad, bondad y
belleza, sino de recuperar la estima de la belleza para poder llegar al
corazón humano y hacer resplandecer en él la verdad y la bondad del
Resucitado. Si, como dice san Agustín, nosotros no amamos sino lo que es
bello,131 el Hijo hecho hombre, revelación de la infinita belleza, es
sumamente amable, y nos atrae hacia sí con lazos de amor. Entonces se
vuelve necesario que la formación en la via pulchritudinis esté inserta en la
transmisión de la fe. Es deseable que cada Iglesia particular aliente el uso
de las artes en su tarea evangelizadora, en continuidad con la riqueza del
pasado, pero también en la vastedad de sus múltiples expresiones
actuales, en orden a transmitir la fe en un nuevo «lenguaje parabólico».132
Hay que atreverse a encontrar los nuevos signos, los nuevos símbolos, una
nueva carne para la transmisión de la Palabra, las formas diversas de
belleza que se valoran en diferentes ámbitos culturales, e incluso aquellos
modos no convencionales de belleza, que pueden ser poco significativos
para los evangelizadores, pero que se han vuelto particularmente atractivos
para otros.
168. En lo que se refiere a la propuesta moral de la catequesis, que invita a
crecer en fidelidad al estilo de vida del Evangelio, conviene manifestar
siempre el bien deseable, la propuesta de vida, de madurez, de realización,
de fecundidad, bajo cuya luz puede comprenderse nuestra denuncia de los
males que pueden oscurecerla. Más que como expertos en diagnósticos
apocalípticos u oscuros jueces que se ufanan en detectar todo peligro o
129 Cf. Propositio 20.
130 Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Decreto Inter mirifica, sobre los medios de comunicación social, 6.
131 Cf. De musica, VI, XIII, 38: PL 32, 1183-1184; Confes., IV, XIII, 20: PL 32, 701.
132 BENEDICTO XVI, Discurso en ocasión de la proyección del documental «Arte y fe – via
pulchritudinis» (25 octubre 2012): L’Osservatore Romano (27 octubre 2012), 7.
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desviación, es bueno que puedan vernos como alegres mensajeros de
propuestas superadoras, custodios del bien y la belleza que resplandecen
en una vida fiel al Evangelio.
El acompañamiento personal de los procesos de crecimiento
169. En una civilización paradójicamente herida de anonimato y, a la vez
obsesionada por los detalles de la vida de los demás, impudorosamente
enferma de curiosidad malsana, la Iglesia necesita la mirada cercana para
contemplar, conmoverse y detenerse ante el otro cuantas veces sea
necesario. En este mundo los ministros ordenados y los demás agentes
pastorales pueden hacer presente la fragancia de la presencia cercana de
Jesús y su mirada personal. La Iglesia tendrá que iniciar a sus hermanos –
sacerdotes, religiosos y laicos– en este «arte del acompañamiento», para que
todos aprendan siempre a quitarse las sandalias ante la tierra sagrada del
otro (cf. Ex 3,5). Tenemos que darle a nuestro caminar el ritmo sanador de
projimidad, con una mirada respetuosa y llena de compasión pero que al
mismo tiempo sane, libere y aliente a madurar en la vida cristiana.
170. Aunque suene obvio, el acompañamiento espiritual debe llevar más y
más a Dios, en quien podemos alcanzar la verdadera libertad. Algunos se
creen libres cuando caminan al margen de Dios, sin advertir que se quedan
existencialmente huérfanos, desamparados, sin un hogar donde retornar
siempre. Dejan de ser peregrinos y se convierten en errantes, que giran
siempre en torno a sí mismos sin llegar a ninguna parte. El
acompañamiento sería contraproducente si se convirtiera en una suerte de
terapia que fomente este encierro de las personas en su inmanencia y deje
de ser una peregrinación con Cristo hacia el Padre.
171. Más que nunca necesitamos de hombres y mujeres que, desde su
experiencia de acompañamiento, conozcan los procesos donde campea la
prudencia, la capacidad de comprensión, el arte de esperar, la docilidad al
Espíritu, para cuidar entre todos a las ovejas que se nos confían de los
lobos que intentan disgregar el rebaño. Necesitamos ejercitarnos en el arte
de escuchar, que es más que oír. Lo primero, en la comunicación con el
otro, es la capacidad del corazón que hace posible la proximidad, sin la
– 85 –
cual no existe un verdadero encuentro espiritual. La escucha nos ayuda a
encontrar el gesto y la palabra oportuna que nos desinstala de la tranquila
condición de espectadores. Sólo a partir de esta escucha respetuosa y
compasiva se pueden encontrar los caminos de un genuino crecimiento,
despertar el deseo del ideal cristiano, las ansias de responder plenamente
al amor de Dios y el anhelo de desarrollar lo mejor que Dios ha sembrado
en la propia vida. Pero siempre con la paciencia de quien sabe aquello que
enseñaba santo Tomás de Aquino: que alguien puede tener la gracia y la
caridad, pero no ejercitar bien alguna de las virtudes «a causa de algunas
inclinaciones contrarias» que persisten.133 Es decir, la organicidad de las
virtudes se da siempre y necesariamente «in habitu», aunque los
condicionamientos puedan dificultar las operaciones de esos hábitos
virtuosos. De ahí que haga falta «una pedagogía que lleve a las personas,
paso a paso, a la plena asimilación del misterio».134 Para llegar a un punto
de madurez, es decir, para que las personas sean capaces de decisiones
verdaderamente libres y responsables, es preciso dar tiempo, con una
inmensa paciencia. Como decía el beato Pedro Fabro: «El tiempo es el
mensajero de Dios».
172. El acompañante sabe reconocer que la situación de cada sujeto ante
Dios y su vida en gracia es un misterio que nadie puede conocer
plenamente desde afuera. El Evangelio nos propone corregir y ayudar a
crecer a una persona a partir del reconocimiento de la maldad objetiva de
sus acciones (cf. Mt 18,15), pero sin emitir juicios sobre su responsabilidad
y su culpabilidad (cf. Mt 7,1; Lc 6,37). De todos modos, un buen
acompañante no consiente los fatalismos o la pusilanimidad. Siempre invita
a querer curarse, a cargar la camilla, a abrazar la cruz, a dejarlo todo, a salir
siempre de nuevo a anunciar el Evangelio. La propia experiencia de dejarnos
acompañar y curar, capaces de expresar con total sinceridad nuestra vida
ante quien nos acompaña, nos enseña a ser pacientes y compasivos con los
demás y nos capacita para encontrar las maneras de despertar su
confianza, su apertura y su disposición para crecer.
133 Summa Theologiae I-II q. 65, art. 3, ad 2: «propter aliquas dispositiones contrarias».
134 JUAN PABLO II, Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in Asia (6 noviembre 1999), 20: AAS 92 (2000),
481.
– 86 –
173. El auténtico acompañamiento espiritual siempre se inicia y se lleva
adelante en el ámbito del servicio a la misión evangelizadora. La relación de
Pablo con Timoteo y Tito es ejemplo de este acompañamiento y formación en
medio de la acción apostólica. Al mismo tiempo que les confía la misión de
quedarse en cada ciudad para «terminar de organizarlo todo» (Tt 1,5; cf. 1 Tm
1,3-5), les da criterios para la vida personal y para la acción pastoral. Esto se
distingue claramente de todo tipo de acompañamiento intimista, de
autorrealización aislada. Los discípulos misioneros acompañan a los
discípulos misioneros.
En torno a la Palabra de Dios
174. No sólo la homilía debe alimentarse de la Palabra de Dios. Toda la
evangelización está fundada sobre ella, escuchada, meditada, vivida,
celebrada y testimoniada. Las Sagradas Escrituras son fuente de la
evangelización. Por lo tanto, hace falta formarse continuamente en la
escucha de la Palabra. La Iglesia no evangeliza si no se deja continuamente
evangelizar. Es indispensable que la Palabra de Dios «sea cada vez más el
corazón de toda actividad eclesial».135 La Palabra de Dios escuchada y
celebrada, sobre todo en la Eucaristía, alimenta y refuerza interiormente a
los cristianos y los vuelve capaces de un auténtico testimonio evangélico en
la vida cotidiana. Ya hemos superado aquella vieja contraposición entre
Palabra y Sacramento. La Palabra proclamada, viva y eficaz, prepara la
recepción del Sacramento, y en el Sacramento esa Palabra alcanza su
máxima eficacia.
175. El estudio de las Sagradas Escrituras debe ser una puerta abierta a
todos los creyentes.136 Es fundamental que la Palabra revelada fecunde
radicalmente la catequesis y todos los esfuerzos por transmitir la fe.137 La
evangelización requiere la familiaridad con la Palabra de Dios y esto exige a
las diócesis, parroquias y a todas las agrupaciones católicas, proponer un
estudio serio y perseverante de la Biblia, así como promover su lectura
135 BENEDICTO XVI, Exhort. ap. postsinodal Verbum Domini (30 septiembre 2010), 1: AAS 102
(2010), 682.
136 Cf. Propositio 11.
137 Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre la divina Revelación, 21-22.
– 87 –
orante personal y comunitaria.138 Nosotros no buscamos a tientas ni
necesitamos esperar que Dios nos dirija la palabra, porque realmente «Dios
ha hablado, ya no es el gran desconocido sino que se ha mostrado».139
Acojamos el sublime tesoro de la Palabra revelada.
138 Cf. BENEDICTO XVI, Exhort. ap. postsinodal Verbum Domini (30 septiembre 2010), 86-87: AAS
102 (2010), 757-760.
139 BENEDICTO XVI, Discurso durante la primera Congregación general del Sínodo de los Obispos (8
octubre 2012): AAS 104 (2012), 896.
– 88 –
Capítulo cuarto
La dimensión social de la evangelización
176. Evangelizar es hacer presente en el mundo el Reino de Dios. Pero
«ninguna definición parcial o fragmentaria refleja la realidad rica, compleja
y dinámica que comporta la evangelización, si no es con el riesgo de
empobrecerla e incluso mutilarla».140 Ahora quisiera compartir mis
inquietudes acerca de la dimensión social de la evangelización
precisamente porque, si esta dimensión no está debidamente explicitada,
siempre se corre el riesgo de desfigurar el sentido auténtico e integral que
tiene la misión evangelizadora.
I. Las repercusiones comunitarias y sociales del kerygma
177. El kerygma tiene un contenido ineludiblemente social: en el corazón
mismo del Evangelio está la vida comunitaria y el compromiso con los
otros. El contenido del primer anuncio tiene una inmediata repercusión
moral cuyo centro es la caridad.
Confesión de la fe y compromiso social
178. Confesar a un Padre que ama infinitamente a cada ser humano
implica descubrir que «con ello le confiere una dignidad infinita».141
Confesar que el Hijo de Dios asumió nuestra carne humana significa que
cada persona humana ha sido elevada al corazón mismo de Dios. Confesar
que Jesús dio su sangre por nosotros nos impide conservar alguna duda
acerca del amor sin límites que ennoblece a todo ser humano. Su
redención tiene un sentido social porque «Dios, en Cristo, no redime
solamente la persona individual, sino también las relaciones sociales entre
los hombres».142 Confesar que el Espíritu Santo actúa en todos implica
reconocer que Él procura penetrar toda situación humana y todos los
vínculos sociales: «El Espíritu Santo posee una inventiva infinita, propia de
140 PABLO VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 diciembre 1975), 17: AAS 68 (1976), 17.
141 JUAN PABLO II, Mensaje a los discapacitados, Ángelus (16 noviembre1980): Insegnamenti 3/2
(1980), 1232.
142 PONTIFICIO CONSEJO «JUSTICIA Y PAZ», Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 52.
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una mente divina, que provee a desatar los nudos de los sucesos humanos,
incluso los más complejos e impenetrables».143 La evangelización procura
cooperar también con esa acción liberadora del Espíritu. El misterio mismo
de la Trinidad nos recuerda que fuimos hechos a imagen de esa comunión
divina, por lo cual no podemos realizarnos ni salvarnos solos. Desde el
corazón del Evangelio reconocemos la íntima conexión que existe entre
evangelización y promoción humana, que necesariamente debe expresarse
y desarrollarse en toda acción evangelizadora. La aceptación del primer
anuncio, que invita a dejarse amar por Dios y a amarlo con el amor que Él
mismo nos comunica, provoca en la vida de la persona y en sus acciones
una primera y fundamental reacción: desear, buscar y cuidar el bien de los
demás.
179. Esta inseparable conexión entre la recepción del anuncio salvífico y
un efectivo amor fraterno está expresada en algunos textos de las
Escrituras que conviene considerar y meditar detenidamente para extraer
de ellos todas sus consecuencias. Es un mensaje al cual frecuentemente
nos acostumbramos, lo repetimos casi mecánicamente, pero no nos
aseguramos de que tenga una real incidencia en nuestras vidas y en
nuestras comunidades. ¡Qué peligroso y qué dañino es este
acostumbramiento que nos lleva a perder el asombro, la cautivación, el
entusiasmo por vivir el Evangelio de la fraternidad y la justicia! La Palabra
de Dios enseña que en el hermano está la permanente prolongación de la
Encarnación para cada uno de nosotros: «Lo que hicisteis a uno de estos
hermanos míos más pequeños, lo hicisteis a mí» (Mt 25,40). Lo que
hagamos con los demás tiene una dimensión trascendente: «Con la medida
con que midáis, se os medirá» (Mt 7,2); y responde a la misericordia divina
con nosotros: «Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo. No
juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados;
perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará […] Con la medida con que
midáis, se os medirá» (Lc 6,36-38). Lo que expresan estos textos es la
absoluta prioridad de la «salida de sí hacia el hermano» como uno de los
dos mandamientos principales que fundan toda norma moral y como el
signo más claro para discernir acerca del camino de crecimiento espiritual
143 JUAN PABLO II, Catequesis (24 abril 1991): Insegnamenti 14/1 (1991), 853.
– 90 –
en respuesta a la donación absolutamente gratuita de Dios. Por eso mismo
«el servicio de la caridad es también una dimensión constitutiva de la
misión de la Iglesia y expresión irrenunciable de su propia esencia».144 Así
como la Iglesia es misionera por naturaleza, también brota ineludiblemente
de esa naturaleza la caridad efectiva con el prójimo, la compasión que
comprende, asiste y promueve.
El Reino que nos reclama
180. Leyendo las Escrituras queda por demás claro que la propuesta del
Evangelio no es sólo la de una relación personal con Dios. Nuestra
respuesta de amor tampoco debería entenderse como una mera suma de
pequeños gestos personales dirigidos a algunos individuos necesitados, lo
cual podría constituir una «caridad a la carta», una serie de acciones
tendentes sólo a tranquilizar la propia conciencia. La propuesta es el Reino
de Dios (cf. Lc 4,43); se trata de amar a Dios que reina en el mundo. En la
medida en que Él logre reinar entre nosotros, la vida social será ámbito de
fraternidad, de justicia, de paz, de dignidad para todos. Entonces, tanto el
anuncio como la experiencia cristiana tienden a provocar consecuencias
sociales. Buscamos su Reino: «Buscad ante todo el Reino de Dios y su
justicia, y todo lo demás vendrá por añadidura» (Mt 6,33). El proyecto de
Jesús es instaurar el Reino de su Padre; Él pide a sus discípulos:
«¡Proclamad que está llegando el Reino de los cielos!» (Mt 10,7).
181. El Reino que se anticipa y crece entre nosotros lo toca todo y nos
recuerda aquel principio de discernimiento que Pablo VI proponía con
relación al verdadero desarrollo: «Todos los hombres y todo el hombre».145
Sabemos que «la evangelización no sería completa si no tuviera en cuenta
la interpelación recíproca que en el curso de los tiempos se establece entre
el Evangelio y la vida concreta, personal y social del hombre».146 Se trata
del criterio de universalidad, propio de la dinámica del Evangelio, ya que el
Padre desea que todos los hombres se salven y su plan de salvación
consiste en «recapitular todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, bajo
144 BENEDICTO XVI, Motu proprio Intima Ecclesiae natura (11 noviembre 2012): AAS 104 (2012),
996.
145 Carta enc. Populorum Progressio (26 marzo 1967), 14: AAS 59 (1967), 264.
146 PABLO VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 diciembre 1975), 29: AAS 68 (1976), 25.
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un solo jefe, que es Cristo» (Ef 1,10). El mandato es: «Id por todo el mundo,
anunciad la Buena Noticia a toda la creación» (Mc 16,15), porque «toda la
creación espera ansiosamente esta revelación de los hijos de Dios» (Rm
8,19). Toda la creación quiere decir también todos los aspectos de la vida
humana, de manera que «la misión del anuncio de la Buena Nueva de
Jesucristo tiene una destinación universal. Su mandato de caridad abraza
todas las dimensiones de la existencia, todas las personas, todos los
ambientes de la convivencia y todos los pueblos. Nada de lo humano le
puede resultar extraño»147. La verdadera esperanza cristiana, que busca el
Reino escatológico, siempre genera historia.
La enseñanza de la Iglesia sobre cuestiones sociales
182. Las enseñanzas de la Iglesia sobre situaciones contingentes están
sujetas a mayores o nuevos desarrollos y pueden ser objeto de discusión,
pero no podemos evitar ser concretos –sin pretender entrar en detalles–
para que los grandes principios sociales no se queden en meras
generalidades que no interpelan a nadie. Hace falta sacar sus
consecuencias prácticas para que «puedan incidir eficazmente también en
las complejas situaciones actuales».148 Los Pastores, acogiendo los aportes
de las distintas ciencias, tienen derecho a emitir opiniones sobre todo
aquello que afecte a la vida de las personas, ya que la tarea evangelizadora
implica y exige una promoción integral de cada ser humano. Ya no se
puede decir que la religión debe recluirse en el ámbito privado y que está
sólo para preparar las almas para el cielo. Sabemos que Dios quiere la
felicidad de sus hijos también en esta tierra, aunque estén llamados a la
plenitud eterna, porque Él creó todas las cosas «para que las disfrutemos»
(1 Tm 6,17), para que todos puedan disfrutarlas. De ahí que la conversión
cristiana exija revisar «especialmente todo lo que pertenece al orden social
y a la obtención del bien común».149
183. Por consiguiente, nadie puede exigirnos que releguemos la religión a
147 V CONFERENCIA GENERAL DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO Y DEL CARIBE, Documento de
Aparecida, 380.
148 PONTIFICIO CONSEJO «JUSTICIA Y PAZ», Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 9.
149 JUAN PABLO II, Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in America (22 enero 1999), 27: AAS 91 (1999),
762.
– 92 –
la intimidad secreta de las personas, sin influencia alguna en la vida social
y nacional, sin preocuparnos por la salud de las instituciones de la
sociedad civil, sin opinar sobre los acontecimientos que afectan a los
ciudadanos. ¿Quién pretendería encerrar en un templo y acallar el mensaje
de san Francisco de Asís y de la beata Teresa de Calcuta? Ellos no podrían
aceptarlo. Una auténtica fe –que nunca es cómoda e individualista–
siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo, de transmitir
valores, de dejar algo mejor detrás de nuestro paso por la tierra. Amamos
este magnífico planeta donde Dios nos ha puesto, y amamos a la
humanidad que lo habita, con todos sus dramas y cansancios, con sus
anhelos y esperanzas, con sus valores y fragilidades. La tierra es nuestra
casa común y todos somos hermanos. Si bien «el orden justo de la sociedad
y del Estado es una tarea principal de la política», la Iglesia «no puede ni
debe quedarse al margen en la lucha por la justicia».150 Todos los
cristianos, también los Pastores, están llamados a preocuparse por la
construcción de un mundo mejor. De eso se trata, porque el pensamiento
social de la Iglesia es ante todo positivo y propositivo, orienta una acción
transformadora, y en ese sentido no deja de ser un signo de esperanza que
brota del corazón amante de Jesucristo. Al mismo tiempo, une «el propio
compromiso al que ya llevan a cabo en el campo social las demás Iglesias y
Comunidades eclesiales, tanto en el ámbito de la reflexión doctrinal como
en el ámbito práctico».151
184. No es el momento para desarrollar aquí todas las graves cuestiones
sociales que afectan al mundo actual, algunas de las cuales comenté en el
capítulo segundo. Éste no es un documento social, y para reflexionar
acerca de esos diversos temas tenemos un instrumento muy adecuado en
el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, cuyo uso y estudio
recomiendo vivamente. Además, ni el Papa ni la Iglesia tienen el monopolio
en la interpretación de la realidad social o en la propuesta de soluciones
para los problemas contemporáneos. Puedo repetir aquí lo que lúcidamente
indicaba Pablo VI: «Frente a situaciones tan diversas, nos es difícil
pronunciar una palabra única, como también proponer una solución con
valor universal. No es éste nuestro propósito ni tampoco nuestra misión.
150 BENEDICTO XVI, Carta enc. Deus caritas est (25 diciembre 2005), 28: AAS 98 (2006), 239-240.
151 PONTIFICIO CONSEJO «JUSTICIA Y PAZ», Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 12.
– 93 –
Incumbe a las comunidades cristianas analizar con objetividad la situación
propia de su país».152
185. A continuación procuraré concentrarme en dos grandes cuestiones
que me parecen fundamentales en este momento de la historia. Las
desarrollaré con bastante amplitud porque considero que determinarán el
futuro de la humanidad. Se trata, en primer lugar, de la inclusión social de
los pobres y, luego, de la paz y el diálogo social.
II. La inclusión social de los pobres
186. De nuestra fe en Cristo hecho pobre, y siempre cercano a los pobres y
excluidos, brota la preocupación por el desarrollo integral de los más
abandonados de la sociedad.
Unidos a Dios escuchamos un clamor
187. Cada cristiano y cada comunidad están llamados a ser instrumentos
de Dios para la liberación y promoción de los pobres, de manera que
puedan integrarse plenamente en la sociedad; esto supone que seamos
dóciles y atentos para escuchar el clamor del pobre y socorrerlo. Basta
recorrer las Escrituras para descubrir cómo el Padre bueno quiere
escuchar el clamor de los pobres: «He visto la aflicción de mi pueblo en
Egipto, he escuchado su clamor ante sus opresores y conozco sus
sufrimientos. He bajado para librarlo […] Ahora pues, ve, yo te envío…» (Ex
3,7-8.10), y se muestra solícito con sus necesidades: «Entonces los
israelitas clamaron al Señor y Él les suscitó un libertador» (Jc 3,15). Hacer
oídos sordos a ese clamor, cuando nosotros somos los instrumentos de
Dios para escuchar al pobre, nos sitúa fuera de la voluntad del Padre y de
su proyecto, porque ese pobre «clamaría al Señor contra ti y tú te cargarías
con un pecado» (Dt 15,9). Y la falta de solidaridad en sus necesidades
afecta directamente a nuestra relación con Dios: «Si te maldice lleno de
amargura, su Creador escuchará su imprecación» (Si 4,6). Vuelve siempre
la vieja pregunta: «Si alguno que posee bienes del mundo ve a su hermano
152 Carta ap. Octogesima adveniens (14 mayo 1971), 4: AAS 63 (1971), 403.
– 94 –
que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en
él el amor de Dios?» (1 Jn 3,17). Recordemos también con cuánta
contundencia el Apóstol Santiago retomaba la figura del clamor de los
oprimidos: «El salario de los obreros que segaron vuestros campos, y que
no habéis pagado, está gritando. Y los gritos de los segadores han llegado a
los oídos del Señor de los ejércitos» (5,4).
188. La Iglesia ha reconocido que la exigencia de escuchar este clamor
brota de la misma obra liberadora de la gracia en cada uno de nosotros,
por lo cual no se trata de una misión reservada sólo a algunos: «La Iglesia,
guiada por el Evangelio de la misericordia y por el amor al hombre, escucha
el clamor por la justicia y quiere responder a él con todas sus fuerzas».153
En este marco se comprende el pedido de Jesús a sus discípulos: «¡Dadles
vosotros de comer!» (Mc 6,37), lo cual implica tanto la cooperación para
resolver las causas estructurales de la pobreza y para promover el
desarrollo integral de los pobres, como los gestos más simples y cotidianos
de solidaridad ante las miserias muy concretas que encontramos. La
palabra «solidaridad» está un poco desgastada y a veces se la interpreta
mal, pero es mucho más que algunos actos esporádicos de generosidad.
Supone crear una nueva mentalidad que piense en términos de
comunidad, de prioridad de la vida de todos sobre la apropiación de los
bienes por parte de algunos.
189. La solidaridad es una reacción espontánea de quien reconoce la
función social de la propiedad y el destino universal de los bienes como
realidades anteriores a la propiedad privada. La posesión privada de los
bienes se justifica para cuidarlos y acrecentarlos de manera que sirvan
mejor al bien común, por lo cual la solidaridad debe vivirse como la
decisión de devolverle al pobre lo que le corresponde. Estas convicciones y
hábitos de solidaridad, cuando se hacen carne, abren camino a otras
transformaciones estructurales y las vuelven posibles. Un cambio en las
estructuras sin generar nuevas convicciones y actitudes dará lugar a que
esas mismas estructuras tarde o temprano se vuelvan corruptas, pesadas e
ineficaces.
153 CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Instrucción Libertatis nuntius (6 agosto 1984), XI, 1:
AAS 76 (1984), 903.
– 95 –
190. A veces se trata de escuchar el clamor de pueblos enteros, de los
pueblos más pobres de la tierra, porque «la paz se funda no sólo en el
respeto de los derechos del hombre, sino también en el de los derechos de
los pueblos».154 Lamentablemente, aun los derechos humanos pueden ser
utilizados como justificación de una defensa exacerbada de los derechos
individuales o de los derechos de los pueblos más ricos. Respetando la
independencia y la cultura de cada nación, hay que recordar siempre que
el planeta es de toda la humanidad y para toda la humanidad, y que el solo
hecho de haber nacido en un lugar con menores recursos o menor
desarrollo no justifica que algunas personas vivan con menor dignidad.
Hay que repetir que «los más favorecidos deben renunciar a algunos de sus
derechos para poner con mayor liberalidad sus bienes al servicio de los
demás».155 Para hablar adecuadamente de nuestros derechos necesitamos
ampliar más la mirada y abrir los oídos al clamor de otros pueblos o de
otras regiones del propio país. Necesitamos crecer en una solidaridad que
«debe permitir a todos los pueblos llegar a ser por sí mismos artífices de su
destino»,156 así como «cada hombre está llamado a desarrollarse».157
191. En cada lugar y circunstancia, los cristianos, alentados por sus
Pastores, están llamados a escuchar el clamor de los pobres, como tan bien
expresaron los Obispos de Brasil: «Deseamos asumir, cada día, las alegrías
y esperanzas, las angustias y tristezas del pueblo brasileño, especialmente
de las poblaciones de las periferias urbanas y de las zonas rurales –sin
tierra, sin techo, sin pan, sin salud– lesionadas en sus derechos. Viendo
sus miserias, escuchando sus clamores y conociendo su sufrimiento, nos
escandaliza el hecho de saber que existe alimento suficiente para todos y
que el hambre se debe a la mala distribución de los bienes y de la renta. El
problema se agrava con la práctica generalizada del desperdicio».158
154 PONTIFICIO CONSEJO «JUSTICIA Y PAZ», Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 157.
155 PABLO VI, Carta ap. Octogesima adveniens (14 mayo 1971), 23: AAS 63 (1971), 418.
156 PABLO VI, Carta enc. Populorum Progressio (26 marzo 1967), 65: AAS 59 (1967), 289.
157 Ibíd., 15: AAS 59 (1967), 265.
158 CONFERÊNCIA NACIONAL DOS BISPOS DO BRASIL, Documento Exigências evangélicas e éticas de
superação da miséria e da fome (abril 2002), Introducción, 2.
– 96 –
192. Pero queremos más todavía, nuestro sueño vuela más alto. No
hablamos sólo de asegurar a todos la comida, o un «decoroso sustento»,
sino de que tengan «prosperidad sin exceptuar bien alguno».159 Esto implica
educación, acceso al cuidado de la salud y especialmente trabajo, porque
en el trabajo libre, creativo, participativo y solidario, el ser humano expresa
y acrecienta la dignidad de su vida. El salario justo permite el acceso
adecuado a los demás bienes que están destinados al uso común.
Fidelidad al Evangelio para no correr en vano
193. El imperativo de escuchar el clamor de los pobres se hace carne en
nosotros cuando se nos estremecen las entrañas ante el dolor ajeno.
Releamos algunas enseñanzas de la Palabra de Dios sobre la misericordia,
para que resuenen con fuerza en la vida de la Iglesia. El Evangelio
proclama: «Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia» (Mt
5,7). El Apóstol Santiago enseña que la misericordia con los demás nos
permite salir triunfantes en el juicio divino: «Hablad y obrad como
corresponde a quienes serán juzgados por una ley de libertad. Porque
tendrá un juicio sin misericordia el que no tuvo misericordia; pero la
misericordia triunfa en el juicio» (2,12-13). En este texto, Santiago se
muestra como heredero de lo más rico de la espiritualidad judía del
postexilio, que atribuía a la misericordia un especial valor salvífico: «Rompe
tus pecados con obras de justicia, y tus iniquidades con misericordia para
con los pobres, para que tu ventura sea larga» (Dn 4,24). En esta misma
línea, la literatura sapiencial habla de la limosna como ejercicio concreto de
la misericordia con los necesitados: «La limosna libra de la muerte y
purifica de todo pecado» (Tb 12,9). Más gráficamente aún lo expresa el
Eclesiástico: «Como el agua apaga el fuego llameante, la limosna perdona
los pecados» (3,30). La misma síntesis aparece recogida en el Nuevo
Testamento: «Tened ardiente caridad unos por otros, porque la caridad
cubrirá la multitud de los pecados» (1 Pe 4,8). Esta verdad penetró
profundamente la mentalidad de los Padres de la Iglesia y ejerció una
resistencia profética contracultural ante el individualismo hedonista
pagano. Recordemos sólo un ejemplo: «Así como, en peligro de incendio,
159 JUAN XXIII, Carta enc. Mater et Magistra (15 mayo 1961), 3: AAS 53 (1961), 402.
– 97 –
correríamos a buscar agua para apagarlo […] del mismo modo, si de
nuestra paja surgiera la llama del pecado, y por eso nos turbamos, una vez
que se nos ofrezca la ocasión de una obra llena de misericordia,
alegrémonos de ella como si fuera una fuente que se nos ofrezca en la que
podamos sofocar el incendio».160
194. Es un mensaje tan claro, tan directo, tan simple y elocuente, que
ninguna hermenéutica eclesial tiene derecho a relativizarlo. La reflexión de
la Iglesia sobre estos textos no debería oscurecer o debilitar su sentido
exhortativo, sino más bien ayudar a asumirlos con valentía y fervor. ¿Para
qué complicar lo que es tan simple? Los aparatos conceptuales están para
favorecer el contacto con la realidad que pretenden explicar, y no para
alejarnos de ella. Esto vale sobre todo para las exhortaciones bíblicas que
invitan con tanta contundencia al amor fraterno, al servicio humilde y
generoso, a la justicia, a la misericordia con el pobre. Jesús nos enseñó
este camino de reconocimiento del otro con sus palabras y con sus gestos.
¿Para qué oscurecer lo que es tan claro? No nos preocupemos sólo por no
caer en errores doctrinales, sino también por ser fieles a este camino
luminoso de vida y de sabiduría. Porque «a los defensores de «la ortodoxia»
se dirige a veces el reproche de pasividad, de indulgencia o de complicidad
culpables respecto a situaciones de injusticia intolerables y a los regímenes
políticos que las mantienen».161
195. Cuando san Pablo se acercó a los Apóstoles de Jerusalén para
discernir «si corría o había corrido en vano» (Ga 2,2), el criterio clave de
autenticidad que le indicaron fue que no se olvidara de los pobres (cf. Ga
2,10). Este gran criterio, para que las comunidades paulinas no se dejaran
devorar por el estilo de vida individualista de los paganos, tiene una gran
actualidad en el contexto presente, donde tiende a desarrollarse un nuevo
paganismo individualista. La belleza misma del Evangelio no siempre
puede ser adecuadamente manifestada por nosotros, pero hay un signo
que no debe faltar jamás: la opción por los últimos, por aquellos que la
sociedad descarta y desecha.
160 SAN AGUSTÍN, De Catechizandis Rudibus, I, XIV, 22: PL 40, 327.
161 CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Instrucción Libertatis nuntius (6 agosto 1984), XI, 18:
AAS 76 (1984), 907-908.
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196. A veces somos duros de corazón y de mente, nos olvidamos, nos
entretenemos, nos extasiamos con las inmensas posibilidades de consumo
y de distracción que ofrece esta sociedad. Así se produce una especie de
alienación que nos afecta a todos, ya que «está alienada una sociedad que,
en sus formas de organización social, de producción y de consumo, hace
más difícil la realización de esta donación y la formación de esa solidaridad
interhumana».162
El lugar privilegiado de los pobres en el Pueblo de Dios
197. El corazón de Dios tiene un sitio preferencial para los pobres, tanto
que hasta Él mismo «se hizo pobre» (2 Co 8,9). Todo el camino de nuestra
redención está signado por los pobres. Esta salvación vino a nosotros a
través del «sí» de una humilde muchacha de un pequeño pueblo perdido en
la periferia de un gran imperio. El Salvador nació en un pesebre, entre
animales, como lo hacían los hijos de los más pobres; fue presentado en el
Templo junto con dos pichones, la ofrenda de quienes no podían permitirse
pagar un cordero (cf. Lc 2,24; Lv 5,7); creció en un hogar de sencillos
trabajadores y trabajó con sus manos para ganarse el pan. Cuando
comenzó a anunciar el Reino, lo seguían multitudes de desposeídos, y así
manifestó lo que Él mismo dijo: «El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los
pobres» (Lc 4,18). A los que estaban cargados de dolor, agobiados de
pobreza, les aseguró que Dios los tenía en el centro de su corazón: «¡Felices
vosotros, los pobres, porque el Reino de Dios os pertenece!» (Lc 6,20); con
ellos se identificó: «Tuve hambre y me disteis de comer», y enseñó que la
misericordia hacia ellos es la llave del cielo (cf. Mt 25,35s).
198. Para la Iglesia la opción por los pobres es una categoría teológica
antes que cultural, sociológica, política o filosófica. Dios les otorga «su
primera misericordia».163 Esta preferencia divina tiene consecuencias en la
vida de fe de todos los cristianos, llamados a tener «los mismos
162 JUAN PABLO II, Carta enc. Centesimus annus (1 mayo 1991), 41: AAS 83 (1991), 844-845.
163 JUAN PABLO II, Homilía durante la Misa para la evangelización de los pueblos en Santo Domingo
(11 octubre 1984), 5: AAS 77 (1985), 358.
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sentimientos de Jesucristo» (Flp 2,5). Inspirada en ella, la Iglesia hizo una
opción por los pobres entendida como una «forma especial de primacía en el
ejercicio de la caridad cristiana, de la cual da testimonio toda la tradición
de la Iglesia».164 Esta opción –enseñaba Benedicto XVI– «está implícita en la
fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para
enriquecernos con su pobreza».165 Por eso quiero una Iglesia pobre para los
pobres. Ellos tienen mucho que enseñarnos. Además de participar del
sensus fidei, en sus propios dolores conocen al Cristo sufriente. Es
necesario que todos nos dejemos evangelizar por ellos. La nueva
evangelización es una invitación a reconocer la fuerza salvífica de sus vidas
y a ponerlos en el centro del camino de la Iglesia. Estamos llamados a
descubrir a Cristo en ellos, a prestarles nuestra voz en sus causas, pero
también a ser sus amigos, a escucharlos, a interpretarlos y a recoger la
misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos.
199. Nuestro compromiso no consiste exclusivamente en acciones o en
programas de promoción y asistencia; lo que el Espíritu moviliza no es un
desborde activista, sino ante todo una atención puesta en el otro
«considerándolo como uno consigo».166 Esta atención amante es el inicio de
una verdadera preocupación por su persona, a partir de la cual deseo
buscar efectivamente su bien. Esto implica valorar al pobre en su bondad
propia, con su forma de ser, con su cultura, con su modo de vivir la fe. El
verdadero amor siempre es contemplativo, nos permite servir al otro no por
necesidad o por vanidad, sino porque él es bello, más allá de su apariencia:
«Del amor por el cual a uno le es grata la otra persona depende que le dé
algo gratis».167 El pobre, cuando es amado, «es estimado como de alto
valor»,168 y esto diferencia la auténtica opción por los pobres de cualquier
ideología, de cualquier intento de utilizar a los pobres al servicio de
intereses personales o políticos. Sólo desde esta cercanía real y cordial
podemos acompañarlos adecuadamente en su camino de liberación.
Únicamente esto hará posible que «los pobres, en cada comunidad
164 JUAN PABLO II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis (30 diciembre 1987), 42: AAS 80 (1988), 572.
165 Discurso en la Sesión inaugural de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y
del Caribe (13 mayo 2007), 3: AAS 99 (2007), 450.
166 SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae II-II, q. 27, art. 2.
167 Ibíd., I-II, q. 110, art. 1.
168 Ibíd., I-II, q. 26, art. 3
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cristiana, se sientan como en su casa. ¿No sería este estilo la más grande y
eficaz presentación de la Buena Nueva del Reino?».169 Sin la opción
preferencial por los más pobres, «el anuncio del Evangelio, aun siendo la
primera caridad, corre el riesgo de ser incomprendido o de ahogarse en el
mar de palabras al que la actual sociedad de la comunicación nos somete
cada día».170
200. Puesto que esta Exhortación se dirige a los miembros de la Iglesia
católica quiero expresar con dolor que la peor discriminación que sufren
los pobres es la falta de atención espiritual. La inmensa mayoría de los
pobres tiene una especial apertura a la fe; necesitan a Dios y no podemos
dejar de ofrecerles su amistad, su bendición, su Palabra, la celebración de
los Sacramentos y la propuesta de un camino de crecimiento y de
maduración en la fe. La opción preferencial por los pobres debe traducirse
principalmente en una atención religiosa privilegiada y prioritaria.
201. Nadie debería decir que se mantiene lejos de los pobres porque sus
opciones de vida implican prestar más atención a otros asuntos. Ésta es
una excusa frecuente en ambientes académicos, empresariales o
profesionales, e incluso eclesiales. Si bien puede decirse en general que la
vocación y la misión propia de los fieles laicos es la transformación de las
distintas realidades terrenas para que toda actividad humana sea
transformada por el Evangelio,171 nadie puede sentirse exceptuado de la
preocupación por los pobres y por la justicia social: «La conversión
espiritual, la intensidad del amor a Dios y al prójimo, el celo por la justicia
y la paz, el sentido evangélico de los pobres y de la pobreza, son requeridos
a todos».172 Temo que también estas palabras sólo sean objeto de algunos
comentarios sin una verdadera incidencia práctica. No obstante, confío en
la apertura y las buenas disposiciones de los cristianos, y os pido que
busquéis comunitariamente nuevos caminos para acoger esta renovada
propuesta.
169 JUAN PABLO II, Carta ap. Novo Millennio ineunte (6 enero 2001), 50: AAS 93 (2001), 303.
170 Ibíd.
171 Cf. Propositio 45.
172 CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Instrucción Libertatis nuntius (6 agosto 1984), XI, 18:
AAS 76 (1984), 908.
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Economía y distribución del ingreso
202. La necesidad de resolver las causas estructurales de la pobreza no
puede esperar, no sólo por una exigencia pragmática de obtener resultados
y de ordenar la sociedad, sino para sanarla de una enfermedad que la
vuelve frágil e indigna y que sólo podrá llevarla a nuevas crisis. Los planes
asistenciales, que atienden ciertas urgencias, sólo deberían pensarse como
respuestas pasajeras. Mientras no se resuelvan radicalmente los problemas
de los pobres, renunciando a la autonomía absoluta de los mercados y de
la especulación financiera y atacando las causas estructurales de la
inequidad,173 no se resolverán los problemas del mundo y en definitiva
ningún problema. La inequidad es raíz de los males sociales.
203. La dignidad de cada persona humana y el bien común son cuestiones
que deberían estructurar toda política económica, pero a veces parecen
sólo apéndices agregados desde fuera para completar un discurso político
sin perspectivas ni programas de verdadero desarrollo integral. ¡Cuántas
palabras se han vuelto molestas para este sistema! Molesta que se hable de
ética, molesta que se hable de solidaridad mundial, molesta que se hable
de distribución de los bienes, molesta que se hable de preservar las fuentes
de trabajo, molesta que se hable de la dignidad de los débiles, molesta que
se hable de un Dios que exige un compromiso por la justicia. Otras veces
sucede que estas palabras se vuelven objeto de un manoseo oportunista
que las deshonra. La cómoda indiferencia ante estas cuestiones vacía
nuestra vida y nuestras palabras de todo significado. La vocación de un
empresario es una noble tarea, siempre que se deje interpelar por un
sentido más amplio de la vida; esto le permite servir verdaderamente al
bien común, con su esfuerzo por multiplicar y volver más accesibles para
todos los bienes de este mundo.
204. Ya no podemos confiar en las fuerzas ciegas y en la mano invisible del
mercado. El crecimiento en equidad exige algo más que el crecimiento
económico, aunque lo supone, requiere decisiones, programas,
mecanismos y procesos específicamente orientados a una mejor
173 Esto implica «eliminar las causas estructurales de las disfunciones de la economía mundial»:
BENEDICTO XVI, Discurso al Cuerpo Diplomático (8 enero 2007): AAS 99 (2007), 73.
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distribución del ingreso, a una creación de fuentes de trabajo, a una
promoción integral de los pobres que supere el mero asistencialismo. Estoy
lejos de proponer un populismo irresponsable, pero la economía ya no
puede recurrir a remedios que son un nuevo veneno, como cuando se
pretende aumentar la rentabilidad reduciendo el mercado laboral y creando
así nuevos excluidos.
205. ¡Pido a Dios que crezca el número de políticos capaces de entrar en un
auténtico diálogo que se oriente eficazmente a sanar las raíces profundas y
no la apariencia de los males de nuestro mundo! La política, tan denigrada,
es una altísima vocación, es una de las formas más preciosas de la caridad,
porque busca el bien común.174 Tenemos que convencernos de que la
caridad «no es sólo el principio de las micro-relaciones, como en las
amistades, la familia, el pequeño grupo, sino también de las macrorelaciones,
como las relaciones sociales, económicas y políticas».175 ¡Ruego
al Señor que nos regale más políticos a quienes les duela de verdad la
sociedad, el pueblo, la vida de los pobres! Es imperioso que los gobernantes
y los poderes financieros levanten la mirada y amplíen sus perspectivas,
que procuren que haya trabajo digno, educación y cuidado de la salud para
todos los ciudadanos. ¿Y por qué no acudir a Dios para que inspire sus
planes? Estoy convencido de que a partir de una apertura a la
trascendencia podría formarse una nueva mentalidad política y económica
que ayudaría a superar la dicotomía absoluta entre la economía y el bien
común social.
206. La economía, como la misma palabra indica, debería ser el arte de
alcanzar una adecuada administración de la casa común, que es el mundo
entero. Todo acto económico de envergadura realizado en una parte del
planeta repercute en el todo; por ello ningún gobierno puede actuar al
margen de una responsabilidad común. De hecho, cada vez se vuelve más
difícil encontrar soluciones locales para las enormes contradicciones
globales, por lo cual la política local se satura de problemas a resolver. Si
realmente queremos alcanzar una sana economía mundial, hace falta en
174 Cf. COMMISSION SOCIALE DES ÉVÊQUES DE FRANCE, Declaración Réhabiliter la politique (17 febrero
1999); PÍO XI, Mensaje, 18 diciembre 1927.
175 BENEDICTO XVI, Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 2: AAS 101 (2009), 642.
– 103 –
estos momentos de la historia un modo más eficiente de interacción que,
dejando a salvo la soberanía de las naciones, asegure el bienestar
económico de todos los países y no sólo de unos pocos.
207. Cualquier comunidad de la Iglesia, en la medida en que pretenda
subsistir tranquila sin ocuparse creativamente y cooperar con eficiencia
para que los pobres vivan con dignidad y para incluir a todos, también
correrá el riesgo de la disolución, aunque hable de temas sociales o critique
a los gobiernos. Fácilmente terminará sumida en la mundanidad espiritual,
disimulada con prácticas religiosas, con reuniones infecundas o con
discursos vacíos.
208. Si alguien se siente ofendido por mis palabras, le digo que las expreso
con afecto y con la mejor de las intenciones, lejos de cualquier interés
personal o ideología política. Mi palabra no es la de un enemigo ni la de un
opositor. Sólo me interesa procurar que aquellos que están esclavizados
por una mentalidad individualista, indiferente y egoísta, puedan liberarse
de esas cadenas indignas y alcancen un estilo de vida y de pensamiento
más humano, más noble, más fecundo, que dignifique su paso por esta
tierra.
Cuidar la fragilidad
209. Jesús, el evangelizador por excelencia y el Evangelio en persona, se
identifica especialmente con los más pequeños (cf. Mt 25,40). Esto nos
recuerda que todos los cristianos estamos llamados a cuidar a los más
frágiles de la tierra. Pero en el vigente modelo «exitista» y «privatista» no
parece tener sentido invertir para que los lentos, débiles o menos dotados
puedan abrirse camino en la vida.
210. Es indispensable prestar atención para estar cerca de nuevas formas
de pobreza y fragilidad donde estamos llamados a reconocer a Cristo
sufriente, aunque eso aparentemente no nos aporte beneficios tangibles e
inmediatos: los sin techo, los toxicodependientes, los refugiados, los
pueblos indígenas, los ancianos cada vez más solos y abandonados, etc.
Los migrantes me plantean un desafío particular por ser Pastor de una
– 104 –
Iglesia sin fronteras que se siente madre de todos. Por ello, exhorto a los
países a una generosa apertura, que en lugar de temer la destrucción de la
identidad local sea capaz de crear nuevas síntesis culturales. ¡Qué
hermosas son las ciudades que superan la desconfianza enfermiza e
integran a los diferentes, y que hacen de esa integración un nuevo factor de
desarrollo! ¡Qué lindas son las ciudades que, aun en su diseño
arquitectónico, están llenas de espacios que conectan, relacionan,
favorecen el reconocimiento del otro!
211. Siempre me angustió la situación de los que son objeto de las diversas
formas de trata de personas. Quisiera que se escuchara el grito de Dios
preguntándonos a todos: «¿Dónde está tu hermano?» (Gn 4,9). ¿Dónde está
tu hermano esclavo? ¿Dónde está ese que estás matando cada día en el
taller clandestino, en la red de prostitución, en los niños que utilizas para
mendicidad, en aquel que tiene que trabajar a escondidas porque no ha
sido formalizado? No nos hagamos los distraídos. Hay mucho de
complicidad. ¡La pregunta es para todos! En nuestras ciudades está
instalado este crimen mafioso y aberrante, y muchos tienen las manos
preñadas de sangre debido a la complicidad cómoda y muda.
212. Doblemente pobres son las mujeres que sufren situaciones de
exclusión, maltrato y violencia, porque frecuentemente se encuentran con
menores posibilidades de defender sus derechos. Sin embargo, también
entre ellas encontramos constantemente los más admirables gestos de
heroísmo cotidiano en la defensa y el cuidado de la fragilidad de sus
familias.
213. Entre esos débiles, que la Iglesia quiere cuidar con predilección, están
también los niños por nacer, que son los más indefensos e inocentes de
todos, a quienes hoy se les quiere negar su dignidad humana en orden a
hacer con ellos lo que se quiera, quitándoles la vida y promoviendo
legislaciones para que nadie pueda impedirlo. Frecuentemente, para
ridiculizar alegremente la defensa que la Iglesia hace de sus vidas, se
procura presentar su postura como algo ideológico, oscurantista y
conservador. Sin embargo, esta defensa de la vida por nacer está
íntimamente ligada a la defensa de cualquier derecho humano. Supone la
– 105 –
convicción de que un ser humano es siempre sagrado e inviolable, en
cualquier situación y en cada etapa de su desarrollo. Es un fin en sí mismo
y nunca un medio para resolver otras dificultades. Si esta convicción cae,
no quedan fundamentos sólidos y permanentes para defender los derechos
humanos, que siempre estarían sometidos a conveniencias
circunstanciales de los poderosos de turno. La sola razón es suficiente para
reconocer el valor inviolable de cualquier vida humana, pero si además la
miramos desde la fe, «toda violación de la dignidad personal del ser
humano grita venganza delante de Dios y se configura como ofensa al
Creador del hombre».176
214. Precisamente porque es una cuestión que hace a la coherencia interna
de nuestro mensaje sobre el valor de la persona humana, no debe
esperarse que la Iglesia cambie su postura sobre esta cuestión. Quiero ser
completamente honesto al respecto. Éste no es un asunto sujeto a
supuestas reformas o «modernizaciones». No es progresista pretender
resolver los problemas eliminando una vida humana. Pero también es
verdad que hemos hecho poco para acompañar adecuadamente a las
mujeres que se encuentran en situaciones muy duras, donde el aborto se
les presenta como una rápida solución a sus profundas angustias,
particularmente cuando la vida que crece en ellas ha surgido como
producto de una violación o en un contexto de extrema pobreza. ¿Quién
puede dejar de comprender esas situaciones de tanto dolor?
215. Hay otros seres frágiles e indefensos, que muchas veces quedan a
merced de los intereses económicos o de un uso indiscriminado. Me refiero
al conjunto de la creación. Los seres humanos no somos meros
beneficiarios, sino custodios de las demás criaturas. Por nuestra realidad
corpórea, Dios nos ha unido tan estrechamente al mundo que nos rodea,
que la desertificación del suelo es como una enfermedad para cada uno, y
podemos lamentar la extinción de una especie como si fuera una
mutilación. No dejemos que a nuestro paso queden signos de destrucción y
de muerte que afecten nuestra vida y la de las futuras generaciones.177 En
176 JUAN PABLO II, Exhort. ap. postsinodal Christifideles laici (30 diciembre 1988), 37: AAS 81
(1989), 461.
177 Cf. Propositio 56.
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este sentido, hago propio el bello y profético lamento que hace varios años
expresaron los Obispos de Filipinas: «Una increíble variedad de insectos
vivían en el bosque y estaban ocupados con todo tipo de tareas […] Los
pájaros volaban por el aire, sus plumas brillantes y sus diferentes cantos
añadían color y melodía al verde de los bosques […] Dios quiso esta tierra
para nosotros, sus criaturas especiales, pero no para que pudiéramos
destruirla y convertirla en un páramo […] Después de una sola noche de
lluvia, mira hacia los ríos de marrón chocolate de tu localidad, y recuerda
que se llevan la sangre viva de la tierra hacia el mar […] ¿Cómo van a poder
nadar los peces en alcantarillas como el río Pasig y tantos otros ríos que
hemos contaminado? ¿Quién ha convertido el maravilloso mundo marino
en cementerios subacuáticos despojados de vida y de color?».178
216. Pequeños pero fuertes en el amor de Dios, como san Francisco de
Asís, todos los cristianos estamos llamados a cuidar la fragilidad del pueblo
y del mundo en que vivimos.
III. El bien común y la paz social
217. Hemos hablado mucho sobre la alegría y sobre el amor, pero la
Palabra de Dios menciona también el fruto de la paz (cf. Ga 5,22).
218. La paz social no puede entenderse como un irenismo o como una
mera ausencia de violencia lograda por la imposición de un sector sobre los
otros. También sería una falsa paz aquella que sirva como excusa para
justificar una organización social que silencie o tranquilice a los más
pobres, de manera que aquellos que gozan de los mayores beneficios
puedan sostener su estilo de vida sin sobresaltos mientras los demás
sobreviven como pueden. Las reivindicaciones sociales, que tienen que ver
con la distribución del ingreso, la inclusión social de los pobres y los
derechos humanos, no pueden ser sofocadas con el pretexto de construir
un consenso de escritorio o una efímera paz para una minoría feliz. La
dignidad de la persona humana y el bien común están por encima de la
178 CATHOLIC BISHOPS CONFERENCE OF THE PHILIPPINES, Carta pastoral What is Happening to our
Beautiful Land? (29 enero 1988).
– 107 –
tranquilidad de algunos que no quieren renunciar a sus privilegios.
Cuando estos valores se ven afectados, es necesaria una voz profética.
219. La paz tampoco «se reduce a una ausencia de guerra, fruto del
equilibrio siempre precario de las fuerzas. La paz se construye día a día, en
la instauración de un orden querido por Dios, que comporta una justicia
más perfecta entre los hombres».179 En definitiva, una paz que no surja
como fruto del desarrollo integral de todos, tampoco tendrá futuro y
siempre será semilla de nuevos conflictos y de variadas formas de violencia.
220. En cada nación, los habitantes desarrollan la dimensión social de sus
vidas configurándose como ciudadanos responsables en el seno de un
pueblo, no como masa arrastrada por las fuerzas dominantes. Recordemos
que «el ser ciudadano fiel es una virtud y la participación en la vida política
es una obligación moral».180 Pero convertirse en pueblo es todavía más, y
requiere un proceso constante en el cual cada nueva generación se ve
involucrada. Es un trabajo lento y arduo que exige querer integrarse y
aprender a hacerlo hasta desarrollar una cultura del encuentro en una
pluriforme armonía.
221. Para avanzar en esta construcción de un pueblo en paz, justicia y
fraternidad, hay cuatro principios relacionados con tensiones bipolares
propias de toda realidad social. Brotan de los grandes postulados de la
Doctrina Social de la Iglesia, los cuales constituyen «el primer y
fundamental parámetro de referencia para la interpretación y la valoración
de los fenómenos sociales».181 A la luz de ellos, quiero proponer ahora estos
cuatro principios que orientan específicamente el desarrollo de la
convivencia social y la construcción de un pueblo donde las diferencias se
armonicen en un proyecto común. Lo hago con la convicción de que su
aplicación puede ser un genuino camino hacia la paz dentro de cada
nación y en el mundo entero.
El tiempo es superior al espacio
179 PABLO VI, Carta enc. Populorum Progressio (26 marzo 1967), 76: AAS 59 (1967), 294-295.
180 UNITED STATES CONFERENCE OF CATHOLIC BISHOPS, Carta pastoral Forming Consciences for
Faithful Citizenship (2007), 13.
181 PONTIFICIO CONSEJO «JUSTICIA Y PAZ», Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 161.
– 108 –
222. Hay una tensión bipolar entre la plenitud y el límite. La plenitud
provoca la voluntad de poseerlo todo, y el límite es la pared que se nos
pone delante. El «tiempo», ampliamente considerado, hace referencia a la
plenitud como expresión del horizonte que se nos abre, y el momento es
expresión del límite que se vive en un espacio acotado. Los ciudadanos
viven en tensión entre la coyuntura del momento y la luz del tiempo, del
horizonte mayor, de la utopía que nos abre al futuro como causa final que
atrae. De aquí surge un primer principio para avanzar en la construcción
de un pueblo: el tiempo es superior al espacio.
223. Este principio permite trabajar a largo plazo, sin obsesionarse por
resultados inmediatos. Ayuda a soportar con paciencia situaciones difíciles
y adversas, o los cambios de planes que impone el dinamismo de la
realidad. Es una invitación a asumir la tensión entre plenitud y límite,
otorgando prioridad al tiempo. Uno de los pecados que a veces se advierten
en la actividad sociopolítica consiste en privilegiar los espacios de poder en
lugar de los tiempos de los procesos. Darle prioridad al espacio lleva a
enloquecerse para tener todo resuelto en el presente, para intentar tomar
posesión de todos los espacios de poder y autoafirmación. Es cristalizar los
procesos y pretender detenerlos. Darle prioridad al tiempo es ocuparse de
iniciar procesos más que de poseer espacios. El tiempo rige los espacios, los
ilumina y los transforma en eslabones de una cadena en constante
crecimiento, sin caminos de retorno. Se trata de privilegiar las acciones que
generan dinamismos nuevos en la sociedad e involucran a otras personas y
grupos que las desarrollarán, hasta que fructifiquen en importantes
acontecimientos históricos. Nada de ansiedad, pero sí convicciones claras y
tenacidad.
224. A veces me pregunto quiénes son los que en el mundo actual se
preocupan realmente por generar procesos que construyan pueblo, más
que por obtener resultados inmediatos que producen un rédito político
fácil, rápido y efímero, pero que no construyen la plenitud humana. La
historia los juzgará quizás con aquel criterio que enunciaba Romano
Guardini: «El único patrón para valorar con acierto una época es preguntar
hasta qué punto se desarrolla en ella y alcanza una auténtica razón de ser
– 109 –
la plenitud de la existencia humana, de acuerdo con el carácter peculiar y
las posibilidades de dicha época».182
225. Este criterio también es muy propio de la evangelización, que requiere
tener presente el horizonte, asumir los procesos posibles y el camino largo.
El Señor mismo en su vida mortal dio a entender muchas veces a sus
discípulos que había cosas que no podían comprender todavía y que era
necesario esperar al Espíritu Santo (cf. Jn 16,12-13). La parábola del trigo
y la cizaña (cf. Mt 13,24-30) grafica un aspecto importante de la
evangelización que consiste en mostrar cómo el enemigo puede ocupar el
espacio del Reino y causar daño con la cizaña, pero es vencido por la
bondad del trigo que se manifiesta con el tiempo.
La unidad prevalece sobre el conflicto
226. El conflicto no puede ser ignorado o disimulado. Ha de ser asumido.
Pero si quedamos atrapados en él, perdemos perspectivas, los horizontes se
limitan y la realidad misma queda fragmentada. Cuando nos detenemos en
la coyuntura conflictiva, perdemos el sentido de la unidad profunda de la
realidad.
227. Ante el conflicto, algunos simplemente lo miran y siguen adelante
como si nada pasara, se lavan las manos para poder continuar con su vida.
Otros entran de tal manera en el conflicto que quedan prisioneros, pierden
horizontes, proyectan en las instituciones las propias confusiones e
insatisfacciones y así la unidad se vuelve imposible. Pero hay una tercera
manera, la más adecuada, de situarse ante el conflicto. Es aceptar sufrir el
conflicto, resolverlo y transformarlo en el eslabón de un nuevo proceso.
«¡Felices los que trabajan por la paz!» (Mt 5,9).
228. De este modo, se hace posible desarrollar una comunión en las
diferencias, que sólo pueden facilitar esas grandes personas que se animan
a ir más allá de la superficie conflictiva y miran a los demás en su dignidad
más profunda. Por eso hace falta postular un principio que es
182 Das Ende der Neuzeit, Würzburg 91965, 41-42.
– 110 –
indispensable para construir la amistad social: la unidad es superior al
conflicto. La solidaridad, entendida en su sentido más hondo y desafiante,
se convierte así en un modo de hacer la historia, en un ámbito viviente
donde los conflictos, las tensiones y los opuestos pueden alcanzar una
unidad pluriforme que engendra nueva vida. No es apostar por un
sincretismo ni por la absorción de uno en el otro, sino por la resolución en
un plano superior que conserva en sí las virtualidades valiosas de las
polaridades en pugna.
229. Este criterio evangélico nos recuerda que Cristo ha unificado todo en
sí: cielo y tierra, Dios y hombre, tiempo y eternidad, carne y espíritu,
persona y sociedad. La señal de esta unidad y reconciliación de todo en sí
es la paz. Cristo «es nuestra paz» (Ef 2,14). El anuncio evangélico comienza
siempre con el saludo de paz, y la paz corona y cohesiona en cada
momento las relaciones entre los discípulos. La paz es posible porque el
Señor ha vencido al mundo y a su conflictividad permanente «haciendo la
paz mediante la sangre de su cruz» (Col 1,20). Pero si vamos al fondo de
estos textos bíblicos, tenemos que llegar a descubrir que el primer ámbito
donde estamos llamados a lograr esta pacificación en las diferencias es la
propia interioridad, la propia vida siempre amenazada por la dispersión
dialéctica.183 Con corazones rotos en miles de fragmentos será difícil
construir una auténtica paz social.
230. El anuncio de paz no es el de una paz negociada, sino la convicción de
que la unidad del Espíritu armoniza todas las diversidades. Supera
cualquier conflicto en una nueva y prometedora síntesis. La diversidad es
bella cuando acepta entrar constantemente en un proceso de
reconciliación, hasta sellar una especie de pacto cultural que haga emerger
una «diversidad reconciliada», como bien enseñaron los Obispos del Congo:
«La diversidad de nuestras etnias es una riqueza […] Sólo con la unidad,
con la conversión de los corazones y con la reconciliación podremos hacer
avanzar nuestro país».184
183 Cf. I. QUILES, S.I., Filosofía de la educación personalista, Buenos Aires 1981, 46-53.
184 COMITÉ PERMANENT DE LA CONFÉRENCE EPISCOPALE NATIONALE DU CONGO, Message sur la situation
sécuritaire dans le pays (5 diciembre 2012), 11.
– 111 –
La realidad es más importante que la idea
231. Existe también una tensión bipolar entre la idea y la realidad. La
realidad simplemente es, la idea se elabora. Entre las dos se debe instaurar
un diálogo constante, evitando que la idea termine separándose de la
realidad. Es peligroso vivir en el reino de la sola palabra, de la imagen, del
sofisma. De ahí que haya que postular un tercer principio: la realidad es
superior a la idea. Esto supone evitar diversas formas de ocultar la
realidad: los purismos angélicos, los totalitarismos de lo relativo, los
nominalismos declaracionistas, los proyectos más formales que reales, los
fundamentalismos ahistóricos, los eticismos sin bondad, los
intelectualismos sin sabiduría.
232. La idea –las elaboraciones conceptuales– está en función de la
captación, la comprensión y la conducción de la realidad. La idea
desconectada de la realidad origina idealismos y nominalismos ineficaces,
que a lo sumo clasifican o definen, pero no convocan. Lo que convoca es la
realidad iluminada por el razonamiento. Hay que pasar del nominalismo
formal a la objetividad armoniosa. De otro modo, se manipula la verdad,
así como se suplanta la gimnasia por la cosmética.185 Hay políticos –e
incluso dirigentes religiosos– que se preguntan por qué el pueblo no los
comprende y no los sigue, si sus propuestas son tan lógicas y claras.
Posiblemente sea porque se instalaron en el reino de la pura idea y
redujeron la política o la fe a la retórica. Otros olvidaron la sencillez e
importaron desde fuera una racionalidad ajena a la gente.
233. La realidad es superior a la idea. Este criterio hace a la encarnación
de la Palabra y a su puesta en práctica: «En esto conoceréis el Espíritu de
Dios: todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne es de
Dios» (1 Jn 4,2). El criterio de realidad, de una Palabra ya encarnada y
siempre buscando encarnarse, es esencial a la evangelización. Nos lleva,
por un lado, a valorar la historia de la Iglesia como historia de salvación, a
recordar a nuestros santos que inculturaron el Evangelio en la vida de
nuestros pueblos, a recoger la rica tradición bimilenaria de la Iglesia, sin
185 Cf. PLATÓN, Gorgias, 465.
– 112 –
pretender elaborar un pensamiento desconectado de ese tesoro, como si
quisiéramos inventar el Evangelio. Por otro lado, este criterio nos impulsa a
poner en práctica la Palabra, a realizar obras de justicia y caridad en las
que esa Palabra sea fecunda. No poner en práctica, no llevar a la realidad
la Palabra, es edificar sobre arena, permanecer en la pura idea y degenerar
en intimismos y gnosticismos que no dan fruto, que esterilizan su
dinamismo.
El todo es superior a la parte
234. Entre la globalización y la localización también se produce una
tensión. Hace falta prestar atención a lo global para no caer en una
mezquindad cotidiana. Al mismo tiempo, no conviene perder de vista lo
local, que nos hace caminar con los pies sobre la tierra. Las dos cosas
unidas impiden caer en alguno de estos dos extremos: uno, que los
ciudadanos vivan en un universalismo abstracto y globalizante, miméticos
pasajeros del furgón de cola, admirando los fuegos artificiales del mundo,
que es de otros, con la boca abierta y aplausos programados; otro, que se
conviertan en un museo folklórico de ermitaños localistas, condenados a
repetir siempre lo mismo, incapaces de dejarse interpelar por el diferente y
de valorar la belleza que Dios derrama fuera de sus límites.
235. El todo es más que la parte, y también es más que la mera suma de
ellas. Entonces, no hay que obsesionarse demasiado por cuestiones
limitadas y particulares. Siempre hay que ampliar la mirada para
reconocer un bien mayor que nos beneficiará a todos. Pero hay que hacerlo
sin evadirse, sin desarraigos. Es necesario hundir las raíces en la tierra
fértil y en la historia del propio lugar, que es un don de Dios. Se trabaja en
lo pequeño, en lo cercano, pero con una perspectiva más amplia. Del
mismo modo, una persona que conserva su peculiaridad personal y no
esconde su identidad, cuando integra cordialmente una comunidad, no se
anula sino que recibe siempre nuevos estímulos para su propio desarrollo.
No es ni la esfera global que anula ni la parcialidad aislada que esteriliza.
236. El modelo no es la esfera, que no es superior a las partes, donde cada
punto es equidistante del centro y no hay diferencias entre unos y otros. El
– 113 –
modelo es el poliedro, que refleja la confluencia de todas las parcialidades
que en él conservan su originalidad. Tanto la acción pastoral como la
acción política procuran recoger en ese poliedro lo mejor de cada uno. Allí
entran los pobres con su cultura, sus proyectos y sus propias
potencialidades. Aun las personas que puedan ser cuestionadas por sus
errores, tienen algo que aportar que no debe perderse. Es la conjunción de
los pueblos que, en el orden universal, conservan su propia peculiaridad;
es la totalidad de las personas en una sociedad que busca un bien común
que verdaderamente incorpora a todos.
237. A los cristianos, este principio nos habla también de la totalidad o
integridad del Evangelio que la Iglesia nos transmite y nos envía a predicar.
Su riqueza plena incorpora a los académicos y a los obreros, a los
empresarios y a los artistas, a todos. La mística popular acoge a su modo el
Evangelio entero, y lo encarna en expresiones de oración, de fraternidad, de
justicia, de lucha y de fiesta. La Buena Noticia es la alegría de un Padre
que no quiere que se pierda ninguno de sus pequeñitos. Así brota la alegría
en el Buen Pastor que encuentra la oveja perdida y la reintegra a su
rebaño. El Evangelio es levadura que fermenta toda la masa y ciudad que
brilla en lo alto del monte iluminando a todos los pueblos. El Evangelio
tiene un criterio de totalidad que le es inherente: no termina de ser Buena
Noticia hasta que no es anunciado a todos, hasta que no fecunda y sana
todas las dimensiones del hombre, y hasta que no integra a todos los
hombres en la mesa del Reino. El todo es superior a la parte.
IV. El diálogo social como contribución a la paz
238. La evangelización también implica un camino de diálogo. Para la
Iglesia, en este tiempo hay particularmente tres campos de diálogo en los
cuales debe estar presente, para cumplir un servicio a favor del pleno
desarrollo del ser humano y procurar el bien común: el diálogo con los
Estados, con la sociedad –que incluye el diálogo con las culturas y con las
ciencias– y con otros creyentes que no forman parte de la Iglesia católica.
– 114 –
En todos los casos «la Iglesia habla desde la luz que le ofrece la fe»,186
aporta su experiencia de dos mil años y conserva siempre en la memoria
las vidas y sufrimientos de los seres humanos. Esto va más allá de la razón
humana, pero también tiene un significado que puede enriquecer a los que
no creen e invita a la razón a ampliar sus perspectivas.
239. La Iglesia proclama «el evangelio de la paz» (Ef 6,15) y está abierta a la
colaboración con todas las autoridades nacionales e internacionales para
cuidar este bien universal tan grande. Al anunciar a Jesucristo, que es la
paz en persona (cf. Ef 2,14), la nueva evangelización anima a todo
bautizado a ser instrumento de pacificación y testimonio creíble de una
vida reconciliada.187 Es hora de saber cómo diseñar, en una cultura que
privilegie el diálogo como forma de encuentro, la búsqueda de consensos y
acuerdos, pero sin separarla de la preocupación por una sociedad justa,
memoriosa y sin exclusiones. El autor principal, el sujeto histórico de este
proceso, es la gente y su cultura, no es una clase, una fracción, un grupo,
una élite. No necesitamos un proyecto de unos pocos para unos pocos, o
una minoría ilustrada o testimonial que se apropie de un sentimiento
colectivo. Se trata de un acuerdo para vivir juntos, de un pacto social y
cultural.
240. Al Estado compete el cuidado y la promoción del bien común de la
sociedad.188 Sobre la base de los principios de subsidiariedad y solidaridad,
y con un gran esfuerzo de diálogo político y creación de consensos,
desempeña un papel fundamental, que no puede ser delegado, en la
búsqueda del desarrollo integral de todos. Este papel, en las circunstancias
actuales, exige una profunda humildad social.
241. En el diálogo con el Estado y con la sociedad, la Iglesia no tiene
soluciones para todas las cuestiones particulares. Pero junto con las
diversas fuerzas sociales, acompaña las propuestas que mejor respondan a
la dignidad de la persona humana y al bien común. Al hacerlo, siempre
propone con claridad los valores fundamentales de la existencia humana,
186 BENEDICTO XVI, Discurso a la Curia Romana (21 diciembre 2012): AAS 105 (2013), 51.
187 Cf. Propositio 14.
188 Cf. Catecismo de la Iglesia católica, 1910; PONTIFICIO CONSEJO «JUSTICIA Y PAZ», Compendio de la
Doctrina Social de la Iglesia, 168.
– 115 –
para transmitir convicciones que luego puedan traducirse en acciones
políticas.
El diálogo entre la fe, la razón y las ciencias
242. El diálogo entre ciencia y fe también es parte de la acción
evangelizadora que pacifica.189 El cientismo y el positivismo se rehúsan a
«admitir como válidas las formas de conocimiento diversas de las propias
de las ciencias positivas».190 La Iglesia propone otro camino, que exige una
síntesis entre un uso responsable de las metodologías propias de las
ciencias empíricas y otros saberes como la filosofía, la teología, y la misma
fe, que eleva al ser humano hasta el misterio que trasciende la naturaleza y
la inteligencia humana. La fe no le tiene miedo a la razón; al contrario, la
busca y confía en ella, porque «la luz de la razón y la de la fe provienen
ambas de Dios»,191 y no pueden contradecirse entre sí. La evangelización
está atenta a los avances científicos para iluminarlos con la luz de la fe y
de la ley natural, en orden a procurar que respeten siempre la centralidad
y el valor supremo de la persona humana en todas las fases de su
existencia. Toda la sociedad puede verse enriquecida gracias a este diálogo
que abre nuevos horizontes al pensamiento y amplía las posibilidades de la
razón. También éste es un camino de armonía y de pacificación.
243. La Iglesia no pretende detener el admirable progreso de las ciencias.
Al contrario, se alegra e incluso disfruta reconociendo el enorme potencial
que Dios ha dado a la mente humana. Cuando el desarrollo de las ciencias,
manteniéndose con rigor académico en el campo de su objeto específico,
vuelve evidente una determinada conclusión que la razón no puede negar,
la fe no la contradice. Los creyentes tampoco pueden pretender que una
opinión científica que les agrada, y que ni siquiera ha sido suficientemente
comprobada, adquiera el peso de un dogma de fe. Pero, en ocasiones,
algunos científicos van más allá del objeto formal de su disciplina y se
extralimitan con afirmaciones o conclusiones que exceden el campo de la
propia ciencia. En ese caso, no es la razón lo que se propone, sino una
189 Cf. Propositio 54.
190 JUAN PABLO II, Carta enc. Fides et ratio (14 septiembre 1998), 88: AAS 91 (1999), 74.
191 SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa contra Gentiles, I, VII; cf. JUAN PABLO II, Carta enc. Fides et
ratio (14 septiembre 1998), 43: AAS 91 (1999), 39.
– 116 –
determinada ideología que cierra el camino a un diálogo auténtico, pacífico
y fructífero.
El diálogo ecuménico
244. El empeño ecuménico responde a la oración del Señor Jesús que pide
«que todos sean uno» (Jn 17,21). La credibilidad del anuncio cristiano sería
mucho mayor si los cristianos superaran sus divisiones y la Iglesia
realizara «la plenitud de catolicidad que le es propia, en aquellos hijos que,
incorporados a ella ciertamente por el Bautismo, están, sin embargo,
separados de su plena comunión».192 Tenemos que recordar siempre que
somos peregrinos, y peregrinamos juntos. Para eso hay que confiar el
corazón al compañero de camino sin recelos, sin desconfianzas, y mirar
ante todo lo que buscamos: la paz en el rostro del único Dios. Confiarse al
otro es algo artesanal, la paz es artesanal. Jesús nos dijo: «¡Felices los que
trabajan por la paz!» (Mt 5,9). En este empeño, también entre nosotros, se
cumple la antigua profecía: «De sus espadas forjarán arados» (Is 2,4).
245. Bajo esta luz, el ecumenismo es un aporte a la unidad de la familia
humana. La presencia en el Sínodo del Patriarca de Constantinopla, Su
Santidad Bartolomé I, y del Arzobispo de Canterbury, Su Gracia Rowan
Douglas Williams, fue un verdadero don de Dios y un precioso testimonio
cristiano.193
246. Dada la gravedad del antitestimonio de la división entre cristianos,
particularmente en Asia y en África, la búsqueda de caminos de unidad se
vuelve urgente. Los misioneros en esos continentes mencionan
reiteradamente las críticas, quejas y burlas que reciben debido al
escándalo de los cristianos divididos. Si nos concentramos en las
convicciones que nos unen y recordamos el principio de la jerarquía de
verdades, podremos caminar decididamente hacia expresiones comunes de
anuncio, de servicio y de testimonio. La inmensa multitud que no ha
acogido el anuncio de Jesucristo no puede dejarnos indiferentes. Por lo
tanto, el empeño por una unidad que facilite la acogida de Jesucristo deja
192 CONC. ECUM. VAT. II, Decreto Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 4.
193 Cf. Propositio 52.
– 117 –
de ser mera diplomacia o cumplimiento forzado, para convertirse en un
camino ineludible de la evangelización. Los signos de división entre los
cristianos en países que ya están destrozados por la violencia agregan más
motivos de conflicto por parte de quienes deberíamos ser un atractivo
fermento de paz. ¡Son tantas y tan valiosas las cosas que nos unen! Y si
realmente creemos en la libre y generosa acción del Espíritu, ¡cuántas
cosas podemos aprender unos de otros! No se trata sólo de recibir
información sobre los demás para conocerlos mejor, sino de recoger lo que
el Espíritu ha sembrado en ellos como un don también para nosotros. Sólo
para dar un ejemplo, en el diálogo con los hermanos ortodoxos, los
católicos tenemos la posibilidad de aprender algo más sobre el sentido de la
colegialidad episcopal y sobre su experiencia de la sinodalidad. A través de
un intercambio de dones, el Espíritu puede llevarnos cada vez más a la
verdad y al bien.
Las relaciones con el Judaísmo
247. Una mirada muy especial se dirige al pueblo judío, cuya Alianza con
Dios jamás ha sido revocada, porque «los dones y el llamado de Dios son
irrevocables» (Rm 11,29). La Iglesia, que comparte con el Judaísmo una
parte importante de las Sagradas Escrituras, considera al pueblo de la
Alianza y su fe como una raíz sagrada de la propia identidad cristiana (cf.
Rm 11,16-18). Los cristianos no podemos considerar al Judaísmo como
una religión ajena, ni incluimos a los judíos entre aquellos llamados a dejar
los ídolos para convertirse al verdadero Dios (cf. 1 Ts 1,9). Creemos junto
con ellos en el único Dios que actúa en la historia, y acogemos con ellos la
común Palabra revelada.
248. El diálogo y la amistad con los hijos de Israel son parte de la vida de
los discípulos de Jesús. El afecto que se ha desarrollado nos lleva a
lamentar sincera y amargamente las terribles persecuciones de las que
fueron y son objeto, particularmente aquellas que involucran o
involucraron a cristianos.
249. Dios sigue obrando en el pueblo de la Antigua Alianza y provoca
tesoros de sabiduría que brotan de su encuentro con la Palabra divina. Por
– 118 –
eso, la Iglesia también se enriquece cuando recoge los valores del
Judaísmo. Si bien algunas convicciones cristianas son inaceptables para el
Judaísmo, y la Iglesia no puede dejar de anunciar a Jesús como Señor y
Mesías, existe una rica complementación que nos permite leer juntos los
textos de la Biblia hebrea y ayudarnos mutuamente a desentrañar las
riquezas de la Palabra, así como compartir muchas convicciones éticas y la
común preocupación por la justicia y el desarrollo de los pueblos.
El diálogo interreligioso
250. Una actitud de apertura en la verdad y en el amor debe caracterizar el
diálogo con los creyentes de las religiones no cristianas, a pesar de los
varios obstáculos y dificultades, particularmente los fundamentalismos de
ambas partes. Este diálogo interreligioso es una condición necesaria para
la paz en el mundo, y por lo tanto es un deber para los cristianos, así como
para otras comunidades religiosas. Este diálogo es, en primer lugar, una
conversación sobre la vida humana o simplemente, como proponen los
Obispos de la India, «estar abiertos a ellos, compartiendo sus alegrías y
penas».194 Así aprendemos a aceptar a los otros en su modo diferente de
ser, de pensar y de expresarse. De esta forma, podremos asumir juntos el
deber de servir a la justicia y la paz, que deberá convertirse en un criterio
básico de todo intercambio. Un diálogo en el que se busquen la paz social y
la justicia es en sí mismo, más allá de lo meramente pragmático, un
compromiso ético que crea nuevas condiciones sociales. Los esfuerzos en
torno a un tema específico pueden convertirse en un proceso en el que, a
través de la escucha del otro, ambas partes encuentren purificación y
enriquecimiento. Por lo tanto, estos esfuerzos también pueden tener el
significado del amor a la verdad.
251. En este dialogo, siempre amable y cordial, nunca se debe descuidar el
vínculo esencial entre diálogo y anuncio, que lleva a la Iglesia a mantener y
a intensificar las relaciones con los no cristianos.195 Un sincretismo
conciliador sería en el fondo un totalitarismo de quienes pretenden
194 INDIAN BISHOPS’ CONFERENCE, Declaración final de la XXX Asamblea: The Role of the Church for a
Better India (8 marzo 2012), 8.9.
195 Cf. Propositio 53.
– 119 –
conciliar prescindiendo de valores que los trascienden y de los cuales no
son dueños. La verdadera apertura implica mantenerse firme en las
propias convicciones más hondas, con una identidad clara y gozosa, pero
«abierto a comprender las del otro» y «sabiendo que el diálogo realmente
puede enriquecer a cada uno».196 No nos sirve una apertura diplomática,
que dice que sí a todo para evitar problemas, porque sería un modo de
engañar al otro y de negarle el bien que uno ha recibido como un don para
compartir generosamente. La evangelización y el diálogo interreligioso, lejos
de oponerse, se sostienen y se alimentan recíprocamente.197
252. En esta época adquiere gran importancia la relación con los creyentes
del Islam, hoy particularmente presentes en muchos países de tradición
cristiana donde pueden celebrar libremente su culto y vivir integrados en la
sociedad. Nunca hay que olvidar que ellos, «confesando adherirse a la fe de
Abraham, adoran con nosotros a un Dios único, misericordioso, que
juzgará a los hombres en el día final».198 Los escritos sagrados del Islam
conservan parte de las enseñanzas cristianas; Jesucristo y María son
objeto de profunda veneración y es admirable ver cómo jóvenes y ancianos,
mujeres y varones del Islam son capaces de dedicar tiempo diariamente a
la oración y de participar fielmente de sus ritos religiosos. Al mismo
tiempo, muchos de ellos tienen una profunda convicción de que la propia
vida, en su totalidad, es de Dios y para Él. También reconocen la necesidad
de responderle con un compromiso ético y con la misericordia hacia los
más pobres.
253. Para sostener el diálogo con el Islam es indispensable la adecuada
formación de los interlocutores, no sólo para que estén sólida y
gozosamente radicados en su propia identidad, sino para que sean capaces
de reconocer los valores de los demás, de comprender las inquietudes que
subyacen a sus reclamos y de sacar a luz las convicciones comunes. Los
cristianos deberíamos acoger con afecto y respeto a los inmigrantes del
Islam que llegan a nuestros países, del mismo modo que esperamos y
196 JUAN PABLO II, Carta enc. Redemptoris missio (7 diciembre 1990), 56: AAS 83 (1991), 304.
197 Cf. BENEDICTO XVI, Discurso a la Curia Romana (21 dicembre 2012): AAS 105 (2013), 51; CONC.
ECUM. VAT. II, Decreto Ad gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia, 9; Catecismo de la
Iglesia católica, 856.
198 CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 16.
– 120 –
rogamos ser acogidos y respetados en los países de tradición islámica.
¡Ruego, imploro humildemente a esos países que den libertad a los
cristianos para poder celebrar su culto y vivir su fe, teniendo en cuenta la
libertad que los creyentes del Islam gozan en los países occidentales!
Frente a episodios de fundamentalismo violento que nos inquietan, el
afecto hacia los verdaderos creyentes del Islam debe llevarnos a evitar
odiosas generalizaciones, porque el verdadero Islam y una adecuada
interpretación del Corán se oponen a toda violencia.
254. Los no cristianos, por la gratuita iniciativa divina, y fieles a su
conciencia, pueden vivir «justificados mediante la gracia de Dios»,199 y así
«asociados al misterio pascual de Jesucristo».200 Pero, debido a la
dimensión sacramental de la gracia santificante, la acción divina en ellos
tiende a producir signos, ritos, expresiones sagradas que a su vez acercan
a otros a una experiencia comunitaria de camino hacia Dios.201 No tienen
el sentido y la eficacia de los Sacramentos instituidos por Cristo, pero
pueden ser cauces que el mismo Espíritu suscite para liberar a los no
cristianos del inmanentismo ateo o de experiencias religiosas meramente
individuales. El mismo Espíritu suscita en todas partes diversas formas de
sabiduría práctica que ayudan a sobrellevar las penurias de la existencia y
a vivir con más paz y armonía. Los cristianos también podemos aprovechar
esa riqueza consolidada a lo largo de los siglos, que puede ayudarnos a
vivir mejor nuestras propias convicciones.
El diálogo social en un contexto de libertad religiosa
255. Los Padres sinodales recordaron la importancia del respeto a la
libertad religiosa, considerada como un derecho humano fundamental.202
Incluye «la libertad de elegir la religión que se estima verdadera y de
manifestar públicamente la propia creencia».203 Un sano pluralismo, que de
verdad respete a los diferentes y los valore como tales, no implica una
199 COMISIÓN TEOLÓGICA INTERNACIONAL, El cristianismo y las religiones (1996), 72.
200 Ibíd.
201 Cf. ibíd., 81-87.
202 Cf. Propositio 16.
203 BENEDICTO XVI, Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in Medio Oriente (14 septiembre 2012), 26:
AAS 104 (2012), 762.
– 121 –
privatización de las religiones, con la pretensión de reducirlas al silencio y
la oscuridad de la conciencia de cada uno, o a la marginalidad del recinto
cerrado de los templos, sinagogas o mezquitas. Se trataría, en definitiva, de
una nueva forma de discriminación y de autoritarismo. El debido respeto a
las minorías de agnósticos o no creyentes no debe imponerse de un modo
arbitrario que silencie las convicciones de mayorías creyentes o ignore la
riqueza de las tradiciones religiosas. Eso a la larga fomentaría más el
resentimiento que la tolerancia y la paz.
256. A la hora de preguntarse por la incidencia pública de la religión, hay
que distinguir diversas formas de vivirla. Tanto los intelectuales como las
notas periodísticas frecuentemente caen en groseras y poco académicas
generalizaciones cuando hablan de los defectos de las religiones y muchas
veces no son capaces de distinguir que no todos los creyentes –ni todas las
autoridades religiosas– son iguales. Algunos políticos aprovechan esta
confusión para justificar acciones discriminatorias. Otras veces se
desprecian los escritos que han surgido en el ámbito de una convicción
creyente, olvidando que los textos religiosos clásicos pueden ofrecer un
significado para todas las épocas, tienen una fuerza motivadora que abre
siempre nuevos horizontes, estimula el pensamiento, amplía la mente y la
sensibilidad. Son despreciados por la cortedad de vista de los
racionalismos. ¿Es razonable y culto relegarlos a la oscuridad, sólo por
haber surgido en el contexto de una creencia religiosa? Incluyen principios
profundamente humanistas que tienen un valor racional aunque estén
teñidos por símbolos y doctrinas religiosas.
257. Los creyentes nos sentimos cerca también de quienes, no
reconociéndose parte de alguna tradición religiosa, buscan sinceramente la
verdad, la bondad y la belleza, que para nosotros tienen su máxima
expresión y su fuente en Dios. Los percibimos como preciosos aliados en el
empeño por la defensa de la dignidad humana, en la construcción de una
convivencia pacífica entre los pueblos y en la custodia de lo creado. Un
espacio peculiar es el de los llamados nuevos Areópagos, como el «Atrio de
los Gentiles», donde «creyentes y no creyentes pueden dialogar sobre los
temas fundamentales de la ética, del arte y de la ciencia, y sobre la
– 122 –
búsqueda de la trascendencia».204 Éste también es un camino de paz para
nuestro mundo herido.
258. A partir de algunos temas sociales, importantes en orden al futuro de
la humanidad, procuré explicitar una vez más la ineludible dimensión
social del anuncio del Evangelio, para alentar a todos los cristianos a
manifestarla siempre en sus palabras, actitudes y acciones.
204 Propositio 55.
– 123 –
Capítulo quinto
Evangelizadores con Espíritu
259. Evangelizadores con Espíritu quiere decir evangelizadores que se
abren sin temor a la acción del Espíritu Santo. En Pentecostés, el Espíritu
hace salir de sí mismos a los Apóstoles y los transforma en anunciadores
de las grandezas de Dios, que cada uno comienza a entender en su propia
lengua. El Espíritu Santo, además, infunde la fuerza para anunciar la
novedad del Evangelio con audacia (parresía), en voz alta y en todo tiempo
y lugar, incluso a contracorriente. Invoquémoslo hoy, bien apoyados en la
oración, sin la cual toda acción corre el riesgo de quedarse vacía y el
anuncio finalmente carece de alma. Jesús quiere evangelizadores que
anuncien la Buena Noticia no sólo con palabras sino sobre todo con una
vida que se ha transfigurado en la presencia de Dios.
260. En este último capítulo no ofreceré una síntesis de la espiritualidad
cristiana, ni desarrollaré grandes temas como la oración, la adoración
eucarística o la celebración de la fe, sobre los cuales tenemos ya valiosos
textos magisteriales y célebres escritos de grandes autores. No pretendo
reemplazar ni superar tanta riqueza. Simplemente propondré algunas
reflexiones acerca del espíritu de la nueva evangelización.
261. Cuando se dice que algo tiene «espíritu», esto suele indicar unos
móviles interiores que impulsan, motivan, alientan y dan sentido a la
acción personal y comunitaria. Una evangelización con espíritu es muy
diferente de un conjunto de tareas vividas como una obligación pesada que
simplemente se tolera, o se sobrelleva como algo que contradice las propias
inclinaciones y deseos. ¡Cómo quisiera encontrar las palabras para alentar
una etapa evangelizadora más fervorosa, alegre, generosa, audaz, llena de
amor hasta el fin y de vida contagiosa! Pero sé que ninguna motivación
será suficiente si no arde en los corazones el fuego del Espíritu. En
definitiva, una evangelización con espíritu es una evangelización con
Espíritu Santo, ya que Él es el alma de la Iglesia evangelizadora. Antes de
proponeros algunas motivaciones y sugerencias espirituales, invoco una
vez más al Espíritu Santo; le ruego que venga a renovar, a sacudir, a
– 124 –
impulsar a la Iglesia en una audaz salida fuera de sí para evangelizar a
todos los pueblos.
I. Motivaciones para un renovado impulso misionero
262. Evangelizadores con Espíritu quiere decir evangelizadores que oran y
trabajan. Desde el punto de vista de la evangelización, no sirven ni las
propuestas místicas sin un fuerte compromiso social y misionero, ni los
discursos y praxis sociales o pastorales sin una espiritualidad que
transforme el corazón. Esas propuestas parciales y desintegradoras sólo
llegan a grupos reducidos y no tienen fuerza de amplia penetración, porque
mutilan el Evangelio. Siempre hace falta cultivar un espacio interior que
otorgue sentido cristiano al compromiso y a la actividad.205 Sin momentos
detenidos de adoración, de encuentro orante con la Palabra, de diálogo
sincero con el Señor, las tareas fácilmente se vacían de sentido, nos
debilitamos por el cansancio y las dificultades, y el fervor se apaga. La
Iglesia necesita imperiosamente el pulmón de la oración, y me alegra
enormemente que se multipliquen en todas las instituciones eclesiales los
grupos de oración, de intercesión, de lectura orante de la Palabra, las
adoraciones perpetuas de la Eucaristía. Al mismo tiempo, «se debe
rechazar la tentación de una espiritualidad oculta e individualista, que
poco tiene que ver con las exigencias de la caridad y con la lógica de la
Encarnación».206 Existe el riesgo de que algunos momentos de oración se
conviertan en excusa para no entregar la vida en la misión, porque la
privatización del estilo de vida puede llevar a los cristianos a refugiarse en
alguna falsa espiritualidad.
263. Es sano acordarse de los primeros cristianos y de tantos hermanos a
lo largo de la historia que estuvieron cargados de alegría, llenos de coraje,
incansables en el anuncio y capaces de una gran resistencia activa. Hay
quienes se consuelan diciendo que hoy es más difícil; sin embargo,
reconozcamos que las circunstancias del Imperio romano no eran
favorables al anuncio del Evangelio, ni a la lucha por la justicia, ni a la
205 Cf. Propositio 36.
206 JUAN PABLO II, Carta ap. Novo Millennio ineunte (6 enero 2001), 52: AAS 93 (2001), 304.
– 125 –
defensa de la dignidad humana. En todos los momentos de la historia
están presentes la debilidad humana, la búsqueda enfermiza de sí mismo,
el egoísmo cómodo y, en definitiva, la concupiscencia que nos acecha a
todos. Eso está siempre, con un ropaje o con otro; viene del límite humano
más que de las circunstancias. Entonces, no digamos que hoy es más
difícil; es distinto. Pero aprendamos de los santos que nos han precedido y
enfrentaron las dificultades propias de su época. Para ello, os propongo que
nos detengamos a recuperar algunas motivaciones que nos ayuden a
imitarlos hoy.207
El encuentro personal con el amor de Jesús que nos salva
264. La primera motivación para evangelizar es el amor de Jesús que
hemos recibido, esa experiencia de ser salvados por Él que nos mueve a
amarlo siempre más. Pero ¿qué amor es ese que no siente la necesidad de
hablar del ser amado, de mostrarlo, de hacerlo conocer? Si no sentimos el
intenso deseo de comunicarlo, necesitamos detenernos en oración para
pedirle a Él que vuelva a cautivarnos. Nos hace falta clamar cada día, pedir
su gracia para que nos abra el corazón frío y sacuda nuestra vida tibia y
superficial. Puestos ante Él con el corazón abierto, dejando que Él nos
contemple, reconocemos esa mirada de amor que descubrió Natanael el día
que Jesús se hizo presente y le dijo: «Cuando estabas debajo de la higuera,
te vi» (Jn 1,48). ¡Qué dulce es estar frente a un crucifijo, o de rodillas
delante del Santísimo, y simplemente ser ante sus ojos! ¡Cuánto bien nos
hace dejar que Él vuelva a tocar nuestra existencia y nos lance a
comunicar su vida nueva! Entonces, lo que ocurre es que, en definitiva, «lo
que hemos visto y oído es lo que anunciamos» (1 Jn 1,3). La mejor
motivación para decidirse a comunicar el Evangelio es contemplarlo con
amor, es detenerse en sus páginas y leerlo con el corazón. Si lo abordamos
de esa manera, su belleza nos asombra, vuelve a cautivarnos una y otra
vez. Para eso urge recobrar un espíritu contemplativo, que nos permita
redescubrir cada día que somos depositarios de un bien que humaniza,
que ayuda a llevar una vida nueva. No hay nada mejor para transmitir a
los demás.
207 Cf. V. M. FERNÁNDEZ, «Espiritualidad para la esperanza activa». Acto de apertura del I Congreso
Nacional de Doctrina social de la Iglesia, Rosario (Argentina), 2011: UCActualidad 142 (2011), 16.
– 126 –
265. Toda la vida de Jesús, su forma de tratar a los pobres, sus gestos, su
coherencia, su generosidad cotidiana y sencilla, y finalmente su entrega
total, todo es precioso y le habla a la propia vida. Cada vez que uno vuelve
a descubrirlo, se convence de que eso mismo es lo que los demás
necesitan, aunque no lo reconozcan: «Lo que vosotros adoráis sin conocer
es lo que os vengo a anunciar» (Hch 17,23). A veces perdemos el
entusiasmo por la misión al olvidar que el Evangelio responde a las
necesidades más profundas de las personas, porque todos hemos sido
creados para lo que el Evangelio nos propone: la amistad con Jesús y el
amor fraterno. Cuando se logra expresar adecuadamente y con belleza el
contenido esencial del Evangelio, seguramente ese mensaje hablará a las
búsquedas más hondas de los corazones: «El misionero está convencido de
que existe ya en las personas y en los pueblos, por la acción del Espíritu,
una espera, aunque sea inconsciente, por conocer la verdad sobre Dios,
sobre el hombre, sobre el camino que lleva a la liberación del pecado y de la
muerte. El entusiasmo por anunciar a Cristo deriva de la convicción de
responder a esta esperanza».208
El entusiasmo evangelizador se fundamenta en esta convicción. Tenemos
un tesoro de vida y de amor que es lo que no puede engañar, el mensaje
que no puede manipular ni desilusionar. Es una respuesta que cae en lo
más hondo del ser humano y que puede sostenerlo y elevarlo. Es la verdad
que no pasa de moda porque es capaz de penetrar allí donde nada más
puede llegar. Nuestra tristeza infinita sólo se cura con un infinito amor.
266. Pero esa convicción se sostiene con la propia experiencia,
constantemente renovada, de gustar su amistad y su mensaje. No se puede
perseverar en una evangelización fervorosa si uno no sigue convencido, por
experiencia propia, de que no es lo mismo haber conocido a Jesús que no
conocerlo, no es lo mismo caminar con Él que caminar a tientas, no es lo
mismo poder escucharlo que ignorar su Palabra, no es lo mismo poder
contemplarlo, adorarlo, descansar en Él, que no poder hacerlo. No es lo
mismo tratar de construir el mundo con su Evangelio que hacerlo sólo con
la propia razón. Sabemos bien que la vida con Él se vuelve mucho más
208 JUAN PABLO II, Carta enc. Redemptoris missio (7 diciembre 1990), 45: AAS 83 (1991), 292.
– 127 –
plena y que con Él es más fácil encontrarle un sentido a todo. Por eso
evangelizamos. El verdadero misionero, que nunca deja de ser discípulo,
sabe que Jesús camina con él, habla con él, respira con él, trabaja con él.
Percibe a Jesús vivo con él en medio de la tarea misionera. Si uno no lo
descubre a Él presente en el corazón mismo de la entrega misionera,
pronto pierde el entusiasmo y deja de estar seguro de lo que transmite, le
falta fuerza y pasión. Y una persona que no está convencida,
entusiasmada, segura, enamorada, no convence a nadie.
267. Unidos a Jesús, buscamos lo que Él busca, amamos lo que Él ama.
En definitiva, lo que buscamos es la gloria del Padre, vivimos y actuamos
«para alabanza de la gloria de su gracia» (Ef 1,6). Si queremos entregarnos
a fondo y con constancia, tenemos que ir más allá de cualquier otra
motivación. Éste es el móvil definitivo, el más profundo, el más grande, la
razón y el sentido final de todo lo demás. Se trata de la gloria del Padre que
Jesús buscó durante toda su existencia. Él es el Hijo eternamente feliz con
todo su ser «hacia el seno del Padre» (Jn 1,18). Si somos misioneros, es
ante todo porque Jesús nos ha dicho: «La gloria de mi Padre consiste en
que deis fruto abundante» (Jn 15,8). Más allá de que nos convenga o no,
nos interese o no, nos sirva o no, más allá de los límites pequeños de
nuestros deseos, nuestra comprensión y nuestras motivaciones,
evangelizamos para la mayor gloria del Padre que nos ama.
El gusto espiritual de ser pueblo
268. La Palabra de Dios también nos invita a reconocer que somos pueblo:
«Vosotros, que en otro tiempo no erais pueblo, ahora sois pueblo de Dios»
(1 Pe 2,10). Para ser evangelizadores de alma también hace falta desarrollar
el gusto espiritual de estar cerca de la vida de la gente, hasta el punto de
descubrir que eso es fuente de un gozo superior. La misión es una pasión
por Jesús pero, al mismo tiempo, una pasión por su pueblo. Cuando nos
detenemos ante Jesús crucificado, reconocemos todo su amor que nos
dignifica y nos sostiene, pero allí mismo, si no somos ciegos, empezamos a
percibir que esa mirada de Jesús se amplía y se dirige llena de cariño y de
ardor hacia todo su pueblo. Así redescubrimos que Él nos quiere tomar
como instrumentos para llegar cada vez más cerca de su pueblo amado.
– 128 –
Nos toma de en medio del pueblo y nos envía al pueblo, de tal modo que
nuestra identidad no se entiende sin esta pertenencia.
269. Jesús mismo es el modelo de esta opción evangelizadora que nos
introduce en el corazón del pueblo. ¡Qué bien nos hace mirarlo cercano a
todos! Si hablaba con alguien, miraba sus ojos con una profunda atención
amorosa: «Jesús lo miró con cariño» (Mc 10,21). Lo vemos accesible cuando
se acerca al ciego del camino (cf. Mc 10,46-52), y cuando come y bebe con
los pecadores (cf. Mc 2,16), sin importarle que lo traten de comilón y
borracho (cf. Mt 11,19). Lo vemos disponible cuando deja que una mujer
prostituta unja sus pies (cf. Lc 7,36-50) o cuando recibe de noche a
Nicodemo (cf. Jn 3,1-15). La entrega de Jesús en la cruz no es más que la
culminación de ese estilo que marcó toda su existencia. Cautivados por ese
modelo, deseamos integrarnos a fondo en la sociedad, compartimos la vida
con todos, escuchamos sus inquietudes, colaboramos material y
espiritualmente con ellos en sus necesidades, nos alegramos con los que
están alegres, lloramos con los que lloran y nos comprometemos en la
construcción de un mundo nuevo, codo a codo con los demás. Pero no por
obligación, no como un peso que nos desgasta, sino como una opción
personal que nos llena de alegría y nos otorga identidad.
270. A veces sentimos la tentación de ser cristianos manteniendo una
prudente distancia de las llagas del Señor. Pero Jesús quiere que toquemos
la miseria humana, que toquemos la carne sufriente de los demás. Espera
que renunciemos a buscar esos cobertizos personales o comunitarios que
nos permiten mantenernos a distancia del nudo de la tormenta humana,
para que aceptemos de verdad entrar en contacto con la existencia
concreta de los otros y conozcamos la fuerza de la ternura. Cuando lo
hacemos, la vida siempre se nos complica maravillosamente y vivimos la
intensa experiencia de ser pueblo, la experiencia de pertenecer a un
pueblo.
271. Es verdad que, en nuestra relación con el mundo, se nos invita a dar
razón de nuestra esperanza, pero no como enemigos que señalan y
condenan. Se nos advierte muy claramente: «Hacedlo con dulzura y
respeto» (1 Pe 3,16), y «en lo posible y en cuanto de vosotros dependa, en
– 129 –
paz con todos los hombres» (Rm 12,18). También se nos exhorta a tratar de
vencer «el mal con el bien» (Rm 12,21), sin cansarnos «de hacer el bien» (Ga
6,9) y sin pretender aparecer como superiores, sino «considerando a los
demás como superiores a uno mismo» (Flp 2,3). De hecho, los Apóstoles del
Señor gozaban de «la simpatía de todo el pueblo» (Hch 2,47; 4,21.33; 5,13).
Queda claro que Jesucristo no nos quiere príncipes que miran
despectivamente, sino hombres y mujeres de pueblo. Ésta no es la opinión
de un Papa ni una opción pastoral entre otras posibles; son indicaciones de
la Palabra de Dios tan claras, directas y contundentes que no necesitan
interpretaciones que les quiten fuerza interpelante. Vivámoslas «sine
glossa», sin comentarios. De ese modo, experimentaremos el gozo
misionero de compartir la vida con el pueblo fiel a Dios tratando de
encender el fuego en el corazón del mundo.
272. El amor a la gente es una fuerza espiritual que facilita el encuentro
pleno con Dios hasta el punto de que quien no ama al hermano «camina en
las tinieblas» (1 Jn 2,11), «permanece en la muerte» (1 Jn 3,14) y «no ha
conocido a Dios» (1 Jn 4,8). Benedicto XVI ha dicho que «cerrar los ojos
ante el prójimo nos convierte también en ciegos ante Dios»,209 y que el amor
es en el fondo la única luz que «ilumina constantemente a un mundo
oscuro y nos da la fuerza para vivir y actuar».210 Por lo tanto, cuando
vivimos la mística de acercarnos a los demás y de buscar su bien,
ampliamos nuestro interior para recibir los más hermosos regalos del
Señor. Cada vez que nos encontramos con un ser humano en el amor,
quedamos capacitados para descubrir algo nuevo de Dios. Cada vez que se
nos abren los ojos para reconocer al otro, se nos ilumina más la fe para
reconocer a Dios. Como consecuencia de esto, si queremos crecer en la
vida espiritual, no podemos dejar de ser misioneros. La tarea
evangelizadora enriquece la mente y el corazón, nos abre horizontes
espirituales, nos hace más sensibles para reconocer la acción del Espíritu,
nos saca de nuestros esquemas espirituales limitados. Simultáneamente,
un misionero entregado experimenta el gusto de ser un manantial, que
desborda y refresca a los demás. Sólo puede ser misionero alguien que se
sienta bien buscando el bien de los demás, deseando la felicidad de los
209 BENEDICTO XVI, Carta enc. Deus caritas est (25 diciembre 2005), 16: AAS 98 (2006), 230.
210 Ibíd., 39: AAS 98 (2006), 250.
– 130 –
otros. Esa apertura del corazón es fuente de felicidad, porque «hay más
alegría en dar que en recibir» (Hch 20,35). Uno no vive mejor si escapa de
los demás, si se esconde, si se niega a compartir, si se resiste a dar, si se
encierra en la comodidad. Eso no es más que un lento suicidio.
273. La misión en el corazón del pueblo no es una parte de mi vida, o un
adorno que me puedo quitar; no es un apéndice o un momento más de la
existencia. Es algo que yo no puedo arrancar de mi ser si no quiero
destruirme. Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este
mundo. Hay que reconocerse a sí mismo como marcado a fuego por esa
misión de iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar. Allí aparece
la enfermera de alma, el docente de alma, el político de alma, esos que han
decidido a fondo ser con los demás y para los demás. Pero si uno separa la
tarea por una parte y la propia privacidad por otra, todo se vuelve gris y
estará permanentemente buscando reconocimientos o defendiendo sus
propias necesidades. Dejará de ser pueblo.
274. Para compartir la vida con la gente y entregarnos generosamente,
necesitamos reconocer también que cada persona es digna de nuestra
entrega. No por su aspecto físico, por sus capacidades, por su lenguaje, por
su mentalidad o por las satisfacciones que nos brinde, sino porque es obra
de Dios, criatura suya. Él la creó a su imagen, y refleja algo de su gloria.
Todo ser humano es objeto de la ternura infinita del Señor, y Él mismo
habita en su vida. Jesucristo dio su preciosa sangre en la cruz por esa
persona. Más allá de toda apariencia, cada uno es inmensamente sagrado y
merece nuestro cariño y nuestra entrega. Por ello, si logro ayudar a una sola
persona a vivir mejor, eso ya justifica la entrega de mi vida. Es lindo ser
pueblo fiel de Dios. ¡Y alcanzamos plenitud cuando rompemos las paredes
y el corazón se nos llena de rostros y de nombres!
La acción misteriosa del Resucitado y de su Espíritu
275. En el capítulo segundo reflexionábamos sobre esa falta de
espiritualidad profunda que se traduce en el pesimismo, el fatalismo, la
desconfianza. Algunas personas no se entregan a la misión, pues creen que
nada puede cambiar y entonces para ellos es inútil esforzarse. Piensan así:
– 131 –
«¿Para qué me voy a privar de mis comodidades y placeres si no voy a ver
ningún resultado importante?». Con esa actitud se vuelve imposible ser
misioneros. Tal actitud es precisamente una excusa maligna para quedarse
encerrados en la comodidad, la flojera, la tristeza insatisfecha, el vacío
egoísta. Se trata de una actitud autodestructiva porque «el hombre no
puede vivir sin esperanza: su vida, condenada a la insignificancia, se
volvería insoportable».211 Si pensamos que las cosas no van a cambiar,
recordemos que Jesucristo ha triunfado sobre el pecado y la muerte y está
lleno de poder. Jesucristo verdaderamente vive. De otro modo, «si Cristo no
resucitó, nuestra predicación está vacía» (1 Co 15,14). El Evangelio nos
relata que cuando los primeros discípulos salieron a predicar, «el Señor
colaboraba con ellos y confirmaba la Palabra» (Mc 16,20). Eso también
sucede hoy. Se nos invita a descubrirlo, a vivirlo. Cristo resucitado y
glorioso es la fuente profunda de nuestra esperanza, y no nos faltará su
ayuda para cumplir la misión que nos encomienda.
276. Su resurrección no es algo del pasado; entraña una fuerza de vida que
ha penetrado el mundo. Donde parece que todo ha muerto, por todas partes
vuelven a aparecer los brotes de la resurrección. Es una fuerza imparable.
Verdad que muchas veces parece que Dios no existiera: vemos injusticias,
maldades, indiferencias y crueldades que no ceden. Pero también es cierto
que en medio de la oscuridad siempre comienza a brotar algo nuevo, que
tarde o temprano produce un fruto. En un campo arrasado vuelve a
aparecer la vida, tozuda e invencible. Habrá muchas cosas negras, pero el
bien siempre tiende a volver a brotar y a difundirse. Cada día en el mundo
renace la belleza, que resucita transformada a través de las tormentas de la
historia. Los valores tienden siempre a reaparecer de nuevas maneras, y de
hecho el ser humano ha renacido muchas veces de lo que parecía
irreversible. Ésa es la fuerza de la resurrección y cada evangelizador es un
instrumento de ese dinamismo.
277. También aparecen constantemente nuevas dificultades, la experiencia
del fracaso, las pequeñeces humanas que tanto duelen. Todos sabemos por
experiencia que a veces una tarea no brinda las satisfacciones que
211 II ASAMBLEA ESPECIAL PARA EUROPA DEL SÍNODO DE LOS OBISPOS, Mensaje final, 1: L´Osservatore
Romano, ed. semanal en lengua española (29 octubre 1999), 10.
– 132 –
desearíamos, los frutos son reducidos y los cambios son lentos, y uno tiene
la tentación de cansarse. Sin embargo, no es lo mismo cuando uno, por
cansancio, baja momentáneamente los brazos que cuando los baja
definitivamente dominado por un descontento crónico, por una acedia que
le seca el alma. Puede suceder que el corazón se canse de luchar porque en
definitiva se busca a sí mismo en un carrerismo sediento de
reconocimientos, aplausos, premios, puestos; entonces, uno no baja los
brazos, pero ya no tiene garra, le falta resurrección. Así, el Evangelio, que
es el mensaje más hermoso que tiene este mundo, queda sepultado debajo
de muchas excusas.
278. La fe es también creerle a Él, creer que es verdad que nos ama, que
vive, que es capaz de intervenir misteriosamente, que no nos abandona,
que saca bien del mal con su poder y con su infinita creatividad. Es creer
que Él marcha victorioso en la historia «en unión con los suyos, los
llamados, los elegidos y los fieles» (Ap 17,14). Creámosle al Evangelio que
dice que el Reino de Dios ya está presente en el mundo, y está
desarrollándose aquí y allá, de diversas maneras: como la semilla pequeña
que puede llegar a convertirse en un gran árbol (cf. Mt 13,31-32), como el
puñado de levadura, que fermenta una gran masa (cf. Mt 13,33), y como la
buena semilla que crece en medio de la cizaña (cf. Mt 13,24-30), y siempre
puede sorprendernos gratamente. Ahí está, viene otra vez, lucha por
florecer de nuevo. La resurrección de Cristo provoca por todas partes
gérmenes de ese mundo nuevo; y aunque se los corte, vuelven a surgir,
porque la resurrección del Señor ya ha penetrado la trama oculta de esta
historia, porque Jesús no ha resucitado en vano. ¡No nos quedemos al
margen de esa marcha de la esperanza viva!
279. Como no siempre vemos esos brotes, nos hace falta una certeza
interior y es la convicción de que Dios puede actuar en cualquier
circunstancia, también en medio de aparentes fracasos, porque «llevamos
este tesoro en recipientes de barro» (2 Co 4,7). Esta certeza es lo que se
llama «sentido de misterio». Es saber con certeza que quien se ofrece y se
entrega a Dios por amor seguramente será fecundo (cf. Jn 15,5). Tal
fecundidad es muchas veces invisible, inaferrable, no puede ser
contabilizada. Uno sabe bien que su vida dará frutos, pero sin pretender
– 133 –
saber cómo, ni dónde, ni cuándo. Tiene la seguridad de que no se pierde
ninguno de sus trabajos realizados con amor, no se pierde ninguna de sus
preocupaciones sinceras por los demás, no se pierde ningún acto de amor
a Dios, no se pierde ningún cansancio generoso, no se pierde ninguna
dolorosa paciencia. Todo eso da vueltas por el mundo como una fuerza de
vida. A veces nos parece que nuestra tarea no ha logrado ningún resultado,
pero la misión no es un negocio ni un proyecto empresarial, no es tampoco
una organización humanitaria, no es un espectáculo para contar cuánta
gente asistió gracias a nuestra propaganda; es algo mucho más profundo,
que escapa a toda medida. Quizás el Señor toma nuestra entrega para
derramar bendiciones en otro lugar del mundo donde nosotros nunca
iremos. El Espíritu Santo obra como quiere, cuando quiere y donde quiere;
nosotros nos entregamos pero sin pretender ver resultados llamativos. Sólo
sabemos que nuestra entrega es necesaria. Aprendamos a descansar en la
ternura de los brazos del Padre en medio de la entrega creativa y generosa.
Sigamos adelante, démoslo todo, pero dejemos que sea Él quien haga
fecundos nuestros esfuerzos como a Él le parezca.
280. Para mantener vivo el ardor misionero hace falta una decidida
confianza en el Espíritu Santo, porque Él «viene en ayuda de nuestra
debilidad» (Rm 8,26). Pero esa confianza generosa tiene que alimentarse y
para eso necesitamos invocarlo constantemente. Él puede sanar todo lo
que nos debilita en el empeño misionero. Es verdad que esta confianza en
lo invisible puede producirnos cierto vértigo: es como sumergirse en un
mar donde no sabemos qué vamos a encontrar. Yo mismo lo experimenté
tantas veces. Pero no hay mayor libertad que la de dejarse llevar por el
Espíritu, renunciar a calcularlo y controlarlo todo, y permitir que Él nos
ilumine, nos guíe, nos oriente, nos impulse hacia donde Él quiera. Él sabe
bien lo que hace falta en cada época y en cada momento. ¡Esto se llama ser
misteriosamente fecundos!
La fuerza misionera de la intercesión
281. Hay una forma de oración que nos estimula particularmente a la
entrega evangelizadora y nos motiva a buscar el bien de los demás: es la
intercesión. Miremos por un momento el interior de un gran evangelizador
– 134 –
como san Pablo, para percibir cómo era su oración. Esa oración estaba
llena de seres humanos: «En todas mis oraciones siempre pido con alegría
por todos vosotros […] porque os llevo dentro de mi corazón» (Flp 1,4.7). Así
descubrimos que interceder no nos aparta de la verdadera contemplación,
porque la contemplación que deja fuera a los demás es un engaño.
282. Esta actitud se convierte también en agradecimiento a Dios por los
demás: «Ante todo, doy gracias a mi Dios por medio de Jesucristo por todos
vosotros» (Rm 1,8). Es un agradecimiento constante: «Doy gracias a Dios
sin cesar por todos vosotros a causa de la gracia de Dios que os ha sido
otorgada en Cristo Jesús» (1 Co 1,4); «Doy gracias a mi Dios todas las veces
que me acuerdo de vosotros» (Flp 1,3). No es una mirada incrédula,
negativa y desesperanzada, sino una mirada espiritual, de profunda fe, que
reconoce lo que Dios mismo hace en ellos. Al mismo tiempo, es la gratitud
que brota de un corazón verdaderamente atento a los demás. De esa forma,
cuando un evangelizador sale de la oración, el corazón se le ha vuelto más
generoso, se ha liberado de la conciencia aislada y está deseoso de hacer el
bien y de compartir la vida con los demás.
283. Los grandes hombres y mujeres de Dios fueron grandes intercesores.
La intercesión es como «levadura» en el seno de la Trinidad. Es un
adentrarnos en el Padre y descubrir nuevas dimensiones que iluminan las
situaciones concretas y las cambian. Podemos decir que el corazón de Dios
se conmueve por la intercesión, pero en realidad Él siempre nos gana de
mano, y lo que posibilitamos con nuestra intercesión es que su poder, su
amor y su lealtad se manifiesten con mayor nitidez en el pueblo.
II. María, la Madre de la evangelización
284. Con el Espíritu Santo, en medio del pueblo siempre está María. Ella
reunía a los discípulos para invocarlo (Hch 1,14), y así hizo posible la
explosión misionera que se produjo en Pentecostés. Ella es la Madre de la
Iglesia evangelizadora y sin ella no terminamos de comprender el espíritu
de la nueva evangelización.
El regalo de Jesús a su pueblo
– 135 –
285. En la cruz, cuando Cristo sufría en su carne el dramático encuentro
entre el pecado del mundo y la misericordia divina, pudo ver a sus pies la
consoladora presencia de la Madre y del amigo. En ese crucial instante,
antes de dar por consumada la obra que el Padre le había encargado,
Jesús le dijo a María: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego le dijo al amigo
amado: «Ahí tienes a tu madre» (Jn 19,26-27). Estas palabras de Jesús al
borde de la muerte no expresan primeramente una preocupación piadosa
hacia su madre, sino que son más bien una fórmula de revelación que
manifiesta el misterio de una especial misión salvífica. Jesús nos dejaba a
su madre como madre nuestra. Sólo después de hacer esto Jesús pudo
sentir que «todo está cumplido» (Jn 19,28). Al pie de la cruz, en la hora
suprema de la nueva creación, Cristo nos lleva a María. Él nos lleva a ella,
porque no quiere que caminemos sin una madre, y el pueblo lee en esa
imagen materna todos los misterios del Evangelio. Al Señor no le agrada
que falte a su Iglesia el icono femenino. Ella, que lo engendró con tanta fe,
también acompaña «al resto de sus hijos, los que guardan los
mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús» (Ap 12,17). La
íntima conexión entre María, la Iglesia y cada fiel, en cuanto que, de
diversas maneras, engendran a Cristo, ha sido bellamente expresada por el
beato Isaac de Stella: «En las Escrituras divinamente inspiradas, lo que se
entiende en general de la Iglesia, virgen y madre, se entiende en particular
de la Virgen María […] También se puede decir que cada alma fiel es esposa
del Verbo de Dios, madre de Cristo, hija y hermana, virgen y madre
fecunda […] Cristo permaneció nueve meses en el seno de María;
permanecerá en el tabernáculo de la fe de la Iglesia hasta la consumación
de los siglos; y en el conocimiento y en el amor del alma fiel por los siglos
de los siglos».212
286. María es la que sabe transformar una cueva de animales en la casa de
Jesús, con unos pobres pañales y una montaña de ternura. Ella es la
esclavita del Padre que se estremece en la alabanza. Ella es la amiga
siempre atenta para que no falte el vino en nuestras vidas. Ella es la del
corazón abierto por la espada, que comprende todas las penas. Como
212 ISAAC DE STELLA, Sermo 51: PL 194, 1863.1865.
– 136 –
madre de todos, es signo de esperanza para los pueblos que sufren dolores
de parto hasta que brote la justicia. Ella es la misionera que se acerca a
nosotros para acompañarnos por la vida, abriendo los corazones a la fe con
su cariño materno. Como una verdadera madre, ella camina con nosotros,
lucha con nosotros, y derrama incesantemente la cercanía del amor de
Dios. A través de las distintas advocaciones marianas, ligadas
generalmente a los santuarios, comparte las historias de cada pueblo que
ha recibido el Evangelio, y entra a formar parte de su identidad histórica.
Muchos padres cristianos piden el Bautismo para sus hijos en un
santuario mariano, con lo cual manifiestan la fe en la acción maternal de
María que engendra nuevos hijos para Dios. Es allí, en los santuarios,
donde puede percibirse cómo María reúne a su alrededor a los hijos que
peregrinan con mucho esfuerzo para mirarla y dejarse mirar por ella. Allí
encuentran la fuerza de Dios para sobrellevar los sufrimientos y cansancios
de la vida. Como a san Juan Diego, María les da la caricia de su consuelo
maternal y les dice al oído: «No se turbe tu corazón […] ¿No estoy yo aquí,
que soy tu Madre?».213
La Estrella de la nueva evangelización
287. A la Madre del Evangelio viviente le pedimos que interceda para que
esta invitación a una nueva etapa evangelizadora sea acogida por toda la
comunidad eclesial. Ella es la mujer de fe, que vive y camina en la fe,214 y
«su excepcional peregrinación de la fe representa un punto de referencia
constante para la Iglesia».215 Ella se dejó conducir por el Espíritu, en un
itinerario de fe, hacia un destino de servicio y fecundidad. Nosotros hoy
fijamos en ella la mirada, para que nos ayude a anunciar a todos el
mensaje de salvación, y para que los nuevos discípulos se conviertan en
agentes evangelizadores.216 En esta peregrinación evangelizadora no faltan
las etapas de aridez, ocultamiento, y hasta cierta fatiga, como la que vivió
María en los años de Nazaret, mientras Jesús crecía: «Éste es el comienzo
del Evangelio, o sea de la buena y agradable nueva. No es difícil notar en
este inicio una particular fatiga del corazón, unida a una especie de “noche
213 Nican Mopohua, 118-119.
214 Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, cap. VIII, 52-69.
215 JUAN PABLO II, Carta enc. Redemptoris Mater (25 marzo 1987), 6: AAS 79 (1987), 366.
216 Cf. Propositio 58.
– 137 –
de la fe” –usando una expresión de san Juan de la Cruz–, como un “velo” a
través del cual hay que acercarse al Invisible y vivir en intimidad con el
misterio. Pues de este modo María, durante muchos años, permaneció en
intimidad con el misterio de su Hijo, y avanzaba en su itinerario de fe».217
288. Hay un estilo mariano en la actividad evangelizadora de la Iglesia.
Porque cada vez que miramos a María volvemos a creer en lo revolucionario
de la ternura y del cariño. En ella vemos que la humildad y la ternura no
son virtudes de los débiles sino de los fuertes, que no necesitan maltratar a
otros para sentirse importantes. Mirándola descubrimos que la misma que
alababa a Dios porque «derribó de su trono a los poderosos» y «despidió
vacíos a los ricos» (Lc 1,52.53) es la que pone calidez de hogar en nuestra
búsqueda de justicia. Es también la que conserva cuidadosamente «todas
las cosas meditándolas en su corazón» (Lc 2,19). María sabe reconocer las
huellas del Espíritu de Dios en los grandes acontecimientos y también en
aquellos que parecen imperceptibles. Es contemplativa del misterio de Dios
en el mundo, en la historia y en la vida cotidiana de cada uno y de todos.
Es la mujer orante y trabajadora en Nazaret, y también es nuestra Señora
de la prontitud, la que sale de su pueblo para auxiliar a los demás «sin
demora» (Lc 1,39). Esta dinámica de justicia y ternura, de contemplar y
caminar hacia los demás, es lo que hace de ella un modelo eclesial para la
evangelización. Le rogamos que con su oración maternal nos ayude para
que la Iglesia llegue a ser una casa para muchos, una madre para todos los
pueblos, y haga posible el nacimiento de un mundo nuevo. Es el
Resucitado quien nos dice, con una potencia que nos llena de inmensa
confianza y de firmísima esperanza: «Yo hago nuevas todas las cosas» (Ap
21,5). Con María avanzamos confiados hacia esta promesa, y le decimos:
Virgen y Madre María,
tú que, movida por el Espíritu,
acogiste al Verbo de la vida
en la profundidad de tu humilde fe,
totalmente entregada al Eterno,
ayúdanos a decir nuestro «sí»
217 JUAN PABLO II, Carta enc. Redemptoris Mater (25 marzo 1987), 17: AAS 79 (1987), 381.
– 138 –
ante la urgencia, más imperiosa que nunca,
de hacer resonar la Buena Noticia de Jesús.
Tú, llena de la presencia de Cristo,
llevaste la alegría a Juan el Bautista,
haciéndolo exultar en el seno de su madre.
Tú, estremecida de gozo,
cantaste las maravillas del Señor.
Tú, que estuviste plantada ante la cruz
con una fe inquebrantable
y recibiste el alegre consuelo de la resurrección,
recogiste a los discípulos en la espera del Espíritu
para que naciera la Iglesia evangelizadora.
Consíguenos ahora un nuevo ardor de resucitados
para llevar a todos el Evangelio de la vida
que vence a la muerte.
Danos la santa audacia de buscar nuevos caminos
para que llegue a todos
el don de la belleza que no se apaga.
Tú, Virgen de la escucha y la contemplación,
madre del amor, esposa de las bodas eternas,
intercede por la Iglesia, de la cual eres el icono purísimo,
para que ella nunca se encierre ni se detenga
en su pasión por instaurar el Reino.
Estrella de la nueva evangelización,
ayúdanos a resplandecer en el testimonio de la comunión,
del servicio, de la fe ardiente y generosa,
de la justicia y el amor a los pobres,
para que la alegría del Evangelio
llegue hasta los confines de la tierra
y ninguna periferia se prive de su luz.
Madre del Evangelio viviente,
– 139 –
manantial de alegría para los pequeños,
ruega por nosotros.
Amén. Aleluya.
Dado en Roma, junto a San Pedro, en la clausura del Año de la fe, el 24 de
noviembre, Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, del año 2013,
primero de mi Pontificado.
[[Franciscus PP.]]
– 140 –
INDICE
I. Alegría que se renueva y se comunica [2-8]
II. La dulce y confortadora alegría de evangelizar [9-13]
Una eterna novedad [11-13]
III. La nueva evangelización para la transmisión de la fe [14-18]
Propuesta y límites de esta Exhortación [16-18]
Capítulo primero
La transformación misionera de la Iglesia
I. Una Iglesia en salida [20-24]
Primerear, involucrarse, acompañar, fructificar y festejar [24]
II. Pastoral en conversión [25-33]
Una impostergable renovación eclesial [27-33]
III. Desde el corazón del Evangelio [34-39]
IV. La misión que se encarna en los límites humanos [40-45]
V. Una madre de corazón abierto [46-49]
Capítulo segundo
En la crisis del compromiso comunitario
I. Algunos desafíos del mundo actual [52-75]
No a una economía de la exclusión [53-54]
No a la nueva idolatría del dinero [55-56]
No a un dinero que gobierna en lugar de servir [57-58]
No a la inequidad que genera violencia [59-60]
Algunos desafíos culturales [61-67]
Desafíos de la inculturación de la fe [68-70]
Desafíos de las culturas urbanas [71-75]
II. Tentaciones de los agentes pastorales [76-109]
– 141 –
Sí al desafío de una espiritualidad misionera [78-80]
No a la acedia egoísta [81-83]
No al pesimismo estéril [84-86]
Sí a las relaciones nuevas que genera Jesucristo [87-92]
No a la mundanidad espiritual [93-97]
No a la guerra entre nosotros [98-101]
Otros desafíos eclesiales [102-109]
Capítulo tercero
El anuncio del Evangelio
I. Todo el Pueblo de Dios anuncia el Evangelio [111-134]
Un pueblo para todos [112-114]
Un pueblo con muchos rostros [115-118]
Todos somos discípulos misioneros [119-121]
La fuerza evangelizadora de la piedad popular [122-126]
Persona a persona [127-129]
Carismas al servicio de la comunión evangelizadora [130-131]
Cultura, pensamiento y educación [132-134]
II. La homilía [135-144]
El contexto litúrgico [137-138]
La conversación de la madre [139-141]
Palabras que hacen arder los corazones [142-144]
III. La preparación de la predicación [145-159]
El culto a la verdad [146-148]
La personalización de la Palabra [149-151]
La lectura espiritual [152-153]
Un oído en el pueblo [154-155]
Recursos pedagógicos [156-159]
IV. Una evangelización para la profundización del kerygma [160-175]
Una catequesis kerygmática y mistagógica [163-168]
El acompañamiento personal de los procesos de crecimiento [169-173]
En torno a la Palabra de Dios [174-175]
Capítulo cuarto
La dimensión social de la evangelización
I. Las repercusiones comunitarias y sociales del kerygma [177-185]
– 142 –
Confesión de la fe y compromiso social [178-179]
El Reino que nos reclama [180-181]
La ensezanza de la Iglesia sobre cuestiones sociales [182-185]
II. La inclusión social de los pobres [186-216]
Unidos a Dios escuchamos un clamor [187-192]
Fidelidad al Evangelio para no correr en vano [193-196]
El lugar privilegiado de los pobres en el pueblo de Dios [197-201]
Economía y distribución del ingreso [202-208]
Cuidar la fragilidad [209-216]
III. El bien común y la paz social [217-237]
El tiempo es superior al espacio [222-225]
La unidad prevalece sobre el conflicto [226-230]
La realidad es más importante que la idea [231-233]
El todo es superior a la parte [234-237]
IV. El diálogo social como contribución a la paz [238-258]
El diálogo entre la fe, la razón y las ciencias [242-243]
El diálogo ecuménico [244-246]
Las relaciones con el Judaísmo [247-249]
El diálogo interreligioso [250-254]
El diálogo social en un contexto de libertad religiosa [255-258]
Capítulo quinto
Evangelizadores con Espíritu
I. Motivaciones para un renovado impulso misionero [262-283]
El encuentro personal con el amor de Jesús que nos salva [264-267]
El gusto espiritual de ser pueblo [268-274]
La acción misteriosa del Resucitado y de su Espíritu [275-280]
La fuerza misionera de la intercesión [281-283]
II. María, la Madre de la evangelización [284-288]
El regalo de Jesús a su pueblo [285-286]
La Estrella de la nueva evangelización [287-288]

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